Exploraciones en archivos (IV)

 

Recuerdo que un amigo y colega a quien respeto me dijo que le interesan mucho estos posts sobre archivos. Había pensado terminar en el de la semana pasada, pero como me fío de él, continúo. Acenturaré mi propósito didáctico. Toda experiencia personal es irrepetible, pero siempre tiene algo susceptible de ser transferido. Decía Ortega y Gasset (pertenezco a una generación en la que todo aquel que se preciara de intelectual o similar debía citarle) que uno es uno y su circunstancia. Lo cierto es que las circunstancias moldean con sus influjos la interacción entre el yo y ellos. Los profesores solemos tratar de transmitir a nuestros alumnos lo que sabemos y a veces también lo que pensamos. Así que sistematizaré lo que he ido extrayendo de mis exploraciones de archivos.

 Creo firmemente que, aparte las dotes intelectuales que tenga el historiador, conviene que posea tres características para mi fundamentales: curiosidad (porque si no, no se planteará preguntas), tenacidad (porque la investigación en archivos es con frecuencia desalentadora) y suerte. Sin querer darme el menor autobombo (a mi edad ya no lo necesito) me parece que son características que he aprovechado bien. Daré algunos ejemplos.

El “oro de Moscú” ha sido uno de los temas que más me han interesado, quizá como respuesta a una Administración que viví en su transición de la dictadura a un régimen más abierto. Con mi primer libro secuestrado más de medio año y el trabajo ulterior en archivos siempre me planteé que la cuestión debía abordarse no en sus términos estrictos sino en el más amplio de la estrategia de la República para sobrevivir en una guerra que le había sido impuesta por un sector sublevado del Ejército y el apoyo que se creyó inmediato de las potencias fascistas. Mi primer libro demostró que no era el caso de la Alemania nazi. El último por ahora que si lo fue por la Italia fascista.

Tan pronto terminé de escribir AL SERVICIO DE EUROPA, mis recuerdos de lo que había visto y hecho en la Comisión Europea desde los tiempos de esplendor de Jacques Delors hasta la post-crisis derivada de la dimisión de Jacques Santer y su equipo, volví al “oro”. Las circunstancias habían cambiado. El colapso de la URSS (cuyas consecuencias viví desde Naciones Unidas) y la apertura de los archivos soviéticos habían abierto una multitud de oportunidades. Me es muy grato recordar a dos colegas (Antonio Elorza y Marta Bizcarrondo) que fueron los primeros historiadores españoles en aprovecharlas y que reflejaron en su seminal obra QUERIDOS CAMARADAS.

Al seguir su camino partí de otras coordenadas. Desde antes de ir a Nueva York a finales de 1991 había estado en contacto con el Dr. Juan Negrín Jr, el hijo mayor de quien fue ministro de Hacienda y presidente del Gobierno y ministro de Defensa Nacional durante la guerra civil. Durante años estuve dándole la lata, sin éxito, para que me dejara ver los archivos de su padre. (En realidad, si pedí mi traslado a Naciones Unidas frente a otros puestos posibles fue por estar cerca de él, ya que vivía en el East End tres o cuatro calles más arriba de donde se encuentra la residencia del embajador de hoy la Unión Europea). Al final él se trasladó a Niza y yo no tuve más remedio que ir a Nueva York. En cuanto volvimos a Bruselas, regresé a las andadas. Fui a verle, pero tampoco logré convencerle. Así que no me quedó más remedio que hacia 2003 tentar mi suerte en Moscú.

Fue un viaje que preparé concienzudamente. En mi primera visita me encontré los archivos militares, los de Economía, los de la Historia Política y Social abiertos sin grandes problemas a los investigadores, pero difícilmente accesibles los del Ministerio de Asuntos Exteriores. Un día, hablando con colegas rusos sobre el tema, para mí fundamental, mencioné de pasada que conocía personalmente al ministro (sigue siéndolo en la actualidad). Era absolutamente cierto. Nos habíamos encontrado muchas veces en y fuera de Naciones Unidas. Un historiador ruso me animó a que le escribiera. Lo hice pidiéndole autorización para acceder a los archivos y, meses más tarde, graciosamente me la concedió. Así que regresé a Moscú.

En el interín había fallecido Juan Negrin Jr. Sus papeles los recogió (felizmente para todos los historiadores) su sobrina Carmen Negrín, quien vivía (y sigue viviendo) en París. Me presenté a ella (hora y media de AVE) y también graciosamente me autorizó a ver los papeles por los que había suspirado durante tantos años. Iba a verlos los sábados y regresaba a Bruselas por la noche. Así durante meses.

