La entrevista Biden-Sánchez no soluciona la radiactividad de Palomares

El 17 de enero de 1996 colisionaron durante una maniobra de repostaje en vuelo sobre el cielo de Palomares (Almería) un bombardero B-52 y un avión cisterna KC-135.

El B-52 portaba cuatro bombas termonucleares del modelo B28 FI. A dos de los artefactos no se les abrió el paracaídas, impactaron contra el suelo y al reventar liberaron los cuatro kilos y medio de plutonio que contenían. El fuerte viento reinante se encargó de esparcir el aerosol de óxido de plutonio por varios centenares de hectáreas.

Las otras dos bombas no sufrieron daño al haberse desplegado sus paracaídas, pero una de ellas cayó en el mar impulsada por el vientoAfortunadamente, en las proximidades de donde cayó la bomba al agua estaba el pescador catalán Paco Simó, luego conocido como Paco el de la Bombaque tomó referencias del lugar de la caída. Los norteamericanos le interrogaron e incluso le llevaron varias veces en barco al lugar donde decía que había caído la bomba y siempre les llevaba exactamente al mismo sitio porque había cogido referencias en tierra y cualquier marinero sabe que ese sistema es tan exacto como el GPS. Pero Paco Simó tropezó con la soberbia del almirante William S. Guest, que no estaba dispuesto a seguir las instrucciones de un “simple” pescador.

La VI flota estuvo empantanada buscando la bomba durante casi tres meses, hasta que uno de los operadores de un submarino, convencido de la exactitud de las referencias de Paco Simó, decidió desobedecer al Almirante y se desplazó sin ser visto varias millas mar adentro y localizó la bomba justo donde Paco Simó había dicho que estaba meses antes.

En la numerosa literatura que se ha escrito sobre Palomares no he encontrado las críticas que se merece la ineptitud del almirante William S. Guest. Sirva este modesto artículo para denostarle y criticar el tipo de disciplina utilizada por el susodicho almirante, que no debe tener acogida en un ejército moderno donde el mando antes de tomar una decisión unilateral debe consultar con sus inferiores y tener en cuenta sus opiniones. Explicada la anécdota de la bomba de Paco Simó, veamos qué sucedió con las otras dos que liberaron su carga radiactiva.

En 1966 se desconocían los efectos de la radiactividad sobre los seres vivos y el medio ambiente en general. El Doctor Wright Langham, un famoso científico sin escrúpulos, estaba obsesionado con los efectos del plutonio sobre la salud y al tener noticias del accidente de Palomares se desplazó a esa pedanía almeriense a montar un laboratorio en vivo para poder estudiar las consecuencias del plutonio en los seres humanos. Para ello consiguió que se dejasen los casi nueve kilos de plutonio esparcidos por el terreno semi-enterrados para que luego los agricultores, realizando tareas agrícolas, levantasen el polvo radiactivo y lo inhalasen para poder estudiar sus consecuencias sobre la salud en los análisis anuales a que eran sometidos en la Junta de Energía Nuclear y luego en el CIEMAT. Para poder llevar a cabo el estudio engañaron a la población y a la opinión pública en general diciendo que los americanos se habían llevado a Savannah River toda la radiactividad, cuando realmente sólo se habían llevado 1.000 metros cúbicos de material radiactivo que contenían 270 gramos de plutonio de los 9 kilos que cayeron.

Este experimento, contrario a los más elementales principios bioéticos, ha sido calificado por dos magistrados de la Audiencia Nacional como “laboratorio a cielo abierto”. Las autoridades españolas y norteamericanas firmaron el acuerdo llamado Hall-Otero, entre el responsable de energía de EEUU y el presidente de la Junta de Energía Nuclear, Otero Navascués. De este modo se puso en marcha un proyecto secreto llamado Proyecto Índalo, que ha sido científicamente explicado por el investigador José Herrera Plaza en el último número de la revista Dynamis, distribuida por las universidades de Granada y Autónoma de Barcelona.

