Prensa, relato, subversión

En el mes pasado, al cumplirse un aniversario redondo de la instauración de la República, en los medios escritos y digitales aparecieron centenares de opiniones y de comentarios sobre lo que representó en la historia de España. A un lado, en la tradición golpista/franquista se aprovechó la ocasión para seguir denostándola. Al otro, se la defendió como una ocasión perdida. Las pasiones suscitadas ahora recuerdan, en alguna medida, las que levantaron las discusiones en aquel entonces. Los medios las reflejaron. También las acentuaron. Ciertas consecuencias fueron leves. Otras no: prepararon los ánimos para apoyar una conspiración de carácter monárquico, militar y fascista. Estos calificativos puestos juntos no gustan a muchos pero representan una realidad pasada contrastable.

Los denuestos contra la República no dataron de 1936. Aparecieron mucho antes. Quedaron, por ejemplo, inmortalizados nítidamente en La Nación el 11 de abril de 1931, víspera de las elecciones municipales.

“La derrota de los monárquicos representaría la del orden social y la de todos los principios tradicionales en que se basa la vida española; significaría un avance desconsolador hacia el caos comunista, hacia la locura soviética, que ha elegido a nuestra Patria como terreno de experimentación para convertirla en una nueva Rusia, hambrienta, inmoral y aislada del mundo civilizado. Los candidatos revolucionarios proclaman en sus mítines que la República es un escalón para llegar al comunismo, y la una y el otro representarían para España la liquidación afrentosa de un pueblo glorioso que, por monárquico y católico, con la fuerza de su fe y el temple de su raza, supo descubrir y civilizar un mundo nuevo. La revolución, simbolizada en las elecciones municipales por la candidatura republicano-socialista, quiere decir para Madrid, según el pacto de San Sebastián, la desmembración de la capitalidad del Reino, que se vería convertida en una ciudad muerta, y para España, el escarnio a la religión católica, la bancarrota del crédito nacional, la disolución de los institutos armados, la desarticulación de los servicios administrativos, la desorganización de la justicia y, en suma, el desorden endémico, que motivaría forzosamente una intervención extranjera, porque Europa no se avendría a vivir entre el infierno bolchevique ruso y el caos soviético español. La revolución, por la que abogan republicanos y socialistas, sin ver—¡ciegos!— la amenaza tajante del comunismo, simboliza: para los católicos, el triunfo del materialismo y del sensualismo más groseros; para los militares y los funcionarios, la pérdida de sus empleos; para los aristócratas, la persecución implacable; para la Agricultura, la Industria y el Comercio, la total ruina; para los obreros, la falta de trabajo y el hambre, y para los españoles todos, la vergüenza de haber dejado hundir en el oprobio, insensibles y cobardes, lo más alto, lo que más se ama en la tierra, porque está hecho de dolores, de sacrificios, de abnegaciones y de amor: la Patria. Frente al perverso designio revolucionario se alza, como protesta y dique, como representación de la España de siempre, de la que es generosa en el triunfo y digna en las adversidades, la conjunción de todos los monárquicos, que quiere decir Patria dignificada, Orden asegurado. Religión respetada. Justicia recta. Derecho garantizado, Libertad bien entendida. Trabajo, Progreso y Paz. Elegid entre la revolución y el orden; entre la tiranía roja y el vivir democrático de los pueblos modernos; entre la barbarie soviética y la civilización. Revolución, tiranía y sovietismo es lo que encubre, aunque no lo quieran los elementos integrantes, la candidatura republicano-socialista. Orden, democracia y civilización es el anhelo de los que integran y apoyan la candidatura monárquica”.

No he quitado ni puesto una coma. Las negritas sí son mías. En la proclama están todos los elementos que figuraron, reiterada y machaconamente, en los medios monárquicos (y también en otros) durante los años siguientes. Cualquier lector puede comprobarlo (La Nación es accesible en internet). La contribución del historiador estriba en examinar la congruencia entre la palabrería de la época y las actuaciones reales subyacentes. Estas fueron lo importante. El relato creado por la prensa, una consecuencia y no al revés. Fueron los monárquicos (alfonsinos y carlistas) y un sector del Ejército quienes, para derribar la República, necesitaban acentuar dos aspectos fundamentales: a) la noción de que existía un estado de necesidad (con las apelaciones al peligro inminente de una revolución comunista –o ahora socialista–); b) la ayuda de una potencia extranjera pirata, es decir, la URSS. Sus proclamas proyectaron, sin embargo, sus propias actuaciones bajo cuerda hasta culminar en julio de 1936.

Muchos detractores de la República elevaron sus voces el pasado mes en el surco de la tradición de los años treinta. Han silenciado (distorsión obliga) la inconveniente evidencia primaria relevante de época. Por ejemplo: en octubre de 1935, el simpar Don Antonio Goicoechea, en su por lo menos tercera entrevista con Mussolini, a la vez que le pedía parné para seguir financiando la agitación subversiva en los cuarteles, le informó de que, si las izquierdas volvían al poder, incluso por medio de elecciones, ellos (los monárquicos y los militares) se sublevarían. Lo repitió por carta en junio de 1936, con José Antonio Primo de Rivera y Calvo Sotelo. Por supuesto, para salvar a la patria, como ya había afirmado La Nación cinco años antes.

Todo el discurso mediático de las derechas en la primavera de 1936, también para salvar la “minucia” de sus intereses oligárquicos y corporativos, ha de entenderse a la luz de los planes que iban acelerándose en ritmo e intensidad. Existió una congruencia total entre un relato retórico y la realidad subyacente.

¿Qué metodología siguen, en cambio, autores como Don Andrés Trapiello o el profesor Stanley G. Payne? La típica de una “historia” basada en el principio de proyección: es decir, atribuir al adversario el tipo de comportamientos propios. Así, el primero se inventa alegatos de Largo Caballero. El segundo, reescribe el mismo libro en versiones variadas desde principios de los años setenta y toma incluso citas inventadas por el anterior. La culpa fue de las izquierdas. Como se decía en el relato que quiso imponerse a la ciudadanía en 1936.

¿Qué más cabe hacer hoy? De entrada, poner al descubierto las pamemas argumentales de La Nación y equivalentes en su relato entre 1931 y 1936. (Es una pena que El Debate cedista no esté en línea y que haya que consultarlo en hemerotecas. Habría que remediar este fallo alguna vez). Relacionarlas luego con la evolución de la subversión (para lo cual convendría seguir explorando los archivos relevantes). En el ínterin, subrayar lo evidente: los años veinte del presente siglo ni son, ni pueden ser, una repetición de los años treinta del siglo pasado, con gobiernos “social-comunistas” o no. A la par, rechazar también un mensaje nada subliminal que se dirige especialmente a un sector del electorado engañado por Vox, así como por ciertos segmentos del PP sobre el pasado y sobre el presente.

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Ángel Viñas es economista e historiador especializado en la Guerra Civil y el franquismo.