La herida no cerrada

Sigue sangrando copiosamente la herida que la humanidad se infligió a sí misma cuando la creación del Estado de Israel en territorios palestinos forzó el desarraigo de unos pueblos violentamente reemplazados por otros. La misma plaga se había abatido sobre Europa al concluir la 2ª Guerra Mundial y afectó a unos 30 millones de europeos (más de la mitad, alemanes); pero en este caso las heridas se cerraron en breve plazo y los odios ancestrales fueron ahogados por un esfuerzo común de integración y por la instauración de una entidad supranacional uno de cuyos fines era evitar la repetición de nuevas guerras.

La reconciliación de los dos sectores entre los que estaban divididas las lealtades del pueblo palestino, anunciada recientemente por Fatah y Hamás, ha provocado la inmediata reacción del Gobierno israelí, abandonando unas conversaciones de paz ya muy demoradas en el tiempo y que parecían no conducir a ningún fin. Pero la verdadera causa de la interrupción, que Netanyahu ha atribuido a la naturaleza terrorista de Hamás, no es otra que la continua expansión de los asentamientos israelíes en territorio palestino y la persistencia de la ocupación militar, ambas apoyadas por Estados Unidos.

Desde los acuerdos de Oslo, según informa la organización estadounidense Jewish Voice for Peace, se ha duplicado el número de colonos judíos en tierras palestinas hasta más de 600.000 pobladores. Las promesas de Netanyahu en su campaña de reelección incluían “un millón de judíos viviendo en Judea y Samaria”. Como escribe Cecilie Surasky, vicedirectora de la citada organización, “en vez de culpabilizar a Israel por la violación de los acuerdos, EE.UU. ha seguido recompensando a su Gobierno y apoyando la ocupación con una ayuda militar anual de 3.200 millones de dólares”.

Netanyahu ha acusado a la Autoridad Nacional Palestina (ANP) de haber “elegido a Hamás en vez de la paz” al buscar la reconciliación con la organización que gobierna Gaza. Sin embargo, si el Gobierno de Israel realmente creyese en la vía diplomática debería satisfacerle la nueva situación que pone en la misma mesa de negociaciones a todas las partes implicadas en el conflicto. De hecho, el presidente israelí sabe bien que en el pasado existieron ya negociaciones entre Israel y Hamás.

Tanto EE.UU. como Israel han favorecido la división política entre Cisjordania y Gaza, porque debilitaba a Mahmud Abás al mermar su capacidad de negociar en nombre de todo el pueblo palestino. Esta hipocresía se pone más en evidencia cuando se recuerdan las lamentaciones de Netanyahu por no poder negociar eficazmente con los palestinos, porque estaban divididos entre ellos mismos.

Tres fueron las condiciones exigidas por EE.UU. e Israel para iniciar las conversaciones de paz: rechazo de la violencia, reconocimiento del Estado de Israel y respeto a los acuerdos anteriores. La ANP las había aceptado, pero es el Likud, el partido de Netanyahu, el que rechaza la creación de un estado palestino. Tanto Hamás como Likud han adoptado unas posiciones que no facilitan el acuerdo -y ambos han propiciado la violencia contra la población civil-, pero cualquier negociación que prescinda de ellos está abocada al fracaso.

En la práctica es como si EE.UU. actuase como representante de Israel en las conversaciones de paz. Los continuos retrasos de los que se lamenta el Secretario de Estado John Kerry han beneficiado a Israel, que sigue construyendo nuevos asentamientos. Además, la ANP es consciente de que si reconoce la “naturaleza judía” del Estado de Israel, el 25% de los ciudadanos israelíes, que no son judíos -en su mayoría, palestinos-, quedarán relegados a una condición inferior e incluso se les negará el derecho a ser reconocidos como refugiados palestinos.

Todo esto tiene lugar en un territorio ya desmenuzado y fragmentado bajo la mirada tolerante de Washington. Cualquier solución biestatal se establecerá sobre una base harto desequilibrada, porque la política israelí ha creado ya de hecho un solo Estado que incorpora a Israel, Cisjordania, Gaza y Jerusalén Oriental, en el que los derechos civiles son distintos para judíos y no judíos.

No es, pues, de extrañar el reciente desliz de John Kerry en una grabación filtrada, en la que advertía que Israel podría convertirse en un “Estado de apartheid” si no aceptaba la solución biestatal. Aunque esto fue rápidamente desmentido, poco añade a lo que muchos políticos israelíes han admitido ya. Será imposible cualquier negociación de paz que no parta de la base del enorme desequilibrio entre ocupantes y ocupados. Solo cuando israelíes y palestinos se sienten frente a frente, sin que EE.UU. actúe como mentor de Israel, podrá abrirse el camino hacia una solución viable.

Por eso, hay que reconocer que la campaña BDS (Boicot, desinversiones y sanciones) contra las empresas que se benefician de la ocupación, y otras actividades no violentas que castiguen las violaciones israelíes de los derechos humanos y de los principios democráticos, podrán atenuar ese desequilibrio que imposibilita el diálogo, para avanzar hacia una solución viable.

Piris

Alberto Piris es General de Artillería en la reserva y ha sido analista del Centro de Investigación para la Paz (CIP-FUHEM) desde 1984 hasta diciembre de 2006. Actualmente forma parte del equipo de trabajo del Centro de Educación e Investigación para la Paz (CEIPAZ).