Entre evangelistas y popes ortodoxos

Publicado en Republica.com

Hace poco tiempo se hizo popular por Internet una fotografía de Trump y su vicepresidente rezando en el despacho de la Casa Blanca, tras una reunión con dirigentes de la Iglesia evangélica.

En esas redes sociales, sin las que parece que la política estadounidense no sabe desenvolverse, uno de los líderes eclesiásticos que acudió a la cita escribió después: “Es un gran honor rezar con POTUS y su VP dentro del Despacho Oval”. Aclaremos que POTUS no es precisamente la palabra latina que significa “ebrio” o “borracho”, aunque en otras ocasiones hubiera podido serlo; son las iniciales en inglés de “Presidente de los Estados Unidos”; VP identifica al Vicepresidente, Mike Pence, que es un miembro activo de los evangelistas.

Se levantó una polémica de raíz religiosa, en la que no fue ajeno el humor que suele abundar en las citadas redes. Alguien aludió a un fragmento evangélico (Mat. 6-7) que dice: “Cuando ores entra en tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre…”, en el que se basaron los reproches generados por la difusión de la citada fotografía. Sugirió que una actualización de los evangelios debería añadir lo siguiente: “…y después de rezar, tuitéalo también”.

Trump recurre a menudo, ante algún problema o catástrofe, a exclamar públicamente “¡Tenemos que rezar…!”, sin especificar a qué ente divino habría que hacerlo y qué dones o mercedes habría que suplicarle. Pero sabe bien -no es tonto- que ese discurso cala positivamente en el atrabiliario y machadiano “macizo de la raza” que domina muchos hogares estadounidenses, donde la Biblia es el único libro que lee la familia (aparte de algún manual sobre el cuidado de las armas de fuego).

Pero si un velo de religión cubre -a menudo de modo hipócrita y ficticio- la vida política estadounidense, basta cruzar el Atlántico para observar lo que puede ocurrir en las tierras rusas. Allí, el pasado 11 de septiembre, dignatarios de la Iglesia ortodoxa decidieron volar sobre la histórica ciudad de Tver rociándola desde el aire con agua bendita.

Aprovechando que ese día se celebraba el “Día de la Sobriedad en todas las Rusias”, un barbudo metropolitano, ayudado por varios popes, vertió 70 litros de agua “para salvar a los ciudadanos de la embriaguez y la fornicación”. Le acompañaban en el vuelo dos venerados iconos: el “Cáliz Inagotable”, del que se afirma que cura el alcoholismo y la drogadicción, y otro de S. Juan Bautista, así como un matrimonio donde el marido había sido curado milagrosamente de su afición a la bebida.

Uno de los sacerdotes explicaba: “Cualquier enfermedad proviene de un virus, y el virus es un demonio. Por eso, toda enfermedad es, en el fondo, una enfermedad espiritual”. Y ante las críticas recibidas respondió: “¿Dónde está la broma? Estamos intentando ayudar a la gente a curarse de las enfermedades. Promovemos frenar el consumo de alcohol y droga y la fornicación. ¿Es esto motivo de regocijo?”.

Motivo de alivio, si no de regocijo, sí puede ser para los habitantes del planeta en el siglo XXI el hecho de que la influencia de lo religioso en lo político produzca ahora situaciones y anécdotas curiosas, desde EE.UU. a Rusia. Lo que contrasta brutalmente con el enorme reguero de sangre que, según muestra la Historia, se ha vertido (y, en menor cuantía, se sigue vertiendo) a lo largo de los siglos en nombre del dios único de cualquiera de las tres “religiones del Libro”.