Una mancha parda está ensuciando nuestras democracias

Publicado en infolibre.es

 

“Mala gente que camina y va apestando la tierra”

Antonio Machado

Es muy doloroso y descorazonador tener que escribir sobre esto cuando estamos ya prácticamente terminando el primer cuarto del siglo XXI y tras casi medio siglo desde la muerte del dictador Franco.

Si echamos un ojo a la historia contemporánea, a nuestra historia patria, observamos que hay hechos que, aunque no se repiten porque las circunstancias son otras, al menos sí riman, y peligrosamente… ¡doscientos años más tarde!

Los manuales básicos de historia nos enseñan que, tras el “trienio liberal” (1820-1823) vino una “década ominosa” (1823-1833). Eran tiempos del rey felón Fernando VII quien, tras verse obligado a restablecer y jurar la Constitución de 1812, la famosa “Pepa”, como consecuencia del levantamiento de Riego, en cuanto pudo terminó con el liberalismo político con ayuda de las tropas francesas de Napoleón II, esos famosos Cien Mil hijos de San Luis.

Por rima o por analogía, esos períodos se corresponden casi año por año, con los gobiernos progresistas actuales (liberales se les llamaba entonces) de Pedro Sánchez, primero en solitario y luego en coalición con UP (2018-2023) y, de creer a muchas encuestas, con la restauración del conservadurismo (absolutismo entonces) si el resultado de las inminentes elecciones del día 23 da el gobierno a Feijóo y a su muleta de Vox.

Curiosamente, los seis años anteriores a la primera legislatura socialista (2012-2018) bajo el neoliberalismo de los gobiernos de Rajoy, se corresponden también con los seis primeros años absolutistas fernandinos (1814-1820) . Me da rabia que la historia rime tanto, pero los datos son tercos.

Entonces las masas populares, analfabetas, gritaban “Vivan las caenas”. Hoy, las masas populares, desinformadas e intoxicadas, cuando no políticamente analfabetas entonan aquello ya pasado de “a por ellos, oéee”, el “que te vote Txapote” o “vamos a derrocar al sanchismo”, como si esto fuera un régimen autoritario o hereditario que no ha pasado por las urnas. Bueno, no quiero dispersarme, que hoy no toca hablar de República.

La cuestión es que el panorama patrio, a semejanza del europeo, se está ensombreciendo peligrosamente por el tono parduzco que están tomando determinados territorios. La tierra, si no recibe lluvia periódica, pierde su verdor y se vuelve parda, seca, yerma, al igual que la democracia y sus instituciones pueden marchitarse si no se riegan día a día con la defensa y el ejercicio de los derechos conseguidos.

En España, han de extraerse lecciones del resultado de las recientes elecciones municipales y autonómicas que nos hagan abrir los ojos para no repetir este 23-J el trasvase de votos a las fuerzas conservadoras y a sus brotes, la ultraderecha.

Existen antecedentes sobre la deriva regresiva con el gobierno de Castilla y León y los más recientes constituidos en varias autonomías y multitud de ayuntamientos: eliminación de órganos de defensa de la igualdad, retirada de banderas LGTBI, aumentos escandalosos de sueldos de alcaldes y concejales, eliminación de impuestos a los más ricos o prohibición de determinadas películas e imágenes.

En el resto de Europa, los gobiernos de extrema derecha, con mayoría absoluta o en coalición, de Italia, Hungría, Polonia, Eslovenia y hasta en Suecia, comienzan a aplicar políticas contrarias a los valores recogidos en la Carta de Derechos Fundamentales de la UE con una gran carga de xenofobia, racismo y mensajes de odio hacia el diferente.

Sin duda, esos gobiernos han llegado al poder a través de elecciones democráticas, pero recordemos que un tal Adolf, canalizando el odio existente entonces en la sociedad, fue el más votado en las elecciones de 1933 en la Alemania de Weimar. Una prueba de que la democracia es más débil cuando se la ataca desde el interior. Sólo hace falta encontrar un chivo expiatorio: entonces eran los judíos y los comunistas y hoy pueden ser los refugiados o los inmigrantes.

Recordemos también, hace ahora un siglo (1922), la Marcha sobre Roma, colofón del movimiento fascista que tan solo tres años antes había creado un tal Benito, un movimiento que atraía a obreros y ex combatientes de la Gran Guerra y que contaba con la pasividad de la policía y el ejército. En Italia,la democracia tenía entonces los días contados. Otra inquietante rima de acontecimientos históricos.

Conviene recordar asimismo que en la civilizada Inglaterra de la década de 1930 la extrema derecha se organizó en un partido fascista y nacional-socialista (British Union of Fascists) como remedo del éxito nazi en el continente. En esos años, en Bélgica y Países Bajos surgieron como hongos los partidos nazis, como el movimiento rexista ultracatólico de León Degrelle. En España la moda fascista era importada de Italia por la Falange del hijo del dictador Primo de Rivera, José Antonio, que no solo copiaba los uniformes negros mussolinianos sino también su estilo matón y violento y el terror callejero (ahora parece que la Junta Electoral no tiene empacho en blanquear el himno falangista de trágicos recuerdos).

Ya en nuestros días, y tras el prolongado paréntesis de la posguerra en Europa, donde se implantaron y desarrollaron las políticas socialdemócratas que conformaron el llamado Estado del bienestar (en España tardaríamos un “pelín” más), parece que el ciclo histórico vuelve con contumacia para reproducir algunas situaciones ya vividas décadas antes.

En Alemania, sí en Alemania, que ha tenido que replantearse desde 1945 su sociedad, su organización política e incluso desde 1989 su territorio por los estragos causados en Europa por el régimen hitleriano, aparece últimamente con fuerza un neonazismo parlamentario como Alternativa para Alemania (AfD) o La Patria (Die Heimat), contrarios a la UE, al euro y, por supuesto, a la inmigración.

En Francia, tras las revueltas callejeras provocadas por la muerte en una detención policial de un joven marginal, comenzaron inmediatamente a aparecer bandas de extrema derecha con bates dispuestos a “ayudar” a la policía a amainar las protestas y machacar a los “insurgentes”, en su mayoría franceses de piel poco blanca. De inmediato, un fondo de ayuda recaudó cientos de miles de euros en pocas horas para apoyar al policía de gatillo fácil, sancionado e investigado.

La extrema derecha, en sus modalidades neofascista o neonazi, son el óxido de la democracia

Y qué decir del gobierno neofascista de Georgia Meloni, con sus recortes de libertades al colectivo LGTB, consagradas en las más destacadas democracias occidentales, o su criminal política anti-inmigración, como señala aquí Baltasar Garzón, políticas que desgraciadamente se están contagiando a otros países como Malta, Dinamarca o Austria.

Vemos también cómo se las gastan los gobiernos del la Europa del Este como el ultracatólico, nacionalista y euroescéptico PiS de Morawiecki en Polonia o el de la coalición ultraderechista húngara Fidesz de Viktor Orban, también xenófoba y anti UE (su partido ha sido incluso expulsado del Partido Popular Europeo).

Las clases medias y acomodadas quieren orden en sus lugares de residencia, quieren “cuidar lo suyo”, sea la urbanización, la casa de la playa, sus rentas o sus acciones. Si en los alrededores deambulan sombras harapientas, de piel oscura y extraño acento, bienvenidas sean las fuerzas del orden, uniformadas o no, que hagan “una limpia” y alejen ese peligro. Que la ejecute la policía, los “seguratas” o el somatén de turno, igual da. Ahora mismo tenemos voluntariosos energúmenos que están dispuestos a crear un “ejército” para tal saneamiento, como afirma el líder de la organización para-nazi Desokupacon la mirada distraída de la fiscalía y del ministerio del Interior. Ya ha caído prácticamente en el olvido que otro energúmeno se divertía “disparando” a dianas con las fotos de Sánchez, Iglesias, etc. Unos y otros suelen irse de rositas.

Puede que no seamos conscientes de las consecuencias de nuestra opción de voto ante las urnas, pero los ejemplos, históricos y actuales, mencionados más arriba nos pueden hacer retroceder hacia los más lúgubres años del siglo XX o bien avanzar en la obtención, consolidación y defensa de más derechos para quienes más los necesitan. La extrema derecha, en sus modalidades neofascista o neonazi, son el óxido de la democracia que la va a corroer y hacer descomponer cuando menos nos demos cuenta si no atajamos con decisión su crecimiento.

Estas hordas pardas pueden vencer y, lo que es peor, convencer a sus potenciales votantes de las clases populares, ajenos a las consecuencias que el regreso a las políticas neoliberales, inigualitarias y negacionistas del cambio climático puede suponer para todos, pero en especial para ellos mismos. El estropicio para la salud democrática y para la convivencia puede ser demoledor. El domingo 23 de julio tenemos una oportunidad para inocular un tratamiento quimio de choque en las células cancerígenas antes de que la metástasis haga estragos en el cuerpo social.

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