Yihadistas

Recuerdo que hace años, a finales de la pasada centuria, escuché a un experto en temas de terrorismo afirmar que, para el siglo que se avecinaba, uno de los mayores retos a los que se enfrentaría la sociedad moderna sería la proliferación del terrorismo yihadista. Venía a concluir que con el paso del tiempo se extendería como mancha de aceite y llegaría a ser una lacra a nivel mundial, con las dificultades que conlleva luchar contra un fenómeno como ese, dadas sus características tan diferentes y alejadas de una guerra digamos ‘convencional’. Evidentemente estaba en lo cierto y, a día de hoy, tenemos la desgracia de comprobarlo muy a menudo.

El término yihadista, según lo que he podido leer, proviene del término ‘yihad’ y viene a significar “lucha” o “esfuerzo”, pero ello no conlleva inexorablemente el uso de la fuerza, de las armas o del terror. Puede aplicarse simplemente a una lucha interior o a un esfuerzo moral, físico o económico. Así, un terrorista puede ser una persona ‘yihadista’, pero no todos los ‘yihadistas’ son terroristas. Por ello, no creo demasiado acertado usar ese término cuando nos referimos a auténticos asesinos porque, al fin y al cabo, quienes cometen atrocidades como las vividas últimamente a lo largo y ancho del globo terráqueo o las que venimos padeciendo en España desde finales de la dictadura franquista, no pueden asimilarse, siquiera un poco, a ningún fenómeno religioso concreto. Quien comete salvajadas como la de Bruselas o la del Hipercor, quien dispara a la nuca o secuestra a un semejante, quien intenta someter a una sociedad libre al imperio del miedo, no puede escudarse en creencia alguna, ni en una fe, ni en motivos políticos o económicos, son simples bestias sanguinarias que no soportan el libre albedrío del prójimo. Otorgarles un sobrenombre que lleve aparejada una religión, aunque sea en su vertiente más radical, es el primer paso para una excusa inaceptable, para la motivación del sinsentido.

Porque, aunque en nuestro fuero interno nos sea más fácil asimilar la barbarie si viene revestida de cierta motivación, por muy repudiable que ésta sea, debemos tener presente que la irracionalidad no tiene explicación válida y resulta fútil tratar siquiera de buscarla. Da igual en lo que crean o qué coño les ha llevado a convertirse en monstruos. El hecho es que no son más que seres que han tomado la decisión irrevocable de hacer daño a los demás y, con tal propósito en mente, han buscado un determinado respaldo a sus actos, como bien podrían haber encontrado otro totalmente opuesto. Si de lo que se trata es de encasillarlos en una especie de grupo concreto con el fin de singularizarlos frente a otros asesinos que esgrimen razones distintas, quizás cabría usar un término diferente, como pudiera ser el de ‘islamista’, que viene a significar la pretensión, en nombre de la ortodoxia religiosa, de extender el gobierno de la ley coránica a todas las esferas de la vida.

Por mi parte, me importan un bledo sus pretextos, sus creencias, sus banderas o sus ansias justicieras. No existe razón alguna que empañe el hecho de que una gota de sangre inocente desacredita de forma inapelable cualquiera de sus argumentos, convirtiéndolos en despreciables. Son asesinos, tan simple y tan atroz como eso, ni más ni menos. Lo son o están en camino de serlo, esperando su oportunidad para saciar sus crueles instintos. Y como tal deberíamos denominarlos, negándoles cualquier calificativo que pueda desviar la atención de la brutalidad de sus acciones, que nos haga plantearnos, siquiera un segundo, si tenemos alguna responsabilidad directa o indirecta sobre la senda de horror que libremente han elegido. Por desgracia seguiremos padeciendo esa peste ya que siempre existirán acicates para aquellos que creen que su aportación a la humanidad pasa por la destrucción y no por la construcción.