Últimas noticias sobre Juan de la Cierva (3/6): con Ciano bajo el sol del fascismo

El tan alabado inventor del autogiro (los íntimos, según su co-conspirador Pedro Sainz Rodríguez, lo llamaban Juanito) cumplió su misión satisfactoriamente. Abordó los distintos temas que interesaban a Mola y Franco por orden y de forma comprensiva. Con todo, hay que tener en cuenta que la organización de la ayuda fascista a los sublevados había adquirido caracteres en los que quizá no se hubiera meditado lo suficiente en las altas esferas del poder fascista. El aterrizaje forzoso de dos aviones en el Protectorado francés de Marruecos suministró elementos claves a los italianos para abordar una nueva reflexión siquiera en términos operativos. En segundo lugar, la organización tuvo que hacer frente a otros aspectos que no eran solo el suministro de armas y municiones. No extrañará, pues, que el probo, activo y eficaz agente Juan de la Cierva elevase sus propias consideraciones a la Superioridad. 

Los detalles ambientales los abordó en su nota. Se refirieron a la cordial recepción que le deparó Ciano y al interés que encontró entre los dirigentes fascistas por conocer sus impresiones sobre la situación. Juan de la Cierva expuso lo que pensaba, según escribió, o lo que según su leal saber y entender más convenía a las circunstancias: la victoria no ofrecía dudas, caso de contar con las ayudas de material que Italia proporcionase. En esto remachó lo sugerido por la misión Sainz Rodríguez-Goicoechea. El primero se deshizo en elogios del ingeniero, ocultando todo lo que pudo sobre él, en su famoso, pero despistante, libro de memorias Testimonio (p.109), y con él, durante su gestión con el Gobierno italiano. Simplemente escribió que una de las personas que acompañaban a Magaz y que estuvo en Roma “durante algún tiempo”, fue Juanito de la Cierva. Es decir, probablemente sin conocer el informe que comentamos, Sainz Rodríguez coincidió con él en lo esencial.

Al ingeniero la respuesta que le dio Ciano fue inmediata: la Italia fascista haría todo lo que fuese necesario. Le suministró cifras. Hasta entonces se habían enviado 12 SM (tres de los cuales se habían perdido en el camino); 12 cazas Fiat, llegados a Melilla; 9 más que irían a Pontevedra o Vigo (sic); 5 carros de asalto y 20.000 caretas. Municiones, gasolina, etc. Se había requisado un barco español, el Ebro, y se le había cambiado de nombre, aspecto, tripulación y bandera.

[Nota: Esto es constatable gracias al Testimonio de Sainz Rodríguez, p.235. Se hizo a través del cónsul en Génova, el conde de Bulmes, un personaje desaparecido entre los pliegues del pasado, pero del que se habló en el libro que dirigí titulado Al servicio de la República. Diplomáticos y guerra civil, Marcial Pons, 2010. Entre ambos arreglaron la cuestión con el capitán. El barco se rebautizó como Aniene, uno de los ríos más pequeños de Italia, según dicho conspirador. Wikipedia le da 108 km de longitud].

Juan de la Cierva, que debía de tener algún contacto con los sublevados, posiblemente mediante la ayuda italiana, como había ocurrido con Bolín, explicó que Franco deseaba recibir aparatos de bombardeo ligeros y de acompañamiento

Otros barcos italianos habían zarpado también rumbo a Melilla. Todo ello se comunicó a Juan de la Cierva antes de su regreso a Londres y solo puede entenderse como indicaciones que él tomó posiblemente a toda prisa y que incluyó en su informe, fechado el 26 de agosto. Es decir, tras reflexionar (o de consignar para la Historia y la inmortalidad) los resultados de su viaje a Roma.

Dio también algún detalle más sabrosillo. Los italianos tenían preparados 9 SM, ya pintados con los nuevos colores españoles. Se habían retrasado porque no se quería correr el riesgo de perder alguno sobre territorio francés. [¿Denota esto falta de confianza en las máquinas o en los pilotos?] El mando fascista esperaba poder tener arreglado en breve plazo el aeródromo de Palma de Mallorca, cargar gasolina y continuar los vuelos a Burgos.

Juan de la Cierva, que debía de tener algún contacto con los sublevados, posiblemente mediante la ayuda italiana, como había ocurrido con Bolín, explicó que Franco deseaba recibir aparatos de bombardeo ligeros y de acompañamiento. Ahora bien, los fascistas preferían enviar trimotores dado su mayor radio de acción. Juan de la Cierva insistió. Ciano le prometió examinar la cuestión.

A Magaz le comunicó Juan de la Cierva otros detalles sobre el material que se había destinado a Mallorca. Tres hidroaviones (¿los contratados con Sainz Rodríguez?) más seis cazas y de 3 a 6 trimotores, amén de baterías antiaéreas. Le informó de que Ciano tenía mucho interés en que Mallorca se convirtiera en una base aérea para atacar Levante, Barcelona, Valencia, etc. Como así ocurrió más tarde. Estaba en la lógica de los planteamientos estratégicos que el fascismo había ido concibiendo desde que en 1934 Mussolini prometió ayuda a carlistas y monárquicos y que, probablemente, se habían ido refinando en algún oscuro despacho. Tal vez, mientras, la eterna aspirante a potencia europea siguió masacrando a los abisinios, víctimas de los designios de los nuevos dueños de la Roma imperial revivida.

