El Parque de la Memoria de Buenos Aires

Publicado en Laopiniondemurcia.es

Cada muro acoge lo mínimo que puede acoger de quienes han desaparecido: su nombre. En una especie de sepultura simbólica, las placas nominativas no pueden dejar de recordar los infinitos nichos. A lo lejos, es como si uno estuviera en un cementerio concentrado

Hay un muro de las lamentaciones al borde del río de la Plata. Visitarlo es un deber de índole moral. Se llama el Parque de la Memoria, y me siento feliz al conocer lo que me cuenta mi amigo Claudio Ingerflon-Nun, que me llevó hasta allí; a saber, que Angela Merkel vino a este lugar a rendir tributo a las víctimas del terrorismo de Estado bajo la dictadura de Videla y sus adláteres civiles. Un periodista le preguntó con cierta insidia si realmente fueron 30.000 los argentinos y las argentinas que aquí se recuerdan. Merkel, con rotundidad, se negó a cuestionar las cifras, que es el método preferido de los revisionistas de la historia para no centrarse en lo importante, en la villanía mortífera de la máquina criminal que se puso en marcha durante los años de 1974 a 1983.

Como europeo, visito conmovido este promontorio sobre el mismo mar rojizo que un día se tragaba a una generación de jóvenes de este país. Desde el cercano aeropuerto local, las pobres víctimas, traídas de la Escuela Mecánica de la Armada, eran montadas en aviones del Ejército y arrojadas en medio de este golfo inmenso de doscientos kilómetros de agua dulce. El domingo pude leer miles de sus nombres. Están escritos junto a la edad de cada víctima en pequeñas estelas, que se disponen en cuatro extensos muros. También se señala cada una de las muchachas embarazadas que desaparecieron, sin que se sepa si sus hijos no nacidos murieron con ellas o si, ya nacidos, fueron entregados a otras familias. Hoy el movimiento HIJOS forma un banco de ADN de los familiares de esas muchachas, para todos aquellos que sospechen que pudieran estar relacionados con aquellas desdichadas mujeres.

Cada uno de esos muros recoge las víctimas de una época. Los años 1976 y 1977 disponen de un muro cada uno y, cuando se recorren, el visitante se pregunta cómo pudo aquella máquina oprobiosa producir tanta muerte. Tuvo que ser constante, fría, persistente, y albergar la sevicia y la profesionalidad más insensible y monstruosa. No hubo allí pasión, ni sangre caliente, ni ajustes de cuentas, ni asuntos personales. Hubo una meticulosidad en el crimen como sólo el odio ideológico más negro puede explicar. Un odio que se desplegaba con jóvenes de quince años o con mujeres de sesenta. Fue un programa de exterminio. Allí se ven víctimas de todas las procedencias, desde luego, y es frecuente que los mismos apellidos se sigan con la repetición, lo que testimonia que familias enteras fueron eliminadas. Todavía en 1984 aparecen niños de apenas quince años. ¿Qué crimen podrían haber cometido desde un punto de vista forense, cuando la Montonera no podía operar desde diez años atrás, cuando esa víctima apenas contaría cinco años?

Cada muro acoge lo mínimo que puede acoger de quienes han desaparecido: su nombre. En una especie de sepultura simbólica, las placas nominativas no pueden dejar de recordar los infinitos nichos. A lo lejos, es como si uno estuviera en un cementerio concentrado. El lenguaje simbólico es muy reducido y por eso recordamos el bosque de oscuras tumbas del monumento al Holocausto en Berlín. En Buenos Aires, como allí, una geometría ordenada sobre la repetición recuerda la muerte tecnificada que produce el poder total. Si cada uno de aquellos seres humanos murió sin sepultura en medio del horror, al menos este memorial le ofrece el reconocimiento de su existencia rota.

