Explotación, desigualdad y migración

 

Cada año, miles de personas mueren intentando atravesar fronteras para escapar del hambre, la pobreza y la guerra. Entre ellas hay también numerosas niñas y niños. Mueren en el mar, en rutas desérticas, en las fronteras militarizadas o durante largos trayectos en los que quedan expuestos al hambre, la sed, las enfermedades y la violencia. Es necesario situar estas muertes en el entramado de las relaciones económicas y sociales que producen simultáneamente riqueza en unos territorios y pobreza, dependencia y precariedad en otros.

Actualmente la  renta per cápita de España es casi 10 veces superior a la renta per cápita de Marruecos. Esta desigualdad no constituye simplemente una diferencia natural de recursos, de productividad o de capacidad de sus habitantes. Es, en buena medida, el resultado de un proceso histórico de colonialismo, esclavitud, apropiación de recursos, intercambio desigual y dominación política. El Estado español no abolió la esclavitud en sus colonias hasta finales del siglo XIX.

La acumulación capitalista consiste en transformar el trabajo humano y los medios de producción en fuentes de valorización del capital. Cuando este proceso se desarrolla a escala mundial, el capital busca constantemente territorios donde pueda obtener mayores beneficios: materias primas más baratas, fuerza de trabajo de menor coste, nuevos mercados y condiciones favorables para la inversión. De este modo se establece una división internacional del trabajo en la que las distintas economías ocupan posiciones desiguales.

Tras la descolonización política, muchas de las relaciones de explotación económicas no desaparecieron. Cambiaron de forma. Una parte importante de los países continuó dependiendo de la exportación de productos primarios, mientras importaba bienes industriales y tecnológicos de mayor valor añadido. Esta estructura generó una relación desigual entre las economías. Los países que controlan tecnologías, capital financiero, patentes, infraestructuras logísticas y grandes empresas transnacionales pueden apropiarse de una parte considerable del valor generado a lo largo de las cadenas internacionales de producción.

Una contradicción mortal

El capital y las mercancías pueden atravesar las fronteras con relativa facilidad, mientras que las personas que venden su fuerza de trabajo encuentran fronteras cada vez más restrictivas. El trabajador migrante, sin embargo, forma parte de la misma economía mundial que ha contribuido a generar las desigualdades que impulsan su desplazamiento. Se demanda su trabajo en sectores como la agricultura, la construcción, la hostelería, los cuidados o la logística, pero al mismo tiempo se dificulta su entrada regular o se mantiene a una parte de estos trabajadores en una situación jurídica vulnerable, es decir irregular, lo que facilita su explotación en condiciones infrahumanas. 

Por ejemplo, antes del proceso de regularización extraordinaria del Gobierno de coalición progresista en 2026, en la agricultura intensiva de invernaderos del «mar de plástico» almeriense (donde El Ejido es el epicentro), las estimaciones indicaban que alrededor del 30% de los cerca de 100.000 trabajadores agrícolas se encontraban en situación irregular.

Esta contradicción resulta especialmente evidente en los países receptores. Una economía puede necesitar más trabajadores y, simultáneamente, presentar la inmigración como un problema fundamentalmente de control fronterizo. Se trata de una contradicción entre las necesidades del proceso de acumulación capitalista y las restricciones políticas impuestas a la movilidad de la fuerza de trabajo.

La cuestión de las muertes en las fronteras aparece entonces bajo su aterradora realidad. Una persona que huye de una guerra o de la pobreza extrema no se desplaza dentro de un vacío histórico. Su decisión está condicionada por unas determinadas relaciones económicas y políticas. Cuando las vías legales de migración son insuficientes, muchas personas recurren a rutas clandestinas y peligrosas. El resultado son naufragios, desapariciones, muertes por deshidratación o accidentes y situaciones de explotación extrema.

La frontera, en este sentido, no elimina la necesidad económica de migrar: modifica las condiciones en las que se produce la migración. Una frontera cerrada puede convertir un desplazamiento potencialmente seguro en un recorrido mortal. Y cuanto mayor es el riesgo, mayor es también el poder de las redes mafiosas que se lucran con la necesidad de quienes intentan cruzarla.

Las guerras añaden otra dimensión. No todas las guerras responden a una misma lógica, pero la economía política resulta indispensable para comprenderlas. Jean Jaurès (1859 – 1914 ), parlamentario socialista asesinado por su oposición a la guerra, advertía en la Asamblea Nacional francesa que el capitalismo lleva en sí la guerra como la nube la tormenta. 

La consecuencia humana de las migraciones es evidente: las poblaciones más pobres disponen de menos recursos para protegerse de las crisis. Una familia burguesa, con pasaporte de la UE y acceso a vías legales, puede abandonar un territorio peligroso en condiciones radicalmente diferentes de las de una familia sin recursos. La desigualdad económica se convierte así también en desigualdad ante la posibilidad de escapar de una guerra, una hambruna o una catástrofe.

Desde este punto de vista, las muertes de migrantes no constituyen un fenómeno separado de la desigualdad mundial. Son uno de sus síntomas más dramáticos. La persona que muere en el mar intentando alcanzar Europa es un trabajador, una familia o un menor situado en una determinada estructura económica mundial.

En vez de ocultar las causas afirmando torticeramente “son invasores” deberíamos preguntarnos ¿qué relaciones económicas hacen que abandonar el propio país aparezca como una alternativa racional frente al hambre, la guerra o la falta de trabajo? 

Desde esta perspectiva, abordar la tragedia de las muertes en las fronteras únicamente mediante mayores controles fronterizos deja intacta una parte esencial de la cuestión. Si las personas siguen teniendo razones económicas o políticas extremadamente poderosas para emigrar, la restricción de las rutas legales no elimina esas causas. Puede, por el contrario, aumentar los riesgos asociados al desplazamiento.

El problema migratorio aparece así como una cuestión inseparable de la estructura del capitalismo mundial: de la distribución desigual del capital, de la división internacional del trabajo, de la historia colonial, de las relaciones entre centro y periferia y de la subordinación de la fuerza de trabajo a las necesidades de la acumulación capitalista. Las muertes de quienes intentan cruzar las fronteras constituyen la expresión más brutal de esa contradicción.

Sin duda, la peor parte se la llevan quienes mueren en el intento; muchas de ellas y ellos jóvenes, incluso menores de edad, como es el caso de los más de 140 muertos a un lado y otro de la frontera en Ceuta. Miles de vidas que se hunden en las costas del Mediterráneo y el Atlántico cada año. Personas que son hijos e hijas de madres y padres que, en demasiadas ocasiones, no tendrán la posibilidad de darles sepultura, y cuyos nombres ni siquiera conocemos.

Mientras exista una enorme diferencia entre las condiciones materiales de vida de unas regiones y otras, y mientras esa diferencia se encuentre vinculada a relaciones económicas internacionales profundamente injustas, millones de personas continuarán teniendo incentivos para desplazarse. La cuestión fundamental, por tanto, no consiste solamente en decidir cómo impedir que crucen las fronteras, sino en comprender por qué esas fronteras separan sociedades con oportunidades vitales tan radicalmente diferentes. Resolver de raíz el problema exige transformar las condiciones económicas y sociales que producen y reproducen esa desigualdad. 

Manuel Ruiz Robles

Capitán de Navio de la Armada (retirado), exmiembro de la UMD.