Una pugna contra la distorsión: investigando el pasado (XIII)

OTRA REPRESENTACIÓN DE UN GENERAL DE DIVISIÓN, PERO

DESFIGURADA

 

Con toda la razón el eminente general de División Don Rafael Dávila Álvarez ha rescatado de la oscuridad del pasado algunas cartas privadas que se cruzaron el general Luis Orgaz Yoldi y su señor abuelo. También ciertas notas que tomó  este último en torno al nombramiento del general Franco como Jefe del Estado naciente. La prensa, sin excepciones que servidor conozca, ha alabado tal descubrimiento como si no se hubiera sabido nada de lo ocurrido y la nueva aportación documental hubiese dejado todo meridianamente claro. ¿Hasta qué punto hay en tales cartas y notas aspectos que obliguen a una revisión sustancial de lo ya conocido? Es la pregunta del millón. ¿Cuán valiosa es una aportación historiográfica?

A riesgo de empezar a fatigar a los amables lectores, en este blog me siento obligado a hacer un comentario al respecto. El año pasado dediqué tres posts a la discusión correspondiente y en ellos pasé revista, con algunos datos adicionales, a las conocidas memorias del general Alfredo Kindelán, también monárquico de pro como lo fueron igualmente los generales Luis Orgaz y Fidel Dávila. Remito a los que se publicaron el 25 de febrero y el 3 de marzo. Pueden consultarse abriendo los enlaces correspondientes que figuran a la derecha de la página  (www.angelvinas.es).

Desgraciada e incomprensiblemente el señor general Dávila Álvarez hace un recorrido imperfecto de las reuniones que se celebraron en Salamanca en aquel mes de septiembre de 1936. No se detiene en la primera, que tuvo lugar el día 21, y que fue sumamente importante. No por lo que dijese o hiciera su abuelo (sobre lo cual calla, quizá porque no se manifestara demasiado) sino por lo que tal reunión representó para Franco. El personaje central es, por supuesto, este último y no el abuelo. Como cualquier lector fácilmente coprenderá para abordar la cuestión conviene salir de los papeles que nuestro estimado autor ha conservado como oro en paño.

De entre tales papeles, y para ser justos y exactos, lo único que aporta es una carta de Orgaz a su compañero Dávila remitida desde Marruecos al día siguiente de la reunión. En ella Orgaz (que había estado conspirando con Franco desde el mes de abril, cuando lo trasladaron a Las Palmas de Gran Canaria, y gestionaba una común red de contactos en esta última isla en la que se preparaban el asesinato del general Balmes y la sublevación) se pronunció rotundamente a favor del mando único. Lo subrayó de cara a abordar el problema principal que tenían los sublevados que no era, ni más ni menos, que la toma de Madrid. Lo que el general Dávila Álvarez nos proporciona ahora respecto a las consecuencias de aquella reunión es la respuesta de su abuelo. En ella, sin desconocer las ventajas del mando único, recalcó que “la diversidad de objetivos” exigía “esfuerzos independientes y por ende aconsejan adecuadas autonomías” (pp. 183s). Lamentablemente el nieto, en su condición de historiador, no hace ningún comentario y nos quedamos sin saber qué idea le suscita, incluso como militar, tal intercambio epistolar. Yo prefiero silenciar lo que de ello pienso pero recuerdo que, como bien recogió Serrat en sus memorias, no destinadas a la publicación, eran muchos los que creían que, de caer Madrid, la guerra hubiese concluído rápidamente. La cuestión, que todo alevín de historiador se plantearía, es: ¿qué pensaba Franco?

Ignora nuestro estimado general, porque no parece haber leído la literatura que ha ido explorando bien que mal el tema en base a otras evidencias primarias, un aspecto fundamental: Franco ya se consideraba como futuro ganador de la partida. Algo nada desestimable porque cabe imaginar que sus razones tendría. El general, repito, no dice nada al respecto. Quizá no lo ha pensado. Servidor, que no es militar, se ha aventurado a hacerlo. Claro que para ello hay que buscar EPRE en el amplio mundo.

Franco lo había indicado, bien  la víspera o al día siguiente de la reunión, en Sevilla,  al cónsul general de Italia en Tánger. Este caballero, fascista de pro, se había desplazado para hablar con él siguiendo instrucciones muy explícitas del gobierno de Roma. Fueron, por lo demás, extremadamente interesantes y, en mi modesta opinión, históricamente muy relevantes.

La duda en cuanto a la fecha se debe a que los servicios de interceptación británicos calcularon que la entrevista tuvo lugar el día 20, habida cuenta de los movimientos del cazatorpederos que remontó el Guadalquivir y que habían rastreado. En la conversación misma con el cónsul general Franco se refirió a que sus “ministros” estaban de acuerdo con él. Esto podría sugerir que la reunión pudo haberse celebrado el 22. En cualquier caso, Queipo de Llano supo de ella o incluso estuvo presente (el texto en italiano no permite dilucidar con claridad la cuestión).

Como no se trata de ponerme plumas no me refiero a mis análisis, que al señor general evidentemente le importan un pepino, pero sí subrayaré la conveniencia de que tal vez no le habría venido mal echar un vistazo a los Documenti Diplomatici Italiani, octava serie, volumen V, documento nº 97. Está en la red y se puede descargar en cualquier ordenador.

En lo que no hay demasiadas dudas es que Franco consideraba que tenía todas las posibilidades de hacerse con el mando único y con la dirección política de lo que más tarde empezó a denominarse “Glorioso Movimiento Nacional” (GMN). La referencia a “sus” ministros no permite, en mi modesta opinión, una interpretación alternativa. ¿Dónde hay ministros? En un gobierno. ¿Quién tiene autoridad sobre ellos? Su presidente. Claro que no cabe eludir la posibilidad de que Franco fuera de farol (pero habría que documentarlo). El telegrama que recapituló la conversación lo envió el cónsul a Roma el 23 de septiembre.

Es decir ya antes o después de la primera reunión entre generales parece obvio que Franco salió superconvencido de que su “candidatura” triunfaría. En los dos supuestos que cabe considerar habló al cónsul como si ya fuera jefe del “gobierno” de los sublevados. Algo que no es nada desdeñable.

En las cuartillas del general Dávila Arrondo (escritas, por cierto, en una sintaxis penosa) y que ha publicado su nieto aparece subliminalmente el factor foráneo, al referirse a que la Junta de Defensa no estaba reconocida por ningún gobierno extranjero (aspecto que reflejaba nítidamente la realidad). Pero añadió: “por informaciones oficiosas que hasta nosotros habíanse deslizado, algunos de tales gobiernos deseaban desapareciese el cariz de pronunciamiento militar que significaba regir el país una junta de generales” (sic).

Si el general Fidel Dávila llegó a enterarse de que quienes “achuchaban” eran los italianos, no lo escribió (¿por pudor patriótico?). Lo cierto es que insistían y mucho. De aquí la misión del cónsul para con Franco. Me apresuro a señalar que no podía ser el gobierno nazi (ya que de ello no se ha encontrado, ¿todavía?, la menor indicación solvente). Sin embargo, en aquella época Mussolini y Ciano ya tenían un piano Spagna (otra cosa es que fuese narcisísticamente irrealista) y sus derivadas para la deseable era lo que tenía que comunicar al “pre-Duce”.

Años más tarde, según unas memorias desaparecidas en todo, o en esta parte, que escribió Queipo de Llano (al parecer sabía hacerlo sin rebuznar) el hermanito Nicolás y José Antonio Sangróniz (el diplomático que había entregado su pasaporte a Franco para que pudiera volar de Gran Canaria al Marruecos francés el 18 de julio) y que desde entonces le servía de factótum para cuestiones internacionales, se recogió que ambos caballeros empezaron a telefonear a los generales. Les hicieron saber que la ayuda de Alemania e Italia exigía como condición sine qua non el mando único. Así, pues, no tengo la impresión de que la resistencia que el verdugo de Sevilla pudiera oponer al correlato de la dirección política por parte de Franco fuese tremenda. Y no lo fue.

