El general Francisco Franco y su curiosa hoja de servicios (IX)

Publicado en www.angelvinas.es/

EL JOVEN TENIENTE/CAPITÁN EN UNA OBRA RECIENTE

 

En los anteriores ocho posts he tratado de identificar algunos rasgos tempranos en el comportamiento de Franco. No he sicologizado. Me he basado esencialmente en un enfoque crítico, de historiador, de su hoja de servicios en la versión publicada, en vida de SEJE, por el coronel Carvallo de Cora. He recordado que, como toda hoja de servicios, hay que leerla entre líneas. Ya lo hice, con otros colegas, al acusar a Franco de haber inducido el asesinato del general Balmes el 16 de julio de 1936 en Las Palmas de Gran Canaria, una acusación horrenda que me (nos) ha valido numerosas descalificaciones, sin EPRE en contra que valga y con la adición de más cuentos y camelos.

Ahora he de confesar, ante todo, que los ocho  posts dedicados al jovencísimo teniente y todavía joven capitán los preparé en septiembre pasado, tras el impacto de un terrible accidente que se llevó por delante a mi perro Oscar, fiel compañero de alegrías y paseos por mi barriada bruselense. Después, no pude hacer otra cosa salvo lanzarme a viajes para dar conferencias o trabajar en varios archivos. No excluí Madrid en donde suelo enterarme de las novedades.

En este y en los próximos posts, continuación de los anteriores, haré unos pequeños comentarios sobre una de esas novedades simplemente porque versa sobre la carrera de SEJE. Se titula FRANCO, CAUDILLO MILITAR, y toca varios de los temas abordados en los posts precedentes. Me servirán de punto de contraste y confío en que puedan ser demostración de mis reiteradas afirmaciones de que ni existe historia definitiva ni que los historiadores debemos tomar demasiado en serio a los apologistas de Franco. No hay ninguno que no haya distorsionado hechos, datos y documentos.  Está en el ADN de la mitografía profranquista.

El autor de la mencionada novedad, Don Salvador Fontenla Ballesta, es un eminente general de brigada, con paso por la Legión y la Bandera Paracaidista. La solapa de su obra también enuncia que estuvo en los Balcanes, particularmente en Bosnia Herzegovina. Como en aquella región se dieron cita militares de varios países supongo que con ellos se entendería en inglés -a no ser que se sirviera de intérpretes. ¡Ah! Es también doctor por la UCM y ha publicado varios libros, uno de ellos sobre la guerra de Marruecos, amén de numerosos artículos sobre historia numismática e incluso, con otros autores, un manual escolar de cultura de la defensa para estudiantes de la ESO. Vistos los nombres que lo acompañan en tan patriótico esfuerzo me gustaría saber en qué colegios se utiliza, si es que se utiliza en alguno. Recibiré encantado información al respecto.

El lector que desee más detalles sobre el general Fontenla puede acudir a su página de Dialnet (https://dialnet.unirioja.es/servlet/autor?codigo=209792). Señalo que su reciente obra fue recensionada muy favorablemente en ABC.

Lleva un subtítulo engañoso: “Su historia en los campos de batalla 1907-1975”. Que se sepa, desde marzo de 1939 Franco no pisó ningún campo de batalla más,  a no ser que se entienda que el período posterior, de unos 35 años, fue más o menos equivalente al de la contienda fratricida, simplemente “porque la campaña continuó”, como dijo uno de sus oficiales. Ciertamente, no sin razón, aunque no creo que el autor de la mencionada obra comparta tal explicación. Si se refiere a los “campos de batalla” diplomáticos, Franco no se movió demasiado en ellos. Su conocimiento del mundo exterior siguió siendo extremedamente limitado, incluso tras un par de viajes a Portugal, a la lejanísima Hendaya, un paseo en tren por Francia (con parada en Montoire) y una rápida bajada al norte de Italia.

Desde el punto de vista de este blog me centraré en las páginas 13 a 24 de la introducción, y de las 44  a 60 del texto de la obra en cuestión porque coinciden a grandes rasgos con el recorrido que he hecho de Franco en la  serie de posts anterior. Añadiré que es, afortunadamente, bastante breve, con 330 páginas en tamaño de letra muy legible y que no lleva notas al pié, que suelen comer espacio. Se trata de un texto de carácter lineal y tono afirmativo por lo que podría comprenderse, à la limite, la ausencia de notas.

En las páginas que me interesan he contado tan solo cuatro referencias a otros autores  insertadas en el texto. De ellas dos lo son al general Casas de la Vega, ya mencionado en esta serie de posts, una al general Jorge Vigón correspondiente a su biografía de Mola (que no diría es una obra con pretensión historiográfica aunque puede utilizarse como representativa o sustitutiva de cierto tipo de EPRE) y la última a una obra general sobre la Legión que desconozco. No soy experto en este grandioso tema.

