Exploraciones en archivos (VII)

Me da un poco de apuro hacer la confesión que plasmo en este y en el próximo post. Tiene que ver también con el Archivo de la Presidencia del Gobierno. Por muchos que sean los reproches que se me hagan, no llegarán a la altura e intensidad de los que me hecho yo mismo. Procederé por orden cronológico, aunque advierto que mis recuerdos son en ocasiones un tanto difusos o confusos. Procuraré señalarlo en vista de las inevitables críticas que algún amable lector me dirigirá. He de señalar que con toda razón.

El Archivo fue, para mí, muy enriquecedor. Para otros, quizá menos. Yo no sobrepasé en mis investigaciones el año 1959. Después, la política comercial exterior española entró por otros derroteros y debía tratarse de forma diferente. Este es un aspecto que en el libro del Banco Exterior de España asumieron los técnicos comerciales y economistas del Estado Julio Viñuela y Fernando Eguidazu esencialmente, quienes a lo mejor leen incluso estas líneas. No obstante, después de se cerrara el tiempo para entregar el manuscrito de cara a su publicación, creo que lo hice antes del verano de 1979, seguí todavía husmeando en el archivo de Presidencia durante algún tiempo. Encontré varias cosas, pero cuando descubrí algo interesante (debió de ser en el otoño) ya era imposible incorporarlas al libro, que tenía que salir imperativamente en diciembre, cuando el BEE celebraría con toda solemnidad su L aniversario Como así fue.

Ahora bien, ya sin premuras de tiempo, extendí mis exploraciones y llegué, más que nada por azar, a las actas de la Comisión Delegada del Gobierno para Asuntos Económicos. Esta fue una de las aportaciones del entonces secretario general de la Presidencia, el catedrático de Derecho Administrativo Laureano López Rodó, hombre muy significado del Opus Dei.

No se trataba, en puridad, de un nuevo invento. Había habido antes comisiones de tal tipo. Que yo recuerde una, en cuyos papeles también husmeé, fue la creada para el seguimiento de la ejecución de los convenios con Estados Unidos (por cierto los papeles correspondientes, masivos, se habían arrinconado en unos despachos del Ministerio de Comercio en Goya 3, sede en la cual había empezado diez años antes mi carrera de funcionario). Otra comisión parecida se estableció después para el estudio de las sedicentes Leyes Fundamentales. La propuesta de López Rodó tendía a descargar las reuniones formales semanales del Consejo de Ministros de temas económicos en los cuales muchos de sus componentes no tenían grandes cosas que aportar.

Se consideró, eso sí, una propuesta muy significativa. Creo recordar que la primera reunión del nuevo órgano tuvo lugar en marzo de 1957, a las pocas semanas de haberse constituido el octavo Gobierno de la dictadura. En algún momento, pero ya no recuerdo si fue en la primera reunión, en la segunda o en la tercera (desde luego no más tarde) Franco dirigió la palabra a sus ministros reunidos en ella y les aleccionó sobre las orientaciones estratégicas para que las siguiera la política económica española. A mí me pareció tan importante su discurso, que se había anexado al acta de la reunión, que me apresuré a fotocopiarlo sin ningún problema. Lo guardé, por cierto, como oro en paño porque pensé que podría serme útil en algún momento determinado, después de la publicación del libro del Banco Exterior de España.

Los hombres proponen y los dioses disponen. Después de aquel libro me apresuré a escribir los Pactos secretos de Franco con Estados Unidos (que tienen una historia aparte). Después vinieron otros desafíos y otras ocupaciones. A finales de 1982 me llamó Fernando Morán para que fuese con él a Exteriores. Luego me marché a Bruselas. Me llevé una parte de mis libros y papeles. Otras la dejé en Madrid, en casa de unos amigos. Una tercera fue a parar a la Biblioteca de la Escuela Diplomática donde se conserva. De Bruselas me fui a Nueva York, pero obviamente no me llevé papeles sobre España.

