La vuelta de la guerra convencional

Hasta la madrugada del día 24 de febrero de 2022, en que el gobierno ruso decidió lanzar por sorpresa una ofensiva sobre puntos estratégicos de la defensa militar de Ucrania como antesala de la invasión terrestre del territorio, el conflicto, aunque con una gran complejidad por sus componentes geopolíticos, ideológicos y culturales y con evidentes riesgos sistémicos, se estimaba limitado en su doble vertiente de guerra fría interestatal (Kiev-Moscú), en cuanto punto de fricción entre Occidente (expansión de la OTAN) y Oriente (mantenimiento del área de influencia de la Federación Rusa, más limitada que el de la antigua URSS); y una guerra caliente intraestatal (oeste-este), declarada tras la anexión rusa de la península de Crimea y el apoyo al movimiento secesionista de las regiones prorrusas.

Las tensiones geopolíticas de fondo se habían desatado con las manifestaciones nacionalistas de signo prooccidental (Euromaidán) que, con un indisimulado respaldo transatlántico, reaccionaban así a la suspensión del acuerdo de asociación con la Unión Europea. El presidente Yanukovich, prorruso, fue destituido. Rusia, recuperado su potencial económico con las exportaciones energéticas y constituido en un consolidado régimen autocrático, aprovecha la crisis nacional ucraniana para explotar el sentimiento de afinidad en el este del país, y reaccionar a la percepción de cerco impuesta en su frontera occidental. Con el argumento de la defensa de la población, después de un referéndum sin garantías ni reconocimiento internacional, se produce la anexión de facto de Crimea y un decidido apoyo a las milicias separatistas de la región de Donbass (repúblicas de Donetsk y Lugansk).

El conflicto, que acumulaba en sus ocho años de duración más de 14 000 muertos, se había mostrado resistente a la mediación, pese a los esfuerzos desplegados por la OSCE en las conversaciones de paz entre las partes, con la implicación activa de Francia y Alemania, plasmadas en los acuerdos de Minsk I y II. La resolución definitiva del conflicto no estaba en el horizonte por enmarcarse en una disputa geoestratégica más amplia, pero sí la aspiración de los actores internacionales a encapsularlo para reducir el riesgo de una peligrosa escalada global. El significativo aumento de tropas y material ruso en la frontera se interpretaba como un modo de presión extrema, pero nunca como la preparación para un ataque inminente. En este sentido, la alerta de la inteligencia estadounidense, aunque fundada en movimientos reales de grandes unidades, se consideraba meramente preventiva.

Hasta aquella madrugada de hace ahora justo un mes, la guerra, con un restringido empleo de las fuerzas convencionales, se libraba en otros terrenos, configurando diversas modalidades de la llamada guerra híbrida, principalmente en los ámbitos de la manipulación económica, las campañas de desinformación y las fuerzas irregulares (doctrina Gerasimov). En efecto, el control del suministro de gas habilita a Moscú para asfixiar a conveniencia a la economía ucraniana —y, por ende, presionar a la europea— y fomentar así el descontento social contra el gobierno de Kiev; la profunda división de la sociedad ucraniana permitía influir en la opinión pública con noticias sesgadas y propaganda prorrusa, contrarrestando de esta forma la procedente de Occidente. Y, en fin, el apadrinamiento de las milicias separatistas, la narrativa de la supuesta nazificación del gobierno ucraniano —que tan bien conecta con el imaginario de la resistencia rusa, pese a tratarse de una clara falacia— y la introducción en el territorio de fuerzas especiales sin identificación, mantenía la tensión alta para consolidar la ocupación.

