La Primavera 2011 y el Hirak 2019

 En 2011 y a partir del 17 de diciembre de 2010, día en que Mohamed Buazizi se inmoló a lo bonzo en Sidi Buzid (Túnez, 250 km. en el interior del país), vimos asistir al mundo árabe a un nuevo episodio de las cíclicas “revueltas del pan”, que esta vez, debido a su alta politización inicial en demanda de democracia y libertades, junto a las clásicas reivindicaciones sociales, se le acabó llamando ingenuamente “la primavera árabe”. Unas revueltas/primavera que, en realidad, condujeron a algunas “revoluciones”, en el sentido de que supusieron auténticos cambios de régimen (Túnez, Libia, Egipto, Yemen, etcétera); a algunos “toques de aviso”, que implicaron moderadas reformas apaciguadoras (Argelia, Marruecos, Jordania, etcétera); e incluso a guerras civiles (Siria, Yemen, Libia, etcétera).

Todos fueron procesos diferenciables en sus formas de originarse, en su tipo de protagonistas, en su evolución y en sus resultados, pero con, también, algunas características comunes (reivindicaciones políticas, uso masivo de redes sociales, alto protagonismo juvenil, etcétera) y una causalidad muy generalizada: entre los años 2002 y 2008 y como consecuencia de una importante alza de los precios de los hidrocarburos, la generalidad de los países árabes (productores y no productores de hidrocarburos, por repercusión de los primeros en los segundos) experimentaron fuertes crecimientos de sus PIB y de sus rentas per capita. Todo se vino abajo con la crisis económico-financiera iniciada a finales de 2008, añadiéndose al deterioro social que los ajustes estructurales (neoliberalización), preconizados por el FMI, llevaba produciendo desde unos cuantos años antes1.

A todo lo cual, se unió el alarmante incremento de los precios de los alimentos básicos, que también se produce a partir de 2008 (“cesta de la compra”, que , por ejemplo, en Túnez, se cuadriplicó entre 2008 y 20112). Entre otras razones debido a la especulación de los mercados de futuro de los alimentos básicos, con epicentro en Chicago, dominados por grandes multinacionales y fondos de inversión (“fondos buitre”)3.

Las consecuencias de todo ello fueron, como no podía ser de otra manera, más desempleo y subempleo, más miseria y precariedad y la evolución de una crisis económica en una político-social fallida: la primavera. En una “revuelta del pan” más, pero en unos países donde ya la educación, mejor o peor, era universal y mayoritariamente gratuita y donde el porcentaje de licenciados universitarios se acercaba a estándares occidentales. Donde ya se habían universalizado la televisión (por cable), internet, los móviles, las redes sociales, etcétera, es decir, el contacto con y el conocimiento del mundo exterior, permitiendo una capacidad de relación, convocatoria y coordinación clandestina o semiclandestina que empezaba a superar la capacidad de represión preventiva.

Todo un conjunto (resumido) de causas, y causantes, y de consecuencias, que ya indujeron a pensar, en su momento, si los intentos de solución no deberían apuntar a algo más lejano, complicado e internacionalmente estructural que la mera y necesaria sustitución de autócratas por autoridades elegidas electoralmente.

Hoy, una década después, volvemos a asistir a algo que podría ser muy parecido. Masivas, importantes y significativas manifestaciones populares se están sucediendo en diferentes países árabes: en Argelia y Sudán desde febrero de 2019, en Egipto desde septiembre, en Irak, Líbano y Etiopía, desde octubre. Todas claman contra la corrupción, el autoritarismo, la represión, la falta de libertades y la carencia de transparencia de los poderes e instituciones públicas. Con similitud de consignas en todas partes, en 2011 y en 2019: “Régimen [no sólo Gobierno] vete”, “No nos representan”, “La riqueza nacional no se malvende”, “No se toca la soberanía nacional”, “Acabemos con la venta del país a las multinacionales extranjeras”, “Silmia, silmia (pacífica, pacífica)”, etcétera. En Irak ha empezado, incluso, la nostalgia por los tiempos de Sadam Hussein, también entre los jóvenes que no los conocieron4. En Marruecos, las protestas y disturbios no han tenido tanto carácter “nacional”, sino más local, desperdigado y anterior: en el Rif desde octubre de 2016, en la semidesértica provincia de Zagora desde noviembre de 2017, en la región minera de Yerada desde diciembre de 2017 ….. y aún continúan. Todo bajo una mirada internacional que sigue interesadamente el lema de “ni injerencia ni interferencia”.