Mientras estaba en Nueva York un conocido, Christian Leitz, catedrático de Historia en Nueva Zelanda, se puso en contacto conmigo porque quería reunir a varios historiadores que escribieran artículos para un libro que pensaba coordinar con otro colega (cuyo nombre no me sonaba, David J. Dunthorn, pero que no contribuyó a la obra). Leitz había escrito sobre las relaciones económicas entre la España franquista y el Tercer Reich durante la guerra civil, algo que había sido la idea de Fuentes Quintana que hizo que me sumergiera en archivos y que luego solo continué en parte, singularmente en el libro del Banco Exterior.

La idea de Leitz era examinar varios capítulos de la inserción de España en el contexto internacional  entre los años 1936 y 1959. Ya había contactado con varios autores, españoles y extranjeros, y acudía a mí para que aportara mi granito de arena. Inmediatamente pensé en hacer algo basándome en la lenta marcha de la dictadura hacia la apertura económica, que no política, de 1959. Lo que no recuerdo es cuándo le envié mi trabajo. Pudo ser al final de mi estancia en Nueva York o algo después, tras mi regreso a Bruselas. Por cierto que de nuevo aquí me pasé casi un año reorganizando mi biblioteca, diseminada entre Madrid, Bruselas y Nueva York, amén de una masa inmensa de artilugios que habíamos ido adquiriendo a lo largo de los años. Lo que sí recuerdo es que consulté una biografía de Carrero Blanco que había publicado Javier Tusell en 1993 y que probablemente me habían enviado a Nueva York.

En mi contribución al libro colectivo de Leitz hice mención a ella. Tusell había también consultado para entonces los papeles de Carrero que había en el Archivo de la Presidencia del Gobierno amén de otros a los que le dio acceso la familia. Quizá por ello a su biografía le faltaba algo de la mordaz crítica que el difunto presidente del Gobierno se había ganado por méritos propios. Tusell no prestó ninguna atención al discursito de Franco, lo que me dejó un poco perplejo. Aunque nunca se interesó demasiado por los temas económicos, Tusell ya había dado a conocer en Historia 16, noviembre de 1985, cuando yo estaba todavía en España, un papelín de Franco de 1939 o 1940 que le había dado un ministro del segundo Gobierno de la dictadura, y que había titulado, con toda razón, como “La autarquía cuartelera. Las ideas económicas de Franco a partir de un documento inédito”. Era una sarta de pamplinas, propia de alguien que no tenía la menor idea del tema (lo cual era rigurosamente cierto, por mucho que Franco se pavoneara de haber leído intensa y extensamente sobre la materia cuando regresó de Marruecos a la península, una mentirilla que hay que perdonarle, en comparación con muchos otros camelos que escribió sobre su trayectoria).

Pero, desde Nueva York o recién llegado a Bruselas, no estaba yo en condiciones de buscar el discursito de 1959. Así que, como es lógico, mencioné tal carencia en mi contribución al libro de Leitz diciendo que “unfortunately, at the moment of writing, I do not have Franco´s presentation before me. I photocopied it some years ago from the of the Comision Delegada in the AGP”. Nadie hubiese podido objetar a esta formulación y, que yo sepa, nadie objetó. También es verdad que ni el artículo ni el libro han sido muy citados, a pesar de la calidad de los participantes en el mismo.

Igualmente hice algunas consideraciones complementarias en las que, por razones que expondré en el post siguiente, no deseo entrar aquí. Como se trata de una de mis “meteduras de pata” de las que más me he arrepentido a lo largo de mi carrera como investigador y husmeador de archivos prefiero dejarlas para después.

Las referencias del libro son Spain in an International Context, 1936-1959, Berghahn Books, Nueva York, Oxford. El panel que reunió Leitz era impresionante: Paul Preston, David W. Pike, Enrique Moradiellos, Peter Jackson, Geoffrey Roberts, Martin S. Alexander, Norman J. W. Goda, Martin Thomas, Glyn Stone, Qasim Ahman, Geoffrey Swain, Boris N. Liedtke y José Luis Neila. Cada uno experto en su tema y algunos reconocidos internacionalmente.

(Continuará)