Hemos conocido el Proyecto Índalo gracias a que la democracia de EEUU es mucho más avanzada que la española. Allí los documentos clasificados se publican automáticamente transcurrido un plazo de tiempo predeterminado, el más corriente es el de los 25 años. En España sigue vigente la Ley de Secretos Oficiales de Franco que clasifica los documentos como secretos para siempre hasta que a alguien se le ocurra desclasificarlos. Este es el motivo por el cual hay documentos históricos que siguen siendo secretos, sobre la Guerra de Ifni o la Guerra Civil, por poner un par de ejemplos. En el caso del Proyecto Índalo nos hemos ido enterando de su contenido gracias a su desclasificación en EEUU. Aquí todo lo referente a Palomares sigue bajo la Ley de Secretos Oficiales. Este Proyecto ha estado vigente hasta el año 2009, lo que quiere decir que todos los gobiernos de la democracia hasta esa fecha han permitido que se experimente con humanos sin su consentimiento.

El acuerdo Kerry-Margallo, en 2015, fue una simple maniobra electoral, como también puede serlo éste

Ahora la radiactividad de Palomares no tiene utilidad científica y es un obstáculo para el desarrollo agrícola y turístico de la zona, por lo que no hay motivo para seguirla manteniendo, salvo el coste económico que pueda suponer. El Plan de Rehabilitación de Palomares, que por cierto sigue siendo secreto, aprobado por la Comisión Europea en 2010, está presupuestado en 31 millones de euros. Ahora, para dificultar la limpieza, han engrosado ficticiamente el coste hasta más de 400 millones.

La reciente entrevista entre Sánchez y Biden es la primera que se celebra a nivel de presidentes, pero las negociaciones siempre han existido. El contacto ha sido permanente durante estos últimos 57 años. El anterior empujón a alto nivel fue también en vísperas electorales, en 2015, cuando se firmó el acuerdo Kerry-Margallo que no obligaba a ninguna de las partes. Este último fue una simple maniobra electoral, como también puede serlo éste. El tiempo lo dirá.

Para que Kerry y Margallo llegasen a ese acuerdo de intenciones, previamente el Departamento de Energía de EEUU, el USDOE, envió al Ministerio de Asuntos Exteriores, y éste al CSN, el 17 de julio de 2015, el documento secreto titulado “Evaluation of Alternatives for Remediation of Soil of Contamination at de Palomares Accident Site (DOE/NV-1536).” Este documento fue informado favorablemente por la Directora de Protección Radiológica del CSN Sra. Ojanguren y aprobado en la sesión del CSN celebrada el 22 de julio de 2015.

Este documento “secreto”, en base al cual se llegó al acuerdo Kerry-Margallo, consiste en rebajar el nivel de radiactividad que se pretende dejar en Palomares y como consecuencia no limpiar todas las tierras radiactivas, 50.000 m3, sino sólo 28.000 m3.

El máximo nivel de radiactividad permitido legalmente es de 1 miliSievert al año, lo que equivale a recibir 10 radiografías de tórax al año. El acuerdo Kerry-Margallo pretende dejar un nivel de radiactividad de 4 miliSievert anuales, lo que equivaldría a que los habitantes de Palomares reciban varias radiografías al mes. Si tras la reciente conversación entre Sánchez y Biden no se modifica el acuerdo Kerry-Margallo, no se habrá solucionado el problema y habrán dejado 22.000 metros cúbicos de material radiactivo pendiente de limpieza y sobrepasando los límites legales establecidos, en cuyo caso no se dará el problema por solucionado.

En el acuerdo Kerry-Margallo, los norteamericanos sólo se comprometen a guardar los residuos radiactivos, corriendo la limpieza y el transporte por cuenta de España. Ante esta situación, lo que propone Ecologistas en Acción es que se proceda ya a la limpieza, se meta en bidones todo el material radiactivo y se almacene en un ATI (Almacén Temporal Individualizado), como hacen las centrales nucleares con sus residuos radiactivos. Una vez almacenado el plutonio, el Gobierno puede seguir negociando con el USDOE o con cualquier otro país el lugar de almacenamiento definitivo, pero ya sin el peligro que supone tener material radiactivo a la intemperie cuyas partículas las mueve el viento, el agua, la fauna silvestre y doméstica, y la actividad humana.

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