No es una ‘huaca’, ese ritual de las culturas andinas que recompone la relación del organismo humano con el cosmos y con la propia comunidad, que subraya la naturalidad de la muerte. Ese ritual se disloca aquí, como recuerda una composición escultórica de Germán Botero. Pero el monumento compone una voluntad política de no dejar en el olvido estas víctimas puras, por cuanto que no fueron juzgadas ni nadie examinó sus cargos. Y uno se pregunta cuál pudo ser el delito de un Pablo Miguez, un joven adolescente de 14 años, cuyo retrato aparece y desaparece en la composición de prismas de Nicolás Guagnini. Y de eso se trata, de hacer que los desaparecidos aparezcan aunque sea mediante la ráfaga más sutil de su cuerpo, las letras que un día formaron su nombre y dieron voz a su vida.

En realidad, solo el azar reveló el conocimiento de estas prácticas mortíferas. El río, que se negó a ser cómplice de la ignominia del crimen, entregaba de nuevo los cadáveres a la playa en el lado uruguayo. De muchas víctimas se supo por esta obstinación del río de no ocultar el crimen. Luego se tomaron medidas adicionales para que lo siniestro no emergiera. En esta esquina de la muerte, todavía muchas estelas vacías esperan su nombre. Sin embargo, esta dimensión siniestra de la realidad debe emerger para que no todo se resuelva en palabras, abstracciones, números, todas esas cosas que elevamos a cómplices de la indiferencia. Y Argentina es un pueblo diferente desde que sentó en el banquillo a los culpables de este crimen horrendo y desde que puso dos líneas rojas: a la izquierda, no traspasar la lucha democrática; a las fuerzas oscuras del país, la convicción de que el pueblo juzgará el terror del Estado.

Se juzgue como se juzgue su mandato, Néstor Kirchner contribuyó de forma notable a la formación de ese nuevo sentido político del pueblo argentino cuando, dando un discurso en una instalación militar del Estado Mayor, interrumpió sus palabras al percibir que junto a otros presidentes argentinos estaba la foto del dictador Videla. Entonces, tras un breve silencio, ordenó al jefe superior en la sala que descolgara el retrato del hombre que fue el máximo responsable de aquel crimen de Estado. Ese hombre no podía compartir el honor de los demás presidentes. Y en efecto, el alto mando, subido a una improvisada escalera, tuvo que descolgar el retrato. Solo uno de los presentes abandonó la sala. Era el hijo del dictador Videla. Esta anécdota conmovió al país y dio cierta verdad a lo que Kirchner había anunciado el día de su toma de posesión: que no perdería sus principios por los pasillos de la Casa Rosada.

He dicho que como europeo he visitado este lugar, no como español, y lo hago con plena consciencia para no aumentar mi sentimiento de vergüenza. ¿Por qué España no ha podido hacer nada parecido a esto con sus muertos de la Guerra Civil y con las víctimas de la violencia de Estado de la posguerra? No tenemos la Patagonia para extraer las miles de estelas de pórfido, pero seguro que en Guadarrama hay granito suficiente para recordar los nombres de todos los que han quedado perdidos en las cunetas. Se trata del mínimo simbolismo a nuestro alcance para regresar a nuestra comunidad a todos los desaparecidos y asesinados. No hay otra forma de expresar la firme resolución de no repetir la barbarie. Mostrar la consecuencia de nuestros actos de manera visible y reconocerla de forma objetiva es el único obstáculo real para detener la fuga de radicalidad que el odio emprende cuando se entrega a abstracciones.

Pero aquí preferimos no enfrentarnos a los hechos objetivos para entregarnos al blablablá, desvinculado de toda realidad. Y en la semana en la que Franco ha sido enterrado en una tumba familiar, hemos tenido que hacer bien visible que ni siquiera para este hecho elemental tenemos herramientas culturales suficientes como para llegar a un acuerdo. Esta vergüenza nacional nos prepara para el hecho bien sencillo de que no pasaremos de hablar de Franco, ni llegaremos a plantearnos de manera civilizada la manera de cumplir con el deber moral de rendirnos respeto a nosotros mismos como pueblo. Y por eso, cuando el amigo Ingerflon-Nun me presenta a otros paisanos que vienen de Rosario a ver el monumento, les dice «aquí un europeo». Así no tengo que responder a la pregunta: y vosotros, españoles, ¿qué habéis hecho con las víctimas del Estado durante la dictadura de Franco?