Masivas manifestaciones que han ido consiguiendo poco a poco, en algunos casos, importantes éxitos: el presidente argelino Buteflika tuvo que renunciar a presentarse a su quinto mandato presidencial el 15 de marzo de 2019 y apenas quince días después (2 de abril) dimite como presidente5. El 11 de abril, nueve días tras la caída de Buteflika en Argelia, el presidente sudanés Omar al-Bashir era depuesto por las Fuerzas Armadas sudanesas y confinado en arresto domiciliario. El 29 de octubre de 2019 es el primer ministro libanés Saad Hariri, quien se ve forzado a presentar su renuncia6. Y el 1 de diciembre de 2019 es el primer ministro iraquí Adel Abdel Mahdi, quien debe abandonar el cargo. Caen personas, caras y cabezas visibles, pero lo que los manifestantes están demandando no es sólo eso, es que caigan los correspondientes regímenes (“Régimen [no sólo Gobierno] vete”), por lo que las manifestaciones y la revueltas continúan.

Porque, como en 2011, estas revueltas “políticas”, que ahora empiezan a conocerse como “hirak”, palabra que pusieron de moda los manifestantes marroquíes del Rif en sus protestas de finales de 2016 y 2017, coinciden con una importante caída de los precios de los hidrocarburos desde 2014/2016 y sus consiguientes deterioro económico e imbricación entre poder y negocios. En general, con las consiguientes diferencias entre países y momentos, la emigración vuelve a agudizarse, los programas de asistencia social y los servicios públicos se van convirtiendo en cada vez más ineficientes (International Crisis Group dixit), la inflación (en Sudán van por el 70%, lo que supone un incremento del 300% en el precio del pan) y el paro (incluso en Irak, donde hay 83.000 empleados extranjeros contratados) han crecido, las subidas de impuestos (incluidos los que gravan a los más pobres) se han generalizado. Además, todo parece querer solucionarse con privatizaciones, según la vieja receta del FMI, del Banco Mundial y de la OMC.

Como acertadamente nos ilustran Lounés Guemache, director del sitio digital TSA, el más leído de Argelia: ”Las cifras económicas van mal y la gente está perdiendo el miedo al régimen porque hay más miedo al hambre y a la miseria”7, o la antropóloga libanesa Diana al-Rachini: “[la gente está] harta de la clase política debido a la deteriorada situación socio-económica8, es muy posible que estemos ante una nueva de las cíclicas “revueltas del pan” del mundo árabe, ahora a estilo siglo XXI, es decir, reivindicando –y admitiendo en consecuencia su mutua imbricación y dependencia– a la vez la reforma política y la económica,

Parece que la primavera no acaba de entrar. Se podría ironizar y decir que es una consecuencia más del cambio climático, que adelanta, retrasa y altera fenómenos meteorológicos y estaciones, pero quizás sólo sea consecuencia del no-cambio estructural de financiarización, acumulación y concentración que llevamos sufriendo desde hace tanto tiempo y en el que el bienestar (versión actual de la fraternidad revolucionaria francesa) se considera solamente dependiente del aumento de pequeños pasos de libertad a cambio de frenazos y paradas de la igualdad.

Todo lo cual parece que permite preguntarse si de las consecuencias de la crisis socio-política del mundo árabe (la primavera) iniciada en 2011: revoluciones fracasadas (excepto en Túnez), nuevas dictaduras (Egipto), guerras civiles (Siria, Yemen, Libia, etcétera), y del conocimiento o sospecha de sus posibles causas, y causantes, se ha obtenido alguna enseñanza que sirva para algo más que para tener que lamentar de nuevo disturbios, inestabilidad y desesperanza de poblaciones enteras.

Sin olvidar que España está a 14 km. de Marruecos y a 300 km. de Argelia, de quienes dependen en gran medida nuestras importaciones y exportaciones y nuestro comercio y, quizás, algo de nuestra seguridad. A pesar de lo cual, nuestro Gobierno en funciones ha sido el único europeo que ha defendido en público, y antes de que se celebraran, las contestadas popularmente elecciones presidenciales del pasado 12 de diciembre en Argelia y una vez celebradas, con bajísima participación ciudadana, el primero que se apresuró a felicitar al nuevo, y popularmente rechazado, presidente Tebún9.

Enrique Vega Fernández

Coronel de Infantería (retirado)

1Collado, José, El Mediterráneo: cruce de intereses estratégicos, Monografía CESEDEN nº 118, marzo 2011, pp. 152-154.

2Bassets, Luis, El año de la revolución, Taurus, 2012, pp. 336 y 337.

3Krugman, Paul, Sequías, inundaciones y alimentos, El País, 13 de febrero de 2011.

4 Ángeles Espinosa, El País, 31 de octubre de 2019

5Su sucesor, Abdel Majid Tebún, elegido el 12 de diciembre de 2019, es tan rechazado por el hirak como su antecesor Buteflika.

6Igualmente, su sucesor, Hassan Diab, designado el 19 de diciembre de 2019, es tan rechazado por los manifestantes como su antecesor Hariri.

7Francisco Peregil, El País, 22 de febrero de 2019

8Andrea Olea, Público, 21 de octubre de 2019

9Francisco Perejil, El país, 20 de diciembre de 2019