No obstante, el conflicto Ucrania-Rusia, antes de estallar las hostilidades, planteaba serios interrogantes sobre la conformación del sistema mundial en el siglo XXI. El desenlace del pulso político geoestratégico planteado entre la Alianza Atlántica (EE. UU.), establecida en los bordes del espacio ruso con contingentes militares permanentes (repúblicas bálticas), y la Federación Rusa con voluntad manifiesta de recuperar presencia mundial, comenzando por asegurarse su zona de influencia. El deslizamiento occidental de Ucrania —una cuña en su espacio continental— era considerado un casus belli para el Kremlin. La estabilidad del mercado energético en Europa con la ampliación del control ruso en las fuentes de producción, transformación industrial y transporte también se jugaba en la partida. Y, como consecuencia de la escalada de tensión, el proceso de militarización creciente de la región con la acumulación de tropas, armamento y medios rusos en la frontera con Ucrania, la concesión de Bruselas de fondos de Defensa a Kiev y las facilidades de despliegue en los países vecinos.

Era precisamente el peligro real de conflagración mundial lo que parecía garantizar, en último término, que no se produciría nunca un ataque directo y a gran escala a la soberanía de Ucrania. Ahora, consumado lo imposible, la nueva línea roja es el empleo táctico de armas nucleares —con la amenaza de una inconcebible DMA y el invierno nuclear en el horizonte en sentido no figurado— y todos los riesgos potenciales asociados al sistema político, económico y de seguridad colectiva que caracterizan a un conflicto internacionalizado de efectos globales se han hecho presentes, abriéndose preocupantes incertidumbres en el futuro inmediato.

Los conflictos sistémicos suponen un riesgo estructural sobre el sistema de seguridad colectiva debido a los efectos que producen en múltiples dominios. El impacto sobre las relaciones entre las grandes potencias y su reflejo en el equilibrio de poder del sistema mundial de relaciones internacionales, que ya se muestra con la configuración de un nuevo orden mundial a partir del acercamiento casi inevitable Rusia-China, donde el sistema democrático liberal ya no es un denominador común. La activación del dilema de seguridad en la carrera armamentista para elevar la disuasión con una postura de fuerza (aumento de los presupuestos de Defensa, activación del complejo industrial-militar, desarrollo de nuevas armas como las hipersónicas).

La eufemística “operación militar especial” del ejército ruso ha supuesto una vuelta imprevista a la guerra convencional, cambiando una pauta que parecía consolidada en el siglo XXI. Contra todo pronóstico, este conflicto ha seguido un camino inverso

La disrupción política, económica y social de toda guerra se traduce en un flujo de refugiados y desplazamientos internos, siendo ya cerca de 4 millones en un mes de combates. El esfuerzo generoso de acogida de la UE no impedirá que, si bien de forma más mitigada que en otros conflictos como el de Siria en que no existió tal generosidad, se alimenten las redes de tráfico de personas, la economía sumergida y la delincuencia transnacional organizada. El conflicto, con el resentimiento comprensible de las víctimas, nutrirá también los extremismos políticos.

La adopción de medidas de sanción económica y retirada de los foros internacionales, además de los efectos globales, tendrá un impacto directo sobre la calidad de vida de las personas, el comercio y las relaciones internacionales de una gran potencia como Rusia, repercutiendo en la economía internacional. El riesgo de la fragmentación de la globalización con la formación de sistemas paralelos, incluso con desconexión cibernética entre regiones mundiales, no es improbable. La afectación al consenso mundial dificultará mucho el desarrollo de la agenda internacional en los grandes retos de la humanidad, que persiguen la igualdad entre las personas, la protección del planeta y la prosperidad general (Agenda 2030).

En definitiva, la eufemística “operación militar especial” del ejército ruso ha supuesto una vuelta imprevista a la guerra convencional, cambiando una pauta que parecía consolidada en el siglo XXI. Contra todo pronóstico, este conflicto ha seguido un camino inverso: de la guerra encubierta, limitada, sin ostentación del poder militar, a una guerra abierta, de potencia de fuego y movilización de grandes contingentes sobre el terreno. El ataque salvaje ordenado irresponsablemente por el presidente Putin contra el pueblo de Ucrania supone una doble conculcación: la prohibición de hacer la guerra y el respeto a las normas del derecho internacional humanitario. El pragmatismo de los intereses del Estado por encima del sistema internacional de seguridad colectiva y de la seguridad humana. Ahora solo nos queda esperar que no cunda el ejemplo en otras situaciones de parecidos razonables.

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