El general Francisco Franco y su curiosa hoja de servicios (X)

 

El joven teniente/capitán en una obra reciente

En el post anterior me detuve en la referencia a uno de los libros consultados por el general Fontenla. Es muy significativo. La idea a la que quiero llegar es que, sorprendentemente para el lector de buena fé que se haya visto interesado por la introducción hecha en las primeras páginas de su obra, no hay en ella, en contra de lo que afirma, la menor o más nimia identificación de archivos, papeles públicos o privados, colecciones documentales, etc. Solo utiliza literatura secundaria. Tal vez aparezca alguna fuente primaria en el resto del texto (que no he leído en su totalidad). Extraña, pues, considerablemente que sea este criterio de la no utilización de fuentes primarias uno de los que aduce para descalificar a quienes denomina “seudohistoriadores”. Al contrario, son los seudohistoriadores, en el sentido normal de la palabra (DRAE: seudo: falso), los que rehuyen las fuentes primarias tanto como el diablo  rehuye el agua bendita, según decían mis abuelitos.

A este tenor, y en contra de lo que afirma el general Fontenla, la paleografía no es demasiado útil para los contemporaneistas. El DRAE la define como “la ciencia de la escritura y de los signos y documentos antiguos”. Para una biografía de Franco o una historia de la Restauración, la República, la guerra civil y el franquismo la paleografía huelga. Los documentos relevantes suelen estar escritos a mano en buena caligrafía (alabemos a los pendolistas de la época y a los amanuenses militares).  Predominan, por cierto, los escritos a máquina tanto más cuanto más avanzamos en el tiempo. El caso español no es único. Se observa también en archivos extranjeros y lo he comprobado hace dos o tres semanas en unos que, sorprendentemente, no había visitado hasta la fecha.  Para hacer un favor a un amigo, poco antes de las pasadas vacaciones he estado estudiando en los del Ministerio belga de Relaciones Exteriores los despachos de la legación y consulados en China durante 1900, el año de la rebelión de los boxers. Hay alguna que otra nota a máquina, pero el grueso son notas manuscritas perfectamente legibles.

Es cierto que, a veces, por ejemplo en los legajos relativos a operaciones en la guerra civil, abundan notas escritas apresuradamente y de difícil lectura. He consultado  a quienes entienden de caligrafías enrevesadas, pero jamás se me ha ocurrido hundirme en los misterios profundos de la paleografía. En cualquier caso, en las páginas que he leído de la obra del general Fontenla vuelvo a resaltar que tampoco hay la menor referencia a ningún documento de archivo, ni escrito a mano ni a máquina. Quizá ha atribuido a los comienzos del siglo XX la experiencia que haya conseguido en el tipo de trabajos que aparece en su página de Dialnet sobre períodos mucho más alejados en el tiempo.  No me atrevo a juzgar al respecto.

Entremos ahora en materia. En términos generales toda introducción de un libro aspira a ser sabrosa y a ofrecer unos cuantos mensajes rotundos. Por la que escribe el autor de lo que (utilizando sus propias categorías) no dudo en caracterizar de “refrito”, nos enteramos de varias noticias que merecerían atención si fueran ciertas y las probara documentalmente un historiador reconocido (no me refiero a las afirmaciones que se han oído en las últimas semanas en relación con la reciente investidura del presidente del Gobierno por parte de eminentes políticos y periodistas de la derecha).  Por ejemplo, que el Frente Popular estuvo “capitalizado por el comunismo” (p. 14). O que “el temor al triunfo de una revolución de modelo soviético pregonada abiertamente e intentada una y otra vez por los dirigentes socialistas” fue lo que movió a los militares hacia el 18 de julio (p. 191). O que el asesinato de Calvo Sotelo demostró que “existía el riesgo de que los comunistas se adelantaran y ganaran la mano” (p. 206).  No se priva nuestro estimado autor de añadir que Franco desterró al comunismo “de la política española durante más de cuarenta años” (p. 14), aunque no queda claro si se refiere al Frente Popular o al comunismo. Lo primero sería absurdo porque no sobrevivió a la guerra.  Lo segundo es totalmente inexacto, a no ser que desee obliterar al PCE y a las formaciones marxista-leninistas que proliferaron en la agonía del régimen de su forma y manera de escribir historia. En cualquier caso, no se alarme el lector. La bibliografía (que no las fuentes) de que se sirve explícitamente tan imaginativo general es de pena y, en los casos de referencia, está ampliamente desautorizada.

