Crítica a la crítica de la equidistancia

El enrarecido ambiente de la política interna española parece estar extendiéndose al campo de la política internacional y de las relaciones internacionales, en el que empieza a aparecer la denostada figura del “equidistante” en relación con la guerra en Ucrania.

La equidistancia, tal como utilizan el término sus detractores, parece consistir en la falta de humanidad de quienes no asumen la maldad intrínseca de los rusos y, especialmente, de su máximo representante, el presidente Putin, y no sienten pena desgarradora por los sufrimientos de la población ucraniana ocasionados por la imperialista invasión rusa.

Pero, aunque esta es la idea subyacente en la que parece que quieren sustentar la crítica, tal como se formula, lo que uno puede vislumbrar entre líneas es esa placentera sensación de dividir el mundo en buenos y malos, en la idea, siempre satisfactoria, de estar en el campo de los buenos, del que los equidistantes han desertado por razones que, en realidad, nunca se explicitan.

Rusia, mala; OTAN, Estados Unidos y la Unión Europea (y sus países constituyentes), buenos; China y los países que no condenan a Rusia, interesados; los países que sí la condenan, respetuosos del Derecho Internacional; por ejemplo.

Pero es que, a lo mejor, la realidad es más compleja; especialmente la de las relaciones internacionales y la geopolítica, ese escenario en el que se combinan ideologías, intereses y posibilidades. Y lo que, quizás, lo único que pretendan los llamados crítica y peyorativamente equidistantes no sea encontrar razones para asignar valoraciones éticas, sino los porqués y los para qué cada actor actúa (con fundamento ético o sin él) como realmente está actuando. Equidistan, no entre los buenos y los malos, sino entre la autocomplacencia y la condena. Todos somos pacifistas, pero pacíficos, según en qué, dónde y cuándo.

Admitir y asumir que la invasión rusa de Ucrania es una agresión a un país soberano, explícitamente prohibida por el Derecho Internacional y la Carta de las Naciones Unidas, no debería cegarnos ante la realidad de que la OTAN lleva más de veinte años incumpliendo los acuerdos a los que llegó con la entonces reciente Rusia postsoviética de que ésta (la OTAN) no se ampliaría hacia el Este y no desplegaría fuerzas ni armas en los, también recientes, países postsoviéticos de la Europa central.

Admitir y asumir que la invasión rusa de Ucrania es una agresión a un país soberano no debería cegarnos ante la realidad de que la OTAN lleva más de veinte años incumpliendo los acuerdos a los que llegó con la entonces reciente Rusia postsoviética

Máxime cuando todavía es reciente la rápida, por no decir inmediata, incorporación de la OTAN a las invasiones estadounidenses de dos países soberanos, Afganistán en 2001 e Irak en 2003.

Admitir y asumir que todo país soberano (los bálticos y los centroeuropeos y, en última instancia, Ucrania y Georgia, en este caso) tiene derecho a incorporarse a la organización internacional (la OTAN, en este caso) que crean conveniente, sea del tipo que sea, no debería cegarnos ante la realidad de que la prudencia geopolítica debería haber aconsejado a la OTAN no fomentar, mucho menos admitir, dichas innecesarias incorporaciones.

Admitir y asumir que la guerra la ha iniciado (materialmente) Rusia, no debería cegarnos ante la realidad de que si algún concepto geopolítico está de moda en nuestros días es el de “guerra híbrida”, tan guerra, según los expertos y principalmente los occidentales, como la de muertos y destrucción. Y que eso (guerra híbrida) es lo que ha estado haciendo la OTAN respecto a Rusia desde que a principios del presente siglo accedieron al poder en Rusia el actual presidente Putin y su partido Rusia Unida. Lo que convierte a la OTAN en, como mínimo, agresor geopolítico. Algo que deberíamos admitir si no queremos condenar al Reino Unido y a Francia a ser los responsables de la Segunda Guerra Mundial, ya que fueron dichas potencias las que declararon la guerra a Alemania el 3 de septiembre de 1939. No necesariamente quien pega el primer tiro es el único responsable del inicio de una guerra. Los “provocadores” también son responsables, “geopolíticos”.

Admitir y asumir que la población ucraniana está sufriendo lo indecible, no debería cegarnos a la realidad de que también es población ucraniana la de Donbás, que lleva sufriendo la guerra (civil) desde 2015, sin que parezca que las actuales almas sensibles se hayan conmovido demasiado por su sufrimiento.

Admitir y asumir que ningún Estado soberano (Rusia en este caso) tiene derecho a intervenir en los asuntos internos de otro también soberano (Ucrania en este caso), no debería cegarnos ante la realidad de que Estados Unidos y la Unión Europea fomentaron, financiaron y apoyaron (incluso con presencia de embajadores y senadores en las manifestaciones) dos golpes de Estado cívico-multitudinarios en Ucrania (2004-2005, Revolución Naranja, y 2014-2015, Euromaidan), con la excusa de que las autoridades derribadas eran “corruptas”. Lo cual era probablemente cierto, pero no más que las que las sucedieron, impuestas por los golpes de Estado patrocinados por la OTAN/Unión Europea.

Admitir y asumir que no hay tropas europeas o estadounidenses desplegadas en Ucrania ¿ninguna, de ningún tipo, seguro?, no debería cegarnos a la realidad de que la OTAN (y sus Estados parte) sí están involucradas en una guerra (llámesele, si se quiere, híbrida, pero guerra al fin y al cabo), que, si no fuera por su masiva ayuda de todo tipo, ya se habría acabado hace tiempo y la población ucraniana habría dejado, al menos en parte, de sufrir. Creerse (y defender) la ficción legalista de que “nosotros” no estamos en guerra contra Rusia no resulta muy convincente, aunque todo el mundo tenga derecho a creerse (o hacer que se cree) lo que le parezca (o le interese).

Son este tipo (absolutamente incompleto) de razonamientos (de búsqueda de porqués y para qué), los que posiblemente lleven a los peyorativamente denominados “equidistantes” a no poder aceptar las tesis “buenistas”, que clasifican a los contendientes de la guerra en Ucrania como “los buenos” (sufridores agredidos, a los que hay que indefectiblemente apoyar) y “los malos” (agresores imperialistas, a los que hay que indefectiblemente condenar). El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra … y nadie se movió.

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