Libertad de expresión, autoridad y mando

Con la pandemia encima y Filomena debajo, aquí tras la escena del Capitolio y de algunos de nuestro políticos empuñando  la pala de nieve, los “retirados”, los ‘militares retirados” o los “ex militares”, o como cada uno entienda o crea o quiera llamar a su actual situación administrativa de inactividad, con sus específicas y propias inquietudes o preocupaciones que sirven de identidad como grupo, gremio, o actividad profesional, seguimos desde las “cartas colectivas” de adhesiones innecesarias de finalidad borrosa, o desde las redes sociales cerradas impenetrables para intrusos, hasta las ya numerosas actuaciones públicas individuales, siempre de carácter político, que ante todo desestabilizan al gentío y dividen y producen la mala querencia entre amplios sectores de los compatriotas españoles.

Y lo llamativo es que en un abrir y cerrar de ojos, al llegar a los 65, los protagonistas están pasando del silencio neutral y lealtad institucional, al desmadre verbal y  la crítica desbocada a toda actividad de los Poderes públicos que no armonicen con sus deseos o legítimas convicciones. Lo más llamativo e inútil es que con la libertad de expresión se está abusando de la descalificación o incluso injuria expresa o tácita, dejando de lado, en algunos casos, la estricta argumentación deseable, y el razonamiento lógico que siempre acaban estando ausentes en esos monólogos o locuciones emitidos  dentro de una “campana de cristal” como aislante social lejano y ajeno a la verdad real.

No pueden ser tomados con seriedad los comentarios, opiniones o entrevistas donde bajo el amparo de esa libertad de expresión como militar retirado, se añade el empleo ostentado y la  supuesta y personal cualidad de “militar que nunca se ha dejado de serlo”, como íntima convicción, y el añadido énfasis con que se pretende maquillar y dotar de autoridad  al mensaje, dicho sea siempre que el fondo del asunto sea ideológico o partidario.

No es que sea necesario que los “altos” mandos militares en retiro, deban hacer llegar a algún sector de población sus propias opiniones por muchos antiguos seguidores que les aplaudan y les apoyen en lo dicho, o lo serían tan necesarias como las de otros servidores públicos también de brillante expediente profesional, o como las de cualquier español de a pie.

No puede dejarse a un lado la diferencia entre Mando y Autoridad porque si bien lo ideal es que esas facultades vayan unidas, no siempre es así. Si algún militar retirado se proclama o publica una opinión o idea personal  a través de su blog, que ya lo tienen muchos, lo hace amparándose en el “escudo” del mando que se ostentó dentro del ámbito castrense, hoy ya decaído, así como del empleo jerárquico alcanzado, pero no en todo caso con el carisma, sabiduría y solvencia del que posee Autoridad moral y política. Quiere decirse que no tiene limitada ni se niega su libertad de expresión, pero sí que es notorio su escaso nivel de influencia en la creación de opinión fuera de sus adictos o seguidores.

El caso es distinto cuando las opiniones o textos se hacen en grupo y se remiten como tales militares “que fueron” pero que todavía “sienten “que lo son, y recurren a tal petición masiva, según lista ordenada por empleos de mayor a menor grado que se especifican literalmente y se dirigen a un Superior como si lo hicieran en uso del conducto reglamentario a que aluden las Ordenanzas. No es aceptable y sí confusa la inclusión o mezcla del derecho fundamental de libertad de expresión con aquel otro limitado de la propia Institución Militar en su misión activa diaria; y se debe entender que todo ello debe ser coherente con la debida honestidad intelectual que ha de presidir todas estas cuestiones. Y es que es un tema muy delicado que no siempre la Sociedad civil sabe destilar y valorar en su justo valor.

Tales manifestaciones no pueden llevar a resultados que no propicien el bien o interés general, sino que polarizan y deshacen la unión nacional en beneficio de actitudes insolidarias o cuando menos partidistas, ideológicas o sectarias, de las que los españoles somos expertos nada más levantar la primera página de cualquier libro de Historia.

En los países de nuestro entorno no ocurren estas cosas y las causas de esa diferencia están en la mente de muchos españoles, pero no es momento de extenderse en su exposición.

Es aún peor cuando la razón que se esgrime como  piedra angular que sustenta la certeza y veracidad del que habla o escribe, es aquella de su pertenencia y la de los receptores al mismo grupo profesional, con lo que indefectiblemente es el sentimiento “corporativo” el que otorga la carta de inmunidad ante cualquier contradicción.  Si es la opinión o versión de un compañero  puede ocurrir que cualquier otra consideración sea lanzada al silencio y olvido, y ello sin entrar a reflexionar el tema del compañerismo y corporativismo, en sí mismos conceptos muy diferentes en su sentido y alcance.

En conclusión, es patente que llevar así la gestión de estas cuestiones no lleva sino a la división y distanciamiento de imposible marcha atrás.  Lleva a la esterilidad y pérdida de la energía nacional, tan necesaria para la España de hoy.

José Moreno Gutiérrez ( 12/01/2021), Coronel (r) y Abogado(j)