Con estas y otras no muy exactas afirmaciones el general Fontenla se plantea una hipótesis que no es posible contrastar: si Franco hubiese sido fiel al Gobierno de la época (no era de Frente Popular), y “se hubiera afiliado o mantenido leal al Partido Comunista”, habría sido ensalzado (como lo han sido Miaja o Rojo y aunque hubiese perdido la guerra) (p. 14). No me consta, desde luego, que ninguno de estos dos generales se hubiera hecho comunista (si bien el por algunos tan alabado periodista y acaudalado agente de la propiedad inmobiliaria en California Burnett Bolloten lo insinuó del primero y servidor ha demostrado documentalmente que el segundo estuvo tentado de hacerse, pero que lo disuadió Negrín). En pluma de un autor que alardea de “estudios e investigación propios” tales conjeturas iniciales no parecen demasiado apropiadas. La “historia conjetural” es delicada y, más aún, cuanda a ella se apela en una introducción sin otra autoridad que la autoconcedida.

El amable lector pensará que lo que antecede son pelillos a la mar. Por ello es más importante reproducir en mayúsculas su rotunda denuncia de que en la España de nuestros días, “EL DISLATE HA LLEGADO AL EXTREMO DE IMPEDIR, MEDIANTE LEYES, LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN Y DE CÁTEDRA (…) Y CASTIGAR, DE MODO MÁS O MENOS ENCUBIERTO, A QUIEN OSEN ESCRIBIR O HABLAR BIEN DE FRANCO”.

Su referencia a la libertad de cátedra es algo exagerada porque no consta en su biografía que el general Fontenla ejerza, tras pasar a la reserva, funciones docentes de ningún tipo. Además, la publicación de su propia obra, glorificadora del inmortal Caudillo, desmiente la supuesta falta de libertad de expresión. Innecesario es precisar que tampoco aporta la menor evidencia, ni siquiera “paleográfica”. Finalmente, es evidente que su libro no ha pasado por ningún tipo de censura como la que con tanto encono y éxito algo más que rotundo mantuvo su biografiado desde 1936 a 1975.

Puede ser, no obstante, que el autor se refiera a que, en una ocasión, el Ministerio de Defensa le denegó el permiso para publicar un articulito sobre el proceso de pacificación en Marruecos durante los años 1912 a 1927. La ocasión la deparó el centenario del Protectorado español. Él mismo reconoció la causa. Aprovechando el símil de que, como de todos es sabido, el Jarama pasa por Fuenterrabía insertó en dicho articulito la siguiente frase: …en Afganistán, todas las capacidades de la OTAN contra un enemigo muy similar, después de más de 10 años sobre el terreno, ha conseguido menos avances y ya ha anunciado su retirada, dejando Afganistán en la misma situación que cuando entró, o peor”- sic. Este exabrupto se pensó que no venía a cuento y que implicaba una crítica a la actuación de la OTAN. El general Fontenla se autoconsideró censurado y retiró su escasamente notable contribución.

Tenemos, pues, un hecho puntual y parcial elevado por alguien que, sospecho, todavía podría estar sometido de alguna manera a la disciplina militar, al nivel de categoría urbi et orbe. Afortunadamente tan lamentable percance lo subió a Internet donde puede encontrarlo cualquier lector (https://www.diarioya.es/content/el-ministerio-de-defensa-censura-este-trabajo-del-general-fontenla). Quizá ese eventual curioso comparta mi opinión o juzgará de forma diferente. No lo sé. Pero a mi, funcionario durante más de treinta años y habiendo tratado de asuntos algo más que muy delicados, me sorprende que un militar, ya en la reserva, se creyese autorizado a despotricar a su antojo en asuntos que no serían de su competencia. Claro que tenemos, hoy, el ejemplo de un exJEME que clama por la necesidad de que el presidente del Gobierno sea objeto de destitución por “traición”.

