
Decía Napoleón, o dicen que lo dijo, da igual porque es una gran verdad, que el problema de la guerra se reducía a tres palabras: dinero, dinero y dinero. Dinero para poder llevarla a cabo, dinero para poder ganarla, pero también dinero porque se sale de ella, si se gana, económicamente beneficiado respecto a su(s) contrincante(s).
En este sentido, parece que estamos asistiendo a la creación (o repetición, como se prefiera) de una especie de corolario inverso del viejo dicho napoleónico: la cuestión de la paz consiste en dinero, en negocio. No de la paz propia, del fin de una guerra de la que se es partícipe, combatiente, sino de las guerras entre otros. Podríamos llamarlo la Doctrina Trump.
Tres episodios recientes pudieran orientarnos de en qué consiste esta Doctrina Trump. El pasado 29 de septiembre, el presidente Trump (porque nadie se refiere a él como el Plan de Paz estadounidense, sino siempre como el Plan de Paz de Trump) presentó un Plan de Paz para Gaza de 21 puntos, en el que entre otras muchas propuestas, se propone una reconstrucción de la franja de Gaza -en realidad, del 47% de la Franja, porque el 53% restante, queda en manos de Israel (Línea Amarilla)- bajo el mandato (al modo del viejo Mandato Británico colonialista) de una Junta de Paz presidida por él mismo, Donald Trump, que regiría y dirigiría la financiación, la reurbanización y la reforma de dicha reconstrucción física y administrativa, bajo la seguridad proporcionada por una una Fuerza de Estabilización comandada, controlada y dirigida por las Fuerzas Armadas estadounidenses.
Algo parecido se puede concluir del Plan de Paz para Ucrania de Trump (de nuevo, nadie se refiere a él como el Plan de Paz estadounidense, siempre el Plan de Paz de Trump) de 21 puntos del pasado 21 de noviembre (de 2025), que incluye varias cláusulas relativas a la reconstrucción física, económica y administrativa de Ucrania tras el preconizado Plan para el fin de las hostilidades. Como en el caso anterior sobre Gaza, la reconstrucción sería supervisada y garantizada por Estados Unidos a través de un Consejo de Paz, también presidido por el propio Trump, que tendría la última palabra sobre cualquier discrepancia que pudiera surgir en la interpretación o ejecución del Plan. Y se financiaría con un denominado Fondo de Desarrollo para la Reconstrucción elaborado por el Banco Mundial, entre cuyos objetivos estaría la extracción de minerales, entre ellos, las “tierras raras” ucranianas a las que Estados Unidos tiene el ojo echado desde hace tiempo y en cuya participación el propio presidente Trump se ha mostrado muy interesado en el pasado. Además, el Plan cuenta para esta financiación con los fondos rusos que tiene congelados la Unión Europea, de los que cien mil millones de dólares serían utilizados para iniciativas lideradas por Estados Unidos, que recibiría el 50% de estas ganancias, debiendo la Unión Europea aportar otros cien mil millones de dólares.
Dos planes de paz beneficiosos económicamente para Estados Unidos y sus empresarios (incluido su propio presidente) al que se acaba de añadir el Acuerdo de Paz Congo-Ruanda, firmado el pasado 4 de diciembre en la sede del Instituto Americano de la Paz de Washington –rebautizada con ocasión del evento como Edificio Donald Trump– ratificando los compromisos adquiridos por las autoridades congoleñas y ruandesas el 27 de junio (bajo mediación y presión de Estados Unidos) en Washington, que permite a Ruanda mantener tropas en el este del Congo hasta que se neutralice a las Fuerzas Democráticas de Liberación de Ruanda y al M23, el grupo rebelde ruandés apoyado y sostenido por el Congo; y el firmado por Ruanda y el M23 en el mismo sentido, el 15 de noviembre en Catar.
En este citado Acuerdo de Paz de 4 de diciembre hay también, cómo no, una dimensión económica (tildada por el presidente Trump como “con la que se va a ganar mucho dinero”): integración económica regional y acuerdos bilaterales entre Estados Unidos, con acceso preferencial, y ambos países para la explotación de minerales estratégicos para la alta tecnología, abundantes en ambos países, incluidas las tierras raras y otros minerales esenciales.
Se podría incluir el acuerdo alcanzado en octubre de 2025 entre Tailandia y Camboya tras sus enfrentamientos fronterizos de julio de 2025, mediado por Estados Unidos y Malasia, en el que también, en el capítulo de aspectos económicos y cooperación, se incluyen diversos acuerdos comerciales entre Estados Unidos y ambos países en áreas como la electrónica, los minerales o la joyería; pero desgraciadamente este acuerdo quedo invalidado al romperse de nuevo las hostilidades en el pasado noviembre.
Ninguno de los tres planes de paz (Ucrania, Gaza, centroáfrica) parecen tener muchas posibilidades de llegar a ponerse en vigor tal como están inicialmente redactados, pero si alguno de los tres llegara a implementarse tras las modificaciones que pudiera haber, lo más probable es que estas citadas cláusulas, que suponen beneficios económicos para Estados Unidos (y para su presidente y algunos de sus grandes magnates), estarían incluidos de una forma u otra.
Quizás haya ocurrido así siempre a lo largo de la historia, pero creo que dado el descaro con que se está haciendo en estos momentos, no estaría de más instaurar un nuevo dicho alegórico a los muchos que tratan de reducir la historia a frases épicas: la Doctrina Trump: la paz como negocio.
Enrique Vega es coronel de Infantería (retirado). Licenciado en Psicología y doctor en Paz y Seguridad Internacionales
