Exploraciones en archivos (III)

Sigo pensando que escribir de historia, en estos momentos en que la historia se hace ante nuestros atónicos ojos, es un mero pasatiempo intelectual. Sí, estos tiempos turbios pasarán. Pero las preocupaciones de millones de personas no están ligadas a la historia, ni al proceso histórico ni a nada parecido. Si continúo, por el momento, subiendo posts a este blog es porque, encerrado en casa y sin salir de ella desde hace más de una semana, para no aburrirme mortalmente estoy escribiendo sobre historia. Son jornadas agotadoras que, con los doce kilómetros que recorro diariamente en bicicleta estática, confío no me dejen caer en la desesperanza. Así que vuelvo a los archivos.

 En mi caso puedo decir que la exploración en archivos decidió, de una vez por todas, no solo mi trayectoria como historiador sino mi propia actividad profesional desde, digamos, 1976. En este año el profesor Rafael Martínez Cortiña, catedrático de mi misma asignatura (lo que hoy se denomina Economía Aplicada), me hizo un encargo. El país hervía en la Transición. Yo iba a Valencia semanalmente (allí tenía la cátedra) y estaba acongojado por el destino que aguardaba a mi secuestrado trabajo sobre El oro español en la guerra civil. Se corrió el rumor (del que se hizo eco la prensa extranjera) de que lo iban a reducir a pulpa de papel. En aquel momento Rafael Martínez Cortiña era un altísimo cargo en el Banco Exterior de España (existían compatibilidades, que más tarde el primer Gobierno de Felipe González suprimió). Para festejar el cincuentenario de la entidad (creada en 1929) deseaba publicar un libro. No un libro lleno de arte sino un libro de historia sobre la política comercial exterior española de 1931 a 1975. Me quedé perplejo, pero reaccioné rápidamente. Lo aceptaría solo si se me concedía acceso a los archivos sin ninguna restricción y  se me permitía conjuntar a un grupo de especialistas. Embarcarse en solitario en un proyecto de tal envergadura me parecía imposible.

Estas y otras condiciones (también las económicas) se aceptaron sin rechistar y durante dos años y medio (mientras el país se embarcaba en la Transición) me sumergí en archivos: Presidencia del Gobierno, Exteriores, Banco de España, IEME (Instituto Español de Moneda Extranjera), Comercio y Hacienda. No exagero si afirmo, con orgullo nada reprimido, que fui el primer historiador español o extranjero que a ellos accedió. Eso sí, con un equipo auxiliar y varios coautores que se encargaron de aspectos en los que no me sentía seguro. Por ejemplo, Senén Florensa (hoy embajador) se ocupó de los años de la República en paz; Julio Viñuela, con un tratamiento analítico, del período tras 1959, los años de gloria de la dictadura; Fernando Eguidazu de la política de control del tipo de cambio a lo largo del tiempo  y Carlos Fernández Pulgar de una visión de conjunto de los años cincuenta. Todos, salvo el primero, técnicos comerciales y economistas del Estado. Abordaron todos aquellos aspectos en los que en general no se necesitaba EPRE. Cuando era necesaria se la proporcioné.  Me reservé el resto que no era poco porque tenía metida entre ceja y ceja la idea de que había que aprovechar la ocasión (siempre calva) para arramplar con todo tipo de documentación, escarmentado como estaba con mi experiencia previa y aplicando también dos de las lecciones que he expuesto en posts anteriores.  Como no podía fallar, el juego del azar hizo de las suyas.

Es un episodio que me marcó profundamente. Un día, manejando un grueso legajo lleno de papeles económicos y comerciales en el archivo de Exteriores, me topé con un microexpediente que no debía haber estado allí. Sin duda alguien lo había traspapelado. Lo que no puedo explicar es cómo pudo haber sido, porque los papeles eran lo que eran y el microexpediente solo decía algo así como convenio hispano-norteamericano. Ya no recuerdo si había una o dos páginas. Ciertamente, no más. Lo abrí y me quedé petrificado. Una copia en carbón reproducía la clausula secreta de activación de las bases norteamericanas en España. La leí y empecé a sudar copiosamente. Lo afirmo hoy, más de cuarenta años después, porque representó uno de los shocks más intensos que había recibido hasta entonces escarbando en archivos.

No dije ni pío, pero inmediatamente pasé a concentrar mi atención sobre no solo las relaciones económicas y comerciales con Estados Unidos, sino también las políticas y militares. Como tenía las manos libres para pedir lo que me pareciera oportuno, no consideré que estaba extralimitándome. Cuando, meses después, ya tenía redactado el relato correspondiente fui a ver a Rafael Martínez Cortiñas y se lo entregué. Le dije la verdad. Nadie, ni en Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Alemania o España había escrito, en base a EPRE, algo parecido. La literatura era abundante, pero con escasa documentación que no fuera la que estaba en el dominio público y los norteamericanos se habían guardado muy bien de exponer a sus conciudadanos lo que allí estaba encima de la mesa: el entramado de pactos secretos que subyacían a los públicos (firmados solemnemente en 1953). Si me había quedado de piedra, Rafael se quedó helado. No hubo la menor discusión sobre si convenía o no dar a luz todos aquellos entuertos del “Centinela de Occidente” por antonomasia. Todo lo que escribí se introdujo en el libro porque, al fin y al cabo, en una España de pena, con un nivel de vida que solo estaba a punto de superar el alcanzado en 1935 (que ya era bajo), la conexión con Estados Unidos fue absolutamente fundamental. No solo en el plano político y diplomático sino también en el militar (para lo que entonces ya se denominaba en ciertos círculos un “ejército de ocupación”), en el económico y comercial. Así se publicó en 1979.

También me di cuenta de que lo que había escrito, limitado en extensión, merecía un trabajo más detallado y profundo. Me sumergí en el tema y dos años después di a conocer Los pactos secretos de Franco con Estados Unidos. Bases, ayuda económica y recortes de soberanía. En esta ocasión la censura ya había desaparecido y mi interpretación, que no era demasiado complaciente con la dictadura, abrió un nuevo surco de investigación. Desde entonces he ido, a salto de mata, profundizando mis contactos con temas militares. En 1983 el ministro Fernando Morán, fallecido desgraciadamente hace pocos meses, me hizo el honor de llevarme consigo como asesor al Ministerio de Asuntos Exteriores, en cuyos archivos tanto tiempo había pasado. En el volumen que antes de su muerte se publicó en homenaje suyo he escrito sobre una parte de mi cometido que ni fue fácil ni tampoco agradable. Con dos diplomáticos amigos (Carlos Fernández Espeso y José Manuel Allendesalazar) tuve que lidiar con ciertos aspectos relaciondos con el tema OTAN. Los mayores del lugar recordarán, sin duda, como aquel tema escindió a la sociedad española. Aprendí una nueva lección a la que, desde entonces, me he atenido. Existen temas sobre los cuales es mejor no dejar papeles. No lo hice en aquel caso ni tampoco en algún otro a lo largo de la vida profesional que, como diplomático comunitario, después empecé. Que los dejen otros. Sé, muy bien, que como historiador escribo una herejía, pero antes que el deber para con la historia (que procuro cumplir como mejor puedo) está el deber con el propio sentido del honor. Sin él, no se es nada.

(continuará)