Más interesantes es que, hombre que se autopresenta culto, muy leído, gran conocedor del pasado español y del de Franco en particular, nuestro general pierda un pelín de retención al proyectar sobre algunos escritores la cegadora luz de su magistral (en la primera y tercera acepción del DRAE) opinión. Son historiadores que, ¡oh, ignominia!, han procurado aclarar la vida y milagros de su hagiografiado y que no se han dejado deslumbrar  por la brillante trayectoria de SEJE. Para que sus lectores no se llamen a engaño el general Fontenla evoca a varios de entre ellos desde la introducción misma. Luego, por lo que he visto, en el texto ya no señala los errores, omisiones, malísimas interpretaciones, etc. gracias a los cuales podría haberlos fulminado a placer contraponiendo los resultados de sus propias investigaciones, lecturas y reflexiones apoyadas en documentación preferiblemente todavía no conocida.

Así, ya en la página 16 despotrica contra una hiperselección muy restrictiva de autores.  La palma de oro, con brillantes y espadas de platino, de los abismos de la superchería en que  hunde a tales historiadores se la otorga, en primer lugar, al profesor Paul Preston, caracterizado de “descartable”, “por muchos reconocimientos que le hayan hecho sus correligionarios”. (Las itálicas son mías). Es, lamento pensarlo, una muestra de hiperetnocentrismo,  a no ser que entre esos tan  flagelables “correligionarios” se encuentren los equipos rectores  de la London School of Economics and Political Science de la que ha sido catedrático durante muchísimos años (para su información, una de las más universidades más renombradas del mundo occidental), la British Academy (equivalente a algunas de nuestras Reales Academias), el Gobierno dirigido por la Sra. Theresa May (más  otros previos por razón de condecoraciones adicionales que le han sido otorgadas) y, no en último término, S. M. la Reina Isabel II,  una vez que tan “descartable” individuo fuese armado caballero del Reino.

Claro que, afirma nuestro eminente general, “su obra tiene más de reportaje periodístico que de estudio histórico”. ¡Ah! Tengo la seguridad absoluta de que Sir Paul Preston no presume de general, pero sí parece obvio que el doctor Salvador Fontenla se autopresenta como historiador. Un historiador que es también capaz de echar un pulso al profesor Manuel Tuñón de Lara. Su pluma (afirma sin pestañear) la puso al servicio incondicional del comunismo (en esto sigue a otro de los autores en que se basa como fue el tan admirado -por algunos- Ricardo de la Cierva). Los historiadores que de tal forma apostilla aparecen como representativos de una supuesta “corriente historiográfica marxista”. Esto, en el caso de Sir Paul, exige urgentemente una demostración hermeneútica y heurística en buena y debida forma. Confiamos en que el profundo conocimiento de Marx y del marxismo occidental (por contraposición al originado en la extinta URSS y en sus antiguos países satélites) que, sin duda, poseerá el general Fontenla nos ofrezca en algún momento  la demostración de su aplicabilidad.

Tampoco olvida, por cierto,  al profesor Santos Juliá a quien achaca un trato hemipléjico (!) “con las fuentes y los datos, aunque de forma más sibilina que los anteriores”.  En línea y media queda despachada tan hilarantemente, con un pellizquito de monja, la monumental obra de uno de los más importantes historiadores españoles desde que se produjo el óbito del general objeto de la biografía que aquí comentamos. Claro que no debe sorprender en un autor que aborda la Segunda República en plan tebeo y en el cual la amenaza bolchevique impulsó a los “malos” a querer declarar la guerra a los “buenos”, que fueron quienes la iniciaron. Quizá hubiera podido haberse inspirado en el profesor Stanley G. Payne para mejorar sus formulaciones, pero ni a eso llega.

(Continuará)