La actualidad se hace eco del libro de Stéphane Hessel Indignez-vous! escrito en 2009, un breve opúsculo que llamó a la “insurrección pacífica” y a rebelarse contra un mundo “gobernado por los poderes financieros que lo acaparan todo”. El nonagenario Hessel, con este exitoso ensayo, seguido de Engagez-vous! (Comprometeos) un año más tarde, exhortaba a los jóvenes a reaccionar y emprender acciones no violentas para oponerse a los poderes del capitalismo. “La peor de las actitudes es la indiferencia”, defendía el diplomático germano-francés
Ambas publicaciones, traducidas a numerosas lenguas, inspiraría movimientos ciudadanos en España como “Democracia Real YA”, el 15-M y otros colectivos temáticos como la PAH, la Marea Blanca (sanidad), la Marea Verde (educación) y Stop Desahucios (vivienda). Y fuera de España como Occupy Wall Street (EEUU), YoSoy132 (México) o Nuit Debout (Francia).
Pues bien, parece que lo que entonces estaba en juego, consecuencia inmediata de la crisis de las subprime de 2008, no ha desaparecido: Antes al contrario, siguen en plena vigencia injusticias como la terrible desigualdad, el enriquecimiento sin fin de las élites neoliberales, el maltrato a la población inmigrante y los desastrosos desajustes debidos al cambio climático, injusticias agravadas por la expansión de la extrema derecha en el mundo occidental.
Indignación y compromiso están ahora reverdeciendo en numerosos países, especialmente entre la juventud. Los estudiantes de secundaria en Francia han tomado la iniciativa de protestar en las calles o bloquear la entrada a los institutos para llamar la atención del deterioro de la enseñanza, que incluye falta de profesores, aulas masificadas, edificios deteriorados, temperaturas extremas durante las clases, recortes en el presupuesto previstos para 2027, etc. Inmediatamente se sumaron a las manifestaciones los estudiantes universitarios, que padecen problemas similares, muchos jóvenes de las barriadas periféricas vulnerables (las llamadas cités) , resentidos por el fracaso de la integración, y colectivos como los “chalecos amarillos”, que de nuevo sufren los precios desorbitados en las gasolineras.
La brutal represión de la policía no se hizo esperar y, además de los miles de detenidos, menores de edad en su mayoría, su ensañamiento ha causado varias mutilaciones: un joven perdió un ojo, otro la mitad de sus dientes, un adolescente perdió una mano por una granada de gas lacrimógeno…
Y violencia llama a violencia sin saber donde comienza. Comercios saqueados, mobiliario urbano destrozado o vehículos particulares incendiados por masas descontroladas, en las que se han colado alborotadores y provocadores que siempre aprovechan las marchas pacíficas para consumar todo tipo de delitos.
No obstante, los datos demuestran que la inmensa mayoría de las movilizaciones han sido pacíficas, aunque la atención de los medios se centre en los altercados, enfrentamientos violentos y el pillaje, ofreciendo prioritