¿Una Doctrina Monroe china?

¿Una Doctrina Monroe china?

Un nuevo acuerdo económico-comercial que ha dado la puntilla final al no tan antiguo (2016) Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica
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 El presidente chino, Xi Jinping, pasa revista militar antes de unas maniobras

Enrique Vega Fernández | Dicen los historiadores que una de las principales causas originarias de la conocida como Doctrina Monroe, sintetizada en el célebre “América para los americanos”, elaborada por el secretario de Estado Adams y oficializada por el propio presidente Monroe en su discurso ante el Congreso de los Estados Unidos de América del 2 de diciembre de 1823, fue su rivalidad política, comercial y marítima en el “nuevo continente” con su antigua potencia colonizadora el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda. Una rivalidad y consiguiente enfrentamiento “pacífico”, que acabaría siendo el primer eslabón de un proceso que finalizaría, aproximadamente un siglo más tarde, con la sustitución del Reino Unido por Estados Unidos como como primera potencia mundial y dueña de los mares.

En efecto, en el momento, 1823, en que el presidente Monroe traslada al Congreso cual va a ser uno de los ejes de su política exterior, en la América española está finalizando el largo proceso de casi un cuarto de siglo de guerras coloniales y civiles que constituyen las llamadas Guerras de Emancipación, que darían lugar a la independencia de los territorios españoles en América excepto Cuba y Puerto Rico. Independencias de una España económicamente agotada tras la Guerra de la Independencia y la tumultuosa década que la siguió, unido a la progresiva pérdida de peso en el concierto internacional que llevaba sufriendo nuestro país desde, como mínimo, la Guerra de los Treinta Años. Económicamente agotada y, por lo tanto, incapaz de jugar algún papel relevante en el futuro de los países americanos recién independizados. La misma razón por la que había sido incapaz de evitar dichas independencias, agotándose, por el contrario, todavía más.

Son momentos, también, en que en Europa predomina la ola monárquico-conservadora posterior al periodo napoleónico, que tan bien representa la Santa Alianza, con la que Reino Unido mantiene una relación de amor/odio. Amor ideológico y odio geopolítico en su permanente esfuerzo de seguir dominando y controlando los mares y, por tanto, el comercio, al tiempo que intenta mantener el equilibrio entre las potencias continentales para evitar que ninguna de ellas se convierta en primus inter pares, pudiendo disputarle, así, la primacía del poder mundial.

Mientras tanto, Estados Unidos sigue manteniendo, tras casi cuarenta años de independencia, la que podríamos denominar Doctrina Washington o consejo que este transmitió a su país en su discurso de despedida de la presidencia (17 de septiembre de 1796): que Estados Unidos no debía dejarse involucrar en los litigios, mucho menos en la guerras, entre europeos ni permitir que estos interfirieran en la vida interna de Estados Unidos. De forma que lo que la Doctrina Monroe hace no es sino ampliar la de Washington a todo el continente americano, respetando únicamente los territorios que todavía no se hubiesen emancipado. Y lo hace porque sabe que tanto la Santa Alianza como Reino Unido están jugando sus bazas para instaurar monarquías de las casas reales europeas en los nuevos países americanos, como medio de mantener sus privilegios económicos y comerciales en dichos territorios. Los de la Santa Alianza, de sus propias casas reales, Reino Unido de la rama borbónica española, como ha conseguido mantener a la casa de Braganza portuguesa en el nuevo Imperio brasileño, en consonancia con la influencia que sabe que tiene en esos momentos sobre las dos monarquías ibéricas tras la que ellos llaman la Guerra Peninsular. Y lo hace porque sabe que, a estas alturas, Reino Unido es ya la primera potencia financiera en la América española a través de sus inversiones y la única potencia marítima europea en condiciones de poder cubrir el vacío que está implicando el fin del monopolio (ya algo relativo) comercial que España ejercía como potencia colonizadora.

Estas son, en última instancia, las consideraciones que sustentan la Doctrina Monroe: permitir el expansionismo estadounidense en el continente americano. Físico o territorial, como a lo largo del resto del siglo demostrará con la conquista del oeste, de las últimas posesiones españolas, Luisiana y las Floridas y finalmente Cuba y Puerto Rico y de importantes parcelas del territorio mejicano: Tejas, Nuevo Méjico, Oregón, California, etc. Político, a través de repúblicas presidencialistas y en muchos casos federales, constitucionalmente organizadas a su imagen y semejanza, evitando monarquías a la europea. Y comercial y económico, pudiendo competir con su gran rival en este terreno, el Reino Unido.

Una doctrina que tendrá dos importantes corolarios a lo largo del siglo. El del presidente Hayes (1880), que “para impedir la injerencia de imperialismos extracontinentales en América, Estados Unidos debería ser el único en ejercer el control exclusivo sobre cualquier canal interoceánico que se construya”. Declaración de cuyo espíritu se alimentará la negativa de apoyo financiero estadounidense al proyecto francés de Ferdinand de Lesseps de construir el canal de Panamá y se alimentará la decisión estadounidense de forzar, ocho años más tarde (1888), la secesión panameña de Colombia, que concederá a Estados Unidos la construcción, propiedad y soberanía del nuevo canal. Y el del presidente Roosevelt (1904), según el cual “Estados Unidos tiene la obligación de intervenir en los asuntos internos de cualquier Estado americano, si en él se ponen peligro las propiedades o derechos de ciudadanos o empresas estadounidenses, para restaurar el orden y los derechos y patrimonio de  sus ciudadanos y empresas”, que definirá definitivamente la sentencia monroista de “América para los americanos” en el sentido de que por “los americanos” se debe entender su acepción de “los estadounidenses” con el que también son conocidos en el lenguaje cotidiano y no todos los habitantes del continente. Doctrina y corolarios que fueron marcando a lo largo del siglo xix la progresiva sustitución estadounidense de Reino Unido como primera potencia marítima y mundial, que se consolidará a través de las dos Guerras Mundiales (1914-1918 y 1939-1945).