En qué medida el general Dávila Arrondo supo lo anterior no figura en las notas publicadas por su nieto, pero es improbable que no se diera cuenta de que cualquier oposición (él afirma que de Cabanellas y Queipo -¿jugando a dos barajas?- y otro general llamado Germán Gil Yuste) podría tener consecuencias desastrosas. De aquí se explica que pugnara por que se aceptara unir al mando militar el político. Como hicieron otros generales monárquicos, sin que servidor recuerde ahora muchas excepciones.

En definitiva, es muy de agradecer que el general Dávila Álvarez haya dado a conocer las notas de su abuelo (siempre serán EPRE) pero hay que analizarlas, como cualquier EPRE, y contextualizarlas. Por ello no hay que extraer la noción de que fue el general Dávila Arrondo quien arrumbó los obstáculos que se opusieron a la conjunción de la unidad de mando y la dirección política.

Que Franco no fue un mero espectador (algo que apareció en la película de Amenábar) podemos deducirlo de su comportamiento ante el cónsul general italiano. Todos los generales que pensaban que el GMN serviría para restaurar tarde o temprano la Monarquía sabían que no había alternativas. Mola no se opuso y ya se había puesto a las órdenes de Franco a finales de julio, como he demostrado en mi último libro y se enteraron de inmediato los republicanos. Nada hace pensar que aspirara al mando supremo. No lo había hecho durante la conspiración. Malamente podría querer encaramarse después. Incluso Sainz Rodríguez lo negó en sus memorias, aunque en ciertos temas hay que tomarlas con algún grano de sal.

El ilustre general Dávila Álvarez sugiere que la guerra comenzó realmente el 1º de octubre. Hay que someterse a una fuerte dosis de kif para aceptarlo. La contienda, tal y como estaba planteada en septiembre, tanto en sus aspectos internos como internacionales, ya la tenía perdida la República. Con un ejército en primerísima fase de formación,  cortada de los suministros que hubieran debido de haber emanado de los arsenales de las democracias (Francia, Gran Bretaña, Estados Unidos y luego del resto de las europeas) y con el aparato del Estado descoyuntado en los territorios a los que se extendía su capacidad normativa (y escasamente la coactiva), con un mando único en el plano político o sin él entre los sublevados el futuro no se le presentaba nada halagüeño.

Personajes tan dispares como el presidente de la República, Manuel Azaña, o el nuevo agregado militar francés y jefe en España del Deuxième Bureau, el teniente coronel Henri Morel, así lo advirtieron. Ciertamente el primero lo consignó a la privacidad de sus apuntes tras intercambiar opiniones con algunos políticos republicanos y socialistas. Unos le dieron razón. Otros, no. Pero la impresión quedó escrita en su testimonio de aquellos días.

¿También lo desconoce el general Dávila Álvarez quien toma a Azaña por el pito del sereno? Por su parte Morel no dudó en absoluto de que, con la ayuda de las potencias fascistas, los sublevados se alzarían con la victoria.

Ninguno tuvo en cuenta el nuevo factor que cambiaría el panorama interno e internacional: la ayuda soviética. Es notable que el general Dávila Álvarez se limite a escribir cuatro banalidades (soy generoso) al respecto. La literatura existente es ya notable. Los primeros barcos con material soviético (aparte de un envío de fortuna en el buque-cisterna Campeche) empezaron a llegar a los puertos del Mediterráneo a mitad de octubre. Más o menos cuando también comenzó a hacer acto de presencia la que llegó a ser 11ª Brigada Internacional.