Yo estaba en la gloria porque, poco a poco, iba reuniendo papeles de diversas procedencias: republicanos públicos y privados, franquistas públicos y no tan públicos, soviéticos, franceses, británicos, alemanes, es decir, los de los países que de manera más o menos directa habían definido el marco internacional en el que se desarrolló la guerra civil. Fue el ambiente en el que me sumergí durante años y que revivía cada vez que me ponía a interpretar el entramado relacional dentro del cual la República movilizó el “oro de Moscú”. Naturalmente hablé con muchas otras personas, por ejemplo, algú que otro excomunista francés que conocía algo de la operación.

En este post, sin embargo, me concentraré solo en un episodio. Un sábado, faltando a mi regla habitual, había quedado con Carmen Negrín en verla por la tarde. Ese día me fui a dar un paseo por el Barrio Latino. (Mis viajes se justificaban por los papeles, no por turismo de ningún tipo). Me encontré con un viejo amigo, el profesor Alfredo Tovías, a la sazón catedrático de Economía en la Universidad Hebrea de Jerusalén. Nos fuimos a almorzar y, naturalmente, él, curioso, me preguntó qué diablos hacía en París. Le conté la historia y mis preocupaciones por encontrar claves que aclararan algo más de lo que había pasado con el oro. Aquella misma tarde, le dije, iba a ver a Carmen Negrín, que me había prometido ir a su banco en una de cuyas cajas fuertes guardaba cierta documentación que tal vez podría interesarme. ¿Por qué no se venía conmigo y la saludaba? Alfredo aceptó encantado.

Carmen nos recibió con su amabilidad habitual. Me dijo que había ido, en efecto, a buscar las carpetas prometidas y me las dejó. Mientras ella y Alfredo charlaban animadamente yo empecé a recorrer los papeles y, sensación ya conocida, empecé a sudar. Entre ellos había uno que nunca me había imaginado encontrar. Se trataba de una copia en carboncillo de la certificación expedida por el secretario del Consejo de Ministros del Gobierno de la República de un acuerdo tomado el 6 de octubre de 1936. Versaba sobre la autorización concedida al presidente del Consejo, Francisco Largo Caballero, y al ministro de Hacienda, Juan Negrín, para que tomaran las medidas necesarias para poner en lugar seguro el depósito de oro que se encontraba en los polvorines de La Algameca (próximos a la base naval de Cartagena). Creo recordar, pero no estoy ya seguro, que también había el informe que el expresidente José Giral, íntimo de Azaña, redactó el 7 de octubre tras su visita de inspección a los polvorines.

El certificado daba un mentís a la vieja tradición franquista (hoy todavía vivita y coleando en internet y en los escritos de unos cuantos desaprensivos) de que Negrín poco menos que había arrebatado el oro con siniestros propósitos. También daba un mentís a otra vieja leyenda propalada por Indalecio Prieto en el exilio, cuando ya se había convertido en enemigo acérrimo de Negrín en uno de los capítulos más dolorosos de la historia del PSOE tras la guerra civil.

La autorización se hizo “en virtud de las amplias facultades que las Cortes han concedido al Gobierno” y daba cobertura a “cuantas medidas sean necesarias con el oro del Banco de España, sin limitación alguna, y aun cuando para ello hubiere que situarlo, total y parcialmente, fuera del territorio patrio para defender dicho oro de cualquiera contingencia que pudiera representar grave daño para los altos intereses de la Nación”. Más claro que el agua.

En condiciones de extrema anormalidad (una guerra civil provocada por la sublevación de una parte del Ejército, hoy sabemos que tras una larga conspiración lubrificada por el dinero monárquico y fascista y el compromiso previo de ayuda de Mussolini), los republicanos trataron de hacer de la necesidad virtud y procedieron, dentro de lo posible, por los cauces constitucionales. La operación de traslado del oro a la URSS desde Cartagena fue presenciada por representantes de los tres poderes públicos, el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial. Aquel papelín cerraba el círculo de lo que, poco a poco, había ido descubriendo y sentó una sólida base para avanzar en lo que todavía no sabía ni había descubierto.

Lo dicho: curiosidad, tenacidad y suerte. ¿Qué hubiera pasado si Carmen Negrín no hubiera recordado que tenía unos papeles en la caja fuerte de su banco?  Como Carmen, generosamente, donó a la Fundación Juan Negrín toda la documentación de su abuelo es obvio que, tarde o temprano, alguien los hubiera descubierto, pero ese alguien fue servidor.

Por cierto, ¿cuándo decidirá la familia del general Francisco Franco hacer lo propio y donar los papeles de su inmarcesible antecesor al Estado español?

 

(Nota: los interesados en el tema podrán encontrar más detalles en mi libro LA SOLEDAD DE LA REPÚBLICA, felizmente reeditado en rústica hace un par de años)