Una pugna contra la distorsión: investigando el pasado (XI)

 

OTRA REPRESENTACIÓN, PERO DESFIGURADA

Empiezo ahora la segunda parte de la serie que me ha tenido ocupado en las últimas semanas. Confío en que el conjunto sea  útil a la hora de revelar cómo he enfocado y cabe enfocar el trabajo de historiador. Hay otras posibilidades, pero “cada maestrillo tiene su librillo”. Los amables lectores observarán que estos últimos posts tienen otro subtítulo. Se me ha ocurrido porque el 25 de mayo pasado me llegó un libro (aparecido tres semanas antes) que ha sido objeto desde su publicación de mucha alharaca y de notas en la prensa con frecuencia ditirámbicas. Al autor alguien (que no mencionaré) le ha atribuído tener alma de Heródoto o de Tucídides, afirmaciones realmente extraordinarias, como veremos. Si bien hay que felicitar a la editorial y a tan insigne historiador por la extensión e intensidad de tal campaña propagandística, me veo obligado a diferir radicalmente. Los temas que aborda el autor en cuestión  me son algo conocidos (aunque también entra en otros por los que no me he interesado particularmente). En lo que a mí se refiere el libro incorpora una “representación” un tanto, digamos, desfigurada (aunque otro calificativo más duro quizá sería más apropiado) de los antecedentes y comienzos de la guerra civil.

Se trata de la obra de un general de División retirado, exayudante de campo del rey Juan Carlos I, exgeneral jefe de una de las brigadas de la Legión, exjefe de tropas de Canarias y muchas otras cosas más. Probablemente camine algo inclinado cuando se vista de gala por tener que soportar el peso de las numerosas condecoraciones a las que se habrá hecho acreedor a lo largo de su dilatada y venturosa carrera. Es también nieto del general Fidel Dávila Arrondo, marqués de Dávila, que fue presidente de la Junta Técnica del Estado y general en jefe del Ejército del Norte en la guerra civil, entre muchas otras responsabilidades. Ha podido hacer uso en su libro de la documentación por él conservada. Debemos, pues, felicitarnos. En principio, si no recuerdo mal, no se había explorado.  El autor en cuestión se llama Rafael Dávila Álvarez.

Así, vaya de entrada la expresión de mi agradecimiento  por haber dado a conocer a sus lectores y a los historiadores la existencia de esos papeles (aunque tengo la impresión de que quizá sean algo limitados, ¡ójala me equivoque!). Siempre he lamentado que todavía hoy tantos archivos privados permanezcan cerrados. ¡Cuánto mejor sería que se aireasen y pudieran consultarse en archivos públicos! En este caso permitirían una apreciación quizá algo diferente de la que hace el nieto.

En el presente y en los próximos posts me limitaré a unas cuantas consideraciones esencialmente sobre los temas que han sido objeto de la presente serie, pero añadiré otro que ya ha surgido en el blog hace años. Se refiere a la destrucción de Gernika. Todos ellos reflejan la “representación” que el autor se hace de un pasado convulso. Adelanto ya que no escribe Historia. Simplemente, confunde “su” representación particular y lo que se desprende de lo investigado y sacado a la luz por multitud de historiadores, aunque no tengamos almas emulables con las de Heródoto o Tucídides.

Ante todo,  un tirón de orejas a la editorial y al autor. Publicar hoy un libro sin índice de nombres (ya no hablo de índice analítico) es una muestra de falta de profesionalidad y de respeto a los lectores. Es también una trampa (saducea o no) porque dificulta considerablemente la lectura y un rápido abarcar del contenido del relato. Me siento en condiciones de dar tal tirón porque, que recuerde, ya desde mi primer libro, en 1974, todos los siguientes han contado con índices onomásticos y, hace ya muchos años, por lo general también analíticos.  Los hago yo mismo, con la vista puesta en los lectores.

El libro se descompone en cinco partes. Las tres primeras se titulan Rumbo a la tragediaVerano épico y sangriento Franco toma el mando. He leído hasta la página 145, de la 179 a la 194, de la 219 a la 225, de la 240 a la 246 y de la 253 a la 258. Me han bastado. Lo leído me suscita objeciones formales y de contenido. Entre las primeras, la idea (que quizá hayan insinuado al autor, pero que este habrá aceptado) de inventarse diálogos y conversaciones. Automáticamente devalúan la obra. No se necesitan.  Pueden reflejar (chi lo sà?) aspectos complejos. También pueden aligerar la lectura (para los menos aficionados a esta labor), pero no son sino un gimmick muy barato en un libro que pretende ser de historia. Huelen a periodismo de perra gorda.

