Zelenski, Gernika y la guerra civil española

En las últimas semanas, a medida que se intensificaba la guerra en Ucrania tras la invasión rusa, las comparaciones con la guerra civil española se han puesto de moda. Es inevitable. El propio presidente ucranio, en su alocución ante el Congreso de los Diputados este martes 5 de abril, invitó a ello. Fue una alocución breve, emotiva. Aprovechó la coincidencia de mes para hacer una breve referencia al bombardeo de Gernika en 1937. Levantó una gran oleada de emoción. A muchos les agradó. A otros, les disgustó. A mí me pareció una alocución milimetrada inteligentemente.  De manera inmediata varios periodistas me pidieron mi opinión como historiador.

Yo no me pronuncio sobre la guerra de Ucrania, salvo para considerarla un momento pivotal en la historia de Europa. Sus consecuencias se dejarán sentir a lo largo de los años venideros. Ha cambiado el panorama de seguridad de nuestro continente y ha acelerado la transformación —en mi opinión deseable— de la Unión Europea. Ha puesto al descubierto la indigencia estratégica de varios estadistas europeos (en primer lugar de la excanciller Angela Merkel, pero también del establecimiento político alemán, a la derecha y a la izquierda). Tendrá consecuencias duraderas.

La guerra de Ucrania tiene poco que ver con la española de 1936-1939. La guerra española tuvo mucho que ver con las ansias de preparar su asalto a la seguridad europea por parte de las potencias fascistas

Servidor no se dedica ya desde hace años a hacer análisis de prospectiva. Me faltan conocimientos e información. Al menos en comparación con los que he tenido en el curso de mi vida profesional. Hace muchos años que me dedico al estudio del pasado. No es que sea más seguro (las discusiones sobre él están a la orden del día), sobre todo desde que una oposición un tanto desnortada y ayuna de conocimientos históricos se ha dedicado a poner en la picota a un denominado “gobierno social-comunista”. Trampa para bobos, aunque prenda en ciertos sectores del electorado español. Sus diversos componentes se felicitarán de que, gracias a los errores de los gobiernos precedentes, los futuros electores continúen en la inopia en cuanto a conocimientos históricos y todavía no se hayan mayoritariamente destetados del brebaje intoxicante que destiló la dictadura franquista y que sobrevive en las redes sociales.

No, la guerra de Ucrania tiene poco que ver con la española de 1936-1939. Ni las circunstancias se parecen, ni el contexto lo permite. La guerra española tuvo mucho que ver con las ansias de preparar su asalto a la seguridad europea por parte de las potencias fascistas. También tuvo que ver con la timidez de las democracias. O con sus enajenaciones, que veían “rojos” por los cuatro costados. Un fallo que debe ponerse sobre todo en el deber de la escasamente gloriosa política británica de la época.

Además, las comparaciones hacen caso omiso de las diferencias esenciales entre guerras civiles (aunque internacionalizadas) y guerras internacionales propiamente dichas. La española forma parte de las primeras. La de Ucrania es, se mire por donde se mire, una guerra de las segundas, entre Estados soberanos, reconocidos como tales por la comunidad internacional y con sitiales bien diferenciados en Naciones Unidas y partes perfectamente diferenciadas en multitud de tratados y acuerdos multilaterales.

Pero es que, además, algunos de nuestros avispados comentaristas trastocan los papeles de los intervinientes y no intervinientes en los dos conflictos. En el español, por ejemplo, la entonces Unión Soviética vino en ayuda de la asediada República española. El Reino Unido y Francia, por omisión, se pusieron en contra de ella. De los Estados Unidos de la época, mejor no hablar. Y las potencias fascistas o escasamente democráticas les hicieron juego, si bien intervinieron con hombres y material en tan gran número que inclinaron la balanza a favor de Franco.