La prensa extranjera llevaba semanas haciéndose eco de la posibilidad de una intervención soviética. Los diplomáticos nazis y fascistas adelantaban su llegada en telegramas a veces delirantes (adjetivo utilizable hoy: en su momento hacían bien en enviar a Berlín y a Roma los rumores que oían). Es de imaginar que aunque la Junta de Defensa fuera un organismo embrionario extremadamente kaki también supiera de las noticias de prensa que pululaban por el exterior. Incluso Franco había dicho al cónsul general italiano que quería acelerar la ofensiva antes de que entrase en acción la ayuda soviética y también porque no quería alargar las hostilidades ya que sus tropas carecían de ropa de invierno. ¡Muy previsor!

En este contexto no sé si hay que felicitar efusivamente al general Dávila Álvarez por citar (p. 243) como fuente digna de todo crédito al Münchner Neueste Nachrichten del 12 de noviembre de 1936 (yo no lo he leído, de aquí mis parabienes, ya que supongo que habrá ido a la fuente y que no lo habrá copiado sin más de alguno de los libros que dice haber manejado o quizá tomado de la traducción de los recortes de prensa que llegaran a la Junta Técnica del Estado, de la que su abuelo acababa de ser nombrado presidente). El caso es importante porque demuestra la capacidad analítica, o de émulo de Herodóto/Tucídides, de nuestro distinguido autor, tal y como ha afirmado otro no menos distinguido comentarista.

Sin embargo, para cualquier historiador genuino habría generado algún tipo de comentario la noticia de tal periódico:  el 12 de noviembre combatían “al servicio del gobierno rojo de Madrid” la friolera de 9.000 rusos, con otros 4.000 belgas y franceses y 300 ingleses. O que en la aviación había 120 aviadores rusos (pregunta al señor general: puesto que cita a Howson, ¿sabe cuántos aviones soviéticos ya habían arribado a puertos españoles?).

Claro que el general Dávila Álvarez no ha creído oportuno informar a sus lectores (un despiste lo tiene cualquiera, también servidor) de que tal periódico habia pasado en diciembre de 1935 a manos de la editorial del partido nazi, Franz Eher Nachf. GmbH, que naturalmente lo puso al servicio inmediato de la dictadura hitleriana. Así, pues, una fuente muy fidedigna, aunque solo para cumplimentar los designios del maestro Goebbels.

Por lo demás, caso de haber acudido a alguno de los numerosos libros que han estudiado la presencia soviética en España, nuestro distinguido general se habría, quizá, enterado de que los asesores militares no pasaron de 600 en ningún momento amén de los 1.300 que combatieron directamente, de un total de entre 2.000 y 2.150 de todos los niveles (los datos los tiene en Rybalkin, p. 96)

En realidad, tan poco preciso general tampoco ha leído la obra, que cita en la bibliografía, de Skoutelsky. De haberlo hecho se habría dado cuenta de que en Madrid (“rompeolas de todas las Españas”) en aquella fecha de noviembre solo estaba la 11ª BI (unos 2.100 hombres armados de fusiles Remington, sin bayonetas, sin granadas, sin fusiles ametralladores, sin cascos, sin máscaras de gas y sin víveres de reserva) y que acababa de formarse a toda velocidad la 12ª BI con 1.600 voluntarios.

Ya no me detendré en la exposición que el distinguido general, vestido de historiador, hace de la ayuda soviética y, en particular, de la operación de venta del oro a Francia y a la URSS (cap. 34, pp. 219-225). Es una amalgama de datos desfigurados, expuestos sin ton ni son, deshauciados y, si se me permite la comparación, no daría para el aprobado en un examen de grado en cualquiera de sus cuatro cursos de hoy en día.  Los lectores pueden enterarse leyendo algunas obras que hayan tratado del tema.

Eso sí, el general Dávila Álvarez (sin duda políglota) tiene la brillante idea de referirse a la obra de Rybalkin en ruso (p. 219) aunque lo cita mal e ignora que fue publicada en recio castellano en 2007.

Desde el punto de vista de análisis del pasado y de deshacer entuertos mi valoración es, de nuevo, que la “representación” que de él propaga tan distinguido  general de División es algo más que objetable porque no refleja ni siquiera mínimamente las  ancladas en evidencias primarias de época ni las analizadas por otros autores, que sí las utilizan.