Dada la importancia estratégica ulterior de la isla durante la guerra civil, no estará de más reproducir aquí la referencia a la misma textualmente. Juan de la Cierva escribió: “Parece ser que los delegados mallorquines (…) se han quejado del mando militar de allí y en vista de eso les mandan un experto fascista que aconsejará y vigorizará la acción contra los rojos. El ministro me dijo que esa persona tiene gran experiencia en luchar contra el comunismo”.

Se trataba, no se ocultará al lector, de un fascista que ha pasado con ignominia a la historia de la guerra civil: Arconovaldo Bonaccorsi. Llegó a Mallorca el 25 de agosto. Su gestión fue dramática. Quizá a los “comunistas” mallorquines los trató más duramente que lo que habían hecho los militares levantados en armas.

Juan de la Cierva, puntilloso, recogió otros detalles. Se estaba instalando una estación de radio de onda corta en un yate español anclado en el Tíber con el fin de comunicar directamente con Burgos y Sevilla. Sugirió que el “enemigo” —es decir, los pobres y desvencijados republicanos— pudieran recibir gases (¿de quién?) y que había que estar preparados para el caso. Ciano se declaró dispuesto a suministrar tales productos (ya experimentados con gran éxito en Etiopía), pero “bajo promesa solemne de no utilizarlos sino en caso de que el enemigo los utilice primero”. Un Ciano con experiencia militar y muy considerado.

Surgió la cuestión de los pagos. Juan de la Cierva explicó el sacrificio inmenso que representaba el allegar divisas extranjeras. Era verdad. Los contratos con la SIAI los había cubierto la generosidad de Juan March, pero ¿sería suficiente a medio plazo? Ciano, extrañado, preguntó a su jefe de gabinete, también presente.

“¿Qué es eso de dinero? ¿Qué dinero se ha pedido?”. La respuesta fue que un depósito de 5,5 millones de liras. Ciano interrumpió y exclamó: “Pas un seul mot de plus sur des questions d’argent. Après la victoire on en parlera, pas maintenant”.

Esta afirmación se me grabó en la memoria hasta el punto que en un momento me confundí con el tocateja de los primeros envíos. En todo caso, con tal nota amable concluyó la entrevista. Es imposible saber por qué el ingeniero la incluyó en (correcto) francés. Quizá pensó que Mola y Franco (hombres leídos e instruidos) no necesitaban traducción. 

Supongo que Juan de la Cierva llevaba instrucciones precisas para que señalara a Ciano lo que sigue: lo primero, la llegada de Magaz, y lo segundo que Sainz Rodríguez volvería a España. En la retaguardia de los frentes sus talentos políticos eran más necesarios que en Roma. El ingeniero le explicó que, puesto que Magaz iba a ocuparse de las cuestiones políticas con Italia y Muguiro, este último a sus órdenes, de los pedidos, creía que, habiendo terminado su labor con gran éxito, debía volver a España.

Sainz Rodríguez regresó, pero no mencionó jamás a Muguiro, si bien se deshizo en detalles de sus conversaciones con Ciano, se autoproclamó como el factótum que teledirigió la ayuda de Italia a los sublevados y que tardó bastante en regresar a la naciente España “nacional”. Por si las moscas, consignó en su Testimonio que no creía que del detalle de sus conversaciones quedara constancia en los archivos romanos. Es posible, pero servidor ya no se preocupó de seguir en ellos la pista abierta por tan exitoso conspirador.

Juan de la Cierva destacó, eso sí, noblesse oblige, que De Peppo “me hizo grandes elogios de la labor del Sr. Sainz Rodríguez. Urrutia dice que llevará y entregará en Burgos el aeroplano Beechcraft que compró para facilitar sus desplazamientos con parte del millón de francos que un patriota anónimo le entregó para compras y labor. La mitad de esa suma se empleó en Alemania por el marqués de las Marismas, y el resto, menos el coste de aeroplano y gastos lo remitiré a la cuenta de A. O. Tinckler” [que utilizaban los conspiradores para sus transferencias en moneda extranjera].

De notar es que, en sus más que fantasiosos recuerdos, el entonces marqués de las Marismas, y luego de Valdeiglesias, no dijo la menor palabra del tema. Presentó la respuesta de Mussolini y de Hitler a la sublevación española como algo que realmente no esperaban y que fue necesario insistir mucho para que se decidieran; que lo hicieron solo por la amenaza comunista que pendía sobre la desgraciada España, etc. De notar es que el señor marqués se convirtió después en un franquista convencido y que, al parecer, intermedió tanto con los representantes del Tercer Reich asentados en España que estos hicieron de él uno de sus principales testaferros de cara a la derrota. Lo ha señalado entre otros Carlos Collado Seidel. Ni la guerra civil ni la mundial le vinieron mal.

(Continuará)

Aquí se puede leer el anterior artículo de esta serie sobre Juan de la Cierva.

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Ángel Viñas es coautor con Francisco Espinosa y Guillermo Portilla de ‘Castigar a los rojos’ ypublicará en enero ‘Oro, guerra, diplomacia. La República española en el tiempo de Stalin’ (también en CRITICA).

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