Soy muy consciente de que la mayor parte de la derecha española (o al menos de sus órganos de expresión en papel o en versiones digitales) discrepará de esta interpretación de los hechos pasados. No en vano la gloriosa dictadura se pasó cuarenta años clamando contra el comunismo al acecho, contra los soviéticos que retardaron la victoria de la España única y, naturalmente, “nacional”. Desde antes de julio de 1936 hasta prácticamente nuestros días han consumido resmas y resmas de papel denunciando el supuesto peligro de “sovietización” de España. Peligro que, dicho de paso, sólo existía en su enfebrecida imaginación.

¿Acaso no me creen los amables lectores? Transcribo a continuación lo que un eminente historiador patrio, que no identificaré, escribía hace pocos años sobre los planes que los “malvados bolcheviques” ya tenían pensado hacer en febrero de 1936, a los pocos días de las elecciones, con respecto a España:

  • Eliminación del presidente Alcalá-Zamora
  • Empleo de medidas de coacción y opresión contra los jefes y oficiales del Ejército
  • Expropiación y nacionalización de toda clase de propiedad particular
  • Nacionalización de la banca
  • Cierre de iglesias y casas religiosas
  • Independencia de Marruecos y transformación en un estado soviético independiente
  • Terror dirigido al exterminio de la burguesía
  • Creación del Ejército Rojo
  • Asalto del proletariado al poder
  • Creación de la República Socialista Soviética y declaración de guerra a Portugal

Y, naturalmente, para evitar tales perspectivas era lógico, natural, “patriótico”, que los sectores más sanos de la sociedad española, empezando por el glorioso Ejército español, se levantaran en armas, como impelidos por un resorte vital, para impedir tal cúmulo de catástrofes. 

Después, brillantes literatos, periodistas, hombres bregados en las luchas culturales del presente y preparados para las del porvenir han ido corrigiendo el tiro. No fueron tanto los bolcheviques, sino los malvados socialistas. En particular la corriente caballerista del PSOE, que quería crear un Ejército Rojo, asaltar el poder y que además lo anunció. Esto lo ha afirmado un historiador de la literatura en tres ediciones de un libro muy vendido.  Prácticamente lo dijo Largo Caballero en una fantasmagórica alocución en la embajada republicana… en Londres. Muy listo, muy ducho y muy embustero.

Siendo así, ¿cuándo intervino la URSS? Recurramos al padre de la modernísima versión pro-franquista, al nunca suficientemente alabado profesor Ricardo de la Cierva, ya en plena decadencia intelectual y profesional. En un interesante, pero poco leído, libro publicado en su propia editorial (Fénix, domiciliada en Madridejos, provincia de Toledo) en 1997 lanzó la especie definitiva:

“La primera reunión en que se decidió la ayuda al Frente Popular español se celebró en Moscú entre la Comintern y la Profintern (Internacional Sindical Comunista) el 21 de julio de 1936. Tuvo lugar una segunda reunión en Praga, el 26 de julio de 1936, de la que se encargó la Profintern….” (Brigadas Internacionales, 1936-1939. La verdadera historia. Mentira histórica y error de Estado, p. 54)

¿No les parece precioso? Había que mostrar que los malvados bolcheviques actuaron no ya antes (eso Don Ricardo se lo dejó a un epígono) sino con la velocidad del rayo. A los tres días del golpe de Estado. Se adelantaron a Hitler (el 25) y a Mussolini. Quizá tan eminente autor ignorase que Mussolini había comprometido su ayuda militar a los conspiradores ya el 1º de julio.

De la misma manera que se mentía en 1936, a finales del siglo XX y a principios del siglo XXI sigue jugándose con “comparaciones” espurias. No. La guerra civil española no tiene nada que ver con la invasión de Ucrania. Y los alemanes e italianos que bombardearon Gernika lo hicieron en connivencia con el Alto Mando sublevado. ¡Faltaría más! Quienes mintieron no fueron los vascos, víctimas, sino quienes se habían preparado desde principios de los años treinta a liquidar a una República que no les gustaba y que no dudaron en desencadenar una guerra, que ganaron, con el beneplácito de la City, los titubeos de Roosevelt y la agonía francesa.

La historia puede servir de poco, pero por lo menos sí es útil para corregir disparates.

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