De destacar, subrayar y analizar es, por el contrario, que el autor iza rápidamente bandera en la página 13 al afirmar que el régimen franquista “evolucionó rápido a una democracia partitocrática”. Como es notorio, la evolución se hizo entre 1975 y 1978 con la aprobación de la Constitución y no tengo reparos en aceptar que fuese un proceso rápido, aunque a los que lo vivimos no nos lo pareciera necesariamente.  Por el contrario el calificativo con que el general Fontenla agracia (es un decir) al naciente sistema democrático no es el que se encuentra habitualmente en la literatura histórica, politológica o sociológica. Sí se halla en ciertos escritos que no deseo calificar. En España, por ejemplo, lo utilizó el eminente diplomático y exministro  franquista Gonzalo Fernández de la Mora, tan recordado por sus alabanzas al “Estado de obras” y su silencio sobre los numerosos aspectos oscuros del mismo.

Los lectores podrían pensar que hago demasiado hincapié en una sutileza, propia de un académico pejiguero. No es así. No lo es porque el general Fontenla continúa su introducción aludiendo a lo que denomina la visión histórica “propia de las naciones” que, señala, suele ser “hemipléjica”. Algo que me ha dejado un tanto perplejo. En la hoja de publicaciones de dicho autor no he visto ningún título que aborde la historia de Francia, Reino Unido, Alemania, Italia, Estados Unidos,  países latinoamericanos o, dada su experiencia en Bosnia-Herzegovina, balcánicos. Tampoco ha mostrado (pero a lo mejor me equivoco) ser historiador comparativista.

Dada mi extrañeza he consultado rápidamente el DRAE por si el calificativo a tan interesante historia tuviera alguna connotación que, tras treinta y tantos años de estancia en el extranjero, se me hubiera escapado. No sigo las sutilezas o los matices y cambios del lenguaje en la península. Pero, advierto con satisfacción, no parece que sea  el caso. La definición de “hemipléjico” implica la parálisis de una parte del cuerpo, es decir, la significación habitual que, claro está, no me es desconocida. Quizá, en lenguaje simbólico, sea frecuente su uso entre los tratadistas militares y en este caso hubiera sido de agradecer alguna referencia. Me temo, sin embargo, que tampoco sea muy frecuente porque, de manera un tanto críptica, para el caso español el autor aduce que esa “historia hemipléjica” es un producto de “nuestros seudohistoriadores”.

Su identificación la reproduzco entre comillas, que él no utiliza, porque evidentemente se trata de ciudadanos españoles.  Así, pues, ¿cómo los define o, al menos, caracteriza el por antinomia no seudohistoriador que es como se autoproyecta el autor?  Se trata, según él,  de aquéllos que carecen “de estudios y de investigación propios”. Con tales características pienso que no habrá muchos. Que no hayan cursado una carrera universitaria o equivalente me parece, a ojo de buen cubero, que no son demasiado abundantes. Es cierto que sí lo hacen los, llamésmoles, aficionados, pero también muchos de ellos han investigado, por ejemplo las fosas comunes en las que el régimen naciente en 1936 enterró a las víctimas de su represión.  Y lo han hecho sobreponiéndose a dificultades de todo tipo. Entiendo, pues, que la utilización de tal término no es acertada.

El general Fontenla evidentemente no se incluye en dicha categoría. Con razón. Podría aducirse que no en vano ha seguido el cursus honorum de la educación militar y, además, ha hecho la licenciatura en Historia y un doctorado en historia numismática. Pero eso no es lo que tiene in mente. Él identifica a los auténticos historiadores, por contraposición a los seudohistoriadores, de otra manera. Señala que los primeros “requieren, para no hacer refritos, una capacidad de análisis y un trabajo de investigación en fuentes primarias, labores que necesitan constancia y conocimientos archivísticos y de paleografía”.

Al introducir este criterio nuestro estimado general invita rápidamente a sus lectores a dar un vistazo a las fuentes que ha utilizado para escribir su magna obra. Puedo afirmar que lo he echado con grandes esperanzas. Por lo común, cuando compro un libro (y lo hago muy frecuentemente hasta el punto que tengo mi casa abarrotada de volúmenes en todas las habitaciones, incluidos los descansillos de las escaleras, el sótano y la buhardilla) lo primero que hago es ir a ver las fuentes y bibliografía. Supongo no ser en ello un bicho raro.

Al proceder de tal suerte con la obra del general Fontenla sólo me he encontrado con una lista de autores y de libros que merecerían un comentario algo extenso. No es este el lugar. Pero sí quiero destacar, entre ellos, un bodrio (según el DRAE,  mal hecho, desordenado, de mal gusto). Un bodrio absoluto, para precisar, debido a la pluma de nada menos que todo un teniente general, Manuel Chamorro Martínez, licenciado en Derecho y doctor en Ciencias Políticas y Sociología por la UCM hace muchos años. Le dediqué algunas páginas en uno de mis trabajos. Conviene recordar que el libro de tan insigne teniente general fue recomendado oficialmente, por Orden Circular del 2 de noviembre de 1973,  como de utilidad y de obligatoria adquisición para el Ejército. Ergo para el  militar que lo cita.  Soy muy mal pensado y no me cuesta trabajo especular si tal recomendación no habría producido al teniente general un buen chorro de pesetillas de la época. Sin embargo, su valor historiográfico no tengo inconveniente en afirmar que es igual a cero.

(Continuará)