Entre las objeciones de contenido es penoso (y explica el subtítulo) tener que leer en 2021 lo que el general Dávila Álvarez repite como un papagayo, sirviéndose de fuentes algo más que dudosas o totalmente desahuciadas, que tampoco contextualiza ni analiza en lo más mínimo:  un sinnúmero de mitos (o burradas, de ser algo inconvencional) sobre la República y la evolución que condujo a la guerra civil. Sin salirse de una tradición que remonta a los años oscuros del comienzo de la conspiración, de la propia guerra y de la dictadura de Franco.

Veamos algunos ejemplos de la “representación” en que se basa el autor. Ante todo, la reforma militar de Azaña. La literatura en pro o en contra, analítica o valorativa, es muy amplia. No llevó necesariamente a la guerra civil, pero sí incomodó a muchos generales, jefes y oficiales de un Ejército más que sobredimensionado (el autor ni se plantea la cuestión). Ha sido muy estudiada, pero él escribe al aire de una fácil tonadilla y alude, como principio explicativo, a “la mentalidad infantil de Azaña, su afición a las formaciones de soldaditos”. ¿Es esto serio? ¿Ha estudiado la trayectoria de un político complejo y revelado nuevas facetas? No me sonaba, al efecto, ninguna publicación histórica suya. Acudo a la ayuda de Mr. Google con ”Dávila Àlvarez + Azaña” por delante y lo que  salen son posts de su blog: he leído un par de ellos y lo he cerrado sin más.

Con todo, es de justicia reconocer que el autor tampoco exagera demasiado las consecuencias.  Lo hace de una forma muy particular al afirmar, tajantemente, que el “ataque a la Iglesia” hizo que más militares pasaran a la reserva que su propia reforma (p. 36). ¿En qué fuentes, estadísticas, testimonios fiables y contrastados se basa?  Que él indique específicamente, en ninguno.

En este contexto, que no es intrascendente, encontramos frases no fácilmente comprensibles. Una de ellas: “Para más inri jugó también [Azaña] a ser más papista que el Papa y pasó a ser monaguillo de la España católica, aunque fuese por costumbre, tradiciones ancestrales”. Me pregunto si el autor estaba pensando en el famoso discurso, tantas veces distorsionado, en el que el entonces presidente del Gobierno y ministro de la Guerra pronunció la frase (que siempre citan los ignorantes) de que España habría dejado de ser católica. Me limito, pues, a no ensalzar a los lectores de tan magna obra sus profundas reflexiones sobre la fé católica y la historia española (pp. 36s).

Para un militar que escribe sobre los militares y los primeros años de la República sorprende que no haya acudido a algunos de sus compañeros, historiadores de raza, al hablar del Ejército. Por ejemplo, al coronel Fernando Puell de la Villa que identificó hace años la mentalidad en la época de la mayor parte de los oficiales y jefes (también de algún que otro general): “intervencionista, acomplejada, victimista, escandalizada ante la República, hipnotizada por el supuesto peligro bolchevique”. ¿Amor a la religión católica? No solo lo tenían los militares. También los republicanos, pero no era la religión como tal lo que estaba en juego.

Otras citas importantes,  p. 46, carecen igualmente de fuente: “se hizo una constitución que invita a la guerra civil” (afirma que fue de Alcalá-Zamora: ¿en qué contexto?, porque está demostrado que fiarse en algunos aspectos básicos de las memorias del expresidente es asomarse al vacío). Esta debió de ser post 36. Claro que escribir sobre el pasado es más fácil que anticiparlo, por ejemplo, en 1931. ¿La valoró así Don Niceto entonces?. ¿Dónde? ¿Cuándo?

De toda esta parte dedicada a la República destaco simplemente una nota que servidor ignoraba: la decisión de su abuelo (p. 42) de no aceptar la Subsecretaría del Ministerio de la Guerra que le ofreció Azaña y preferir pasar a la reserva. Es una noción que le honra. Mejor estar fuera que ser “cómplice” desde dentro. ¿Significación histórica? Limitada.

Tampoco sabía, aunque no me extraña lo más mínimo, que algunas reuniones de la UME contaron con la presencia de su ilustre antepasado (p. 57). ¿Consecuencias que de ello extrae el nieto? Ninguna. Lo explicaré a los amable lectores: implican que el general Dávila Arrondo estuvo al corriente de lo que se tramaba y que fue otro conspirador más. No lo afirma servidor por mera aplicación de la lógica. Lo recoge el apunte biográfico hecho por otro príncipe de la milicia -para mí un historiador tampoco muy fiable- como fue el general José María Gárate Córdoba, en el DBE de la RHA.

Lo que el nieto no aclara, y esto sí habría sido potencialmente interesante en el plano histórico, es en qué consistió la participación del abuelo de cara al golpe. En un libro basado en sus papeles no sería un tema de escasa entidad.   ¿Carece de ellos? ¿Hay motivos, quizá,  para  sonrojarse? ¿O escribió como Mola, Franco, Cabanellas etc para defender sus actuaciones? En tal caso, ¿cómo?.

En esta serie de posts, no extrañará a los lectores que lo que más me haya interesado sean las referencias que el general Dávila Álvarez hace a la ayuda fascista antes del golpe (él utiliza un término con recias evocaciones: Alzamiento). Ya en 2013 empecé a documentarla y descubrí que su plasmación definitiva data del 1º de julio de 1936. ¿Se ha enterado siete u ocho años más tarde tan distinguido autor? NO (pp. 50s y 57). ¿Dice algo nuevo? NO. ¿Intenta refutarlo? NO. Lo históricamente interesante es si un general monárquico, su abuelo, en contacto con otros conspiradores militares también monárquicos, la ignoró o si participó del conocimiento.

El general Dávila Álvarez dedica, ¡cómo no!, un capítulo, el 8, a las reuniones en Italia de los futuros salvadores de la PATRIA. ¿Fuentes? Las clásicas, y hoy totalmente devaluadas, pero que toma como palabra de Evangelio. No sin acudir al apoyo de un compañero suyo que ya ha aparecido en esta serie: el también general Don Manuel Chamorro. ¿Resultado? Nuestro estimado autor no escribe historia. Revive cuentos o, mejor dicho, camelos que no pasan la prueba de fuego de la confrontación con las evidencias. Eso sí: Es tajante al afirmar “en la preparación del Alzamiento no se había contado con ninguna ayuda extranjera” (p. 127). (Las negritas son mías sustitutivas de una pequeña carcajada). Es decir, fue obra única y exclusiva de soldados españoles curtidos en mil batallas contra los enemigos de la PATRIA, sobre todo en el interior. También en el exterior, pero en las interminables campañas para dominar a unas cabilas en un territorio de más o menos la extensión de la provincia de Badajoz. La patraña, que he subrayado en negritas, se lanzó en 1936 y, como los amables lectores comprobarán, todavía subsiste.

El capítulo 9 se dedica a la revolución de octubre. Algo que se ha estudiado exhaustivamente, por activa y por pasiva, por perfecto, por imperfecto y por pluscuamperfecto. Para el autor fue una guerra preventiva acometida por el EJERCITO ROJO. Y se queda tan tranquilo.  Claro que entre sus fuentes figura uno de los grandes nombres del periodismo en la época franquista, entonces muy conocido y hoy con razón olvidado: Emilio Romero (p. 66).

¿Y la conspiración? Asunto de generales. ¿Los civiles? No aparecen. Eso sí, da un pequeño zarpazo, típico: el general Miaja y el comandante Vicente Rojo pertenecieron a la UME. Lo ocultaron después y destruyeron sus fichas. ¿De dónde se lo habrá sacado?, porque lo cierto es que los republicanos lo sabían, antes del golpe, y lo siguieron sabiendo después del mismo (p.  69).Al autor no se le ocurre pensar por qué razones permanecieron fieles a su honor militar y no como otros que lo pisotearon. [Mi crítica es limitada, porque el señor general no se ha molestado en consultar la relación parcial que de la UME figura en los archivos de Ávila y en donde se encuentran los nombres de ambos].

Tampoco parece que los haya visitado. Al parecer, como evidencias primarias solo ha visto los papeles del abuelo porque gran parte de la bibliografía que cita, muy selectiva, sirve simplemente de cobertura. Tampoco crea el lector que la ha absorbido. Además, los trabajos fundamentales de Eduardo González Calleja y colaboradores y Angel Luis López-Villaverde, por poner ejemplos recientes, brillan por su ausencia. Eso sí, no faltan las de una docena de propagandistas de la fé franquista.

En una palabra: la “representación” del pasado que tiene el general Dávila Álvarez es algo más que objetable porque no refleja mínimamente las  ancladas en evidencias primarias de época, dicho esto con perdón a los manes de Heródoto y Tucídides.

(continuará)