Por otro lado, parece innegable que hoy día estamos asistiendo a lo que podría verse también como el intento de una potencia emergente, la República Popular China, de ir sustituyendo al gran hegemón actual, los Estados Unidos de América, como primera potencia mundial política, comercial y, si no marítima, ámbito hoy día relegado a un lugar más secundario, sí tecnológica. Y aunque éste sea un enfrentamiento mucho más global que el de hace doscientos años (EEUU vs. RU) –que no en balde han transcurrido estos doscientos años– puede ser que no deje de haber algunas similitudes entre ellos.

Situémonos en el año 2011, en el que, por una parte, las organizaciones económicas internacionales y el mundo financiero posicionaron a China como la segunda potencia económica del mundo tras haber superado a Japón y, por otra, la Administración Obama estadounidense designó el área Asia-Pacífico como el principal teatro de interés político, económico-comercial y de seguridad de su política exterior (el célebre “giro” o “pivote” hacia el Pacífico).

Desde ese año, China ha ido tomando, en esa misma área geográfica, una serie de iniciativas que, por una parte, pueden interpretarse como claros indicios de su carrera por la hegemonía mundial y, por otro, como el haber decidido que los primeros pasos de dicha carrera deberían ser la hegemonía “local” en su área más próxima: el Asia Indo-Pacífica. Algo así como un “Asia para los asiáticos” y después ya veremos.

El primer paso, y probablemente el más importante y significativo, de esta primera etapa de la carrera por la hegemonía fue la iniciativa presentada por el presidente chino Xi Jinping en 2013. Primero en la Universidad de Astaná (Kazajistán) en septiembre, donde abogó por “recuperar los grandes beneficios de la antigua Ruta de la Seda a través del establecimiento de un corredor económico y de cooperación y desarrollo entre China y el Asia Central”. Y un mes más tarde, en octubre, en Yakarta (Indonesia), tras su paso por Paquistán, en visita oficial a ambos países, en donde propuso completar su propuesta del mes anterior con una Ruta de la Seda marítima y la creación de un Banco Asiático de Inversiones en Infraestructuras. Se había concebido la nueva Ruta de la Seda, que desde entonces no ha dejado de desarrollarse: la construcción progresiva de infraestructuras, que, partiendo de China y a través de Asia central y de las costas índicas asiáticas, faciliten y promuevan el comercio y las inversiones chinas.

Infraestructuras terrestres (Ruta terrestre de la Seda): carreteras, ferrocarriles, aeropuertos, oleoductos y gaseoductos. E infraestructuras de apoyo al comercio marítimo (Cinturón de la Seda o de las Perlas): puertos, depósitos, astilleros, etcétera a todo lo largo, del mar de la China Meridional y del océano Índico asiático (el tan traído y llevado Rimland de la geopolítica clásica).

Cinturón de la Seda que ya ha empezado a materializarse partiendo de los puertos chinos y a través de las “perlas” de la isla indonesia de Beiltung, del puerto ceilanés (o esrilanqués) de Hambautota y del puerto paquistaní de Gwadar, donde enlaza con la Ruta terrestre por el conocido como “corredor paquistaní”, que, bordeando a la India por el norte, une por vía terrestre China y Paquistán, como una derivación del su eje principal China-Repúblicas centroasiáticas exsoviéticas. Sorteando, así, a las otras dos potencias asiáticas: Rusia (Siberia) e India.

Un proceso de creación de “ataduras” a través del desarrollo, que exige, sin duda, el complemento securitario que China está llevando a cabo con su progresiva presencia “pacífica” en todos los escenarios de litigio territoriales, o mejor sería decir marítimos, que mantiene con sus vecinos del mar de la China Meridional: Vietnam, Filipinas, Malasia y Taiwán (islas Spratly, Paracelso, Pratas, etcétera). Y con la cada vez mayor presión ejercida sobre los que entiende “sus territorios irredentos”: Taiwán y Hong Kong.

Procesos desarrollista y securitario que se han combinado recientemente (27 de marzo de 2021) con la firma por China e Irán de un acuerdo de cooperación política y económica de una duración prevista de 25 años, por el que Irán se compromete a vender petróleo a China a precios competitivos y China, a cambio, realizará inversiones por valor de 400.000 millones de dólares en infraestructuras iraníes: sanidad, hidrocarburos, petroquímica, energía nuclear, transportes y seguridad.

Y con el también reciente (noviembre de 2020) Acuerdo de Asociación Económica Integral Regional o 10+5, por los diez países asiáticos de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN) más los asiáticos China, Japón y Corea del Sur y los oceánicos Australia y Nueva Zelanda; constituyendo el bloque comercial más grande del planeta, que afecta a 2.300 millones de personas y al 30% de la economía mundial. Un nuevo acuerdo económico-comercial que ha dado la puntilla final al no tan antiguo (2016) Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica, del que, en cualquier caso, ya el presidente Trump había sacado a Estados Unidos (enero de 2017), al comprobar la imposibilidad de teledirigirlo a su conveniencia.

Dicen que la historia no se repite, pero sí parece que imita al sol, siempre de este a oeste: si Europa superó científica, económica y comercialmente a la China clásica entre los siglos xvii y xix y Estados Unidos a Europa entre el xix y el xx, ¿otra vez China a lo largo del xxi y el xxii? ¿Empezando con su propia Doctrina Monroe o Xi Jinping o de la Ruta de la Seda: Asia para los asiáticos?


Enrique Vega Fernández | Coronel de Infantería (retirado), Asociación por la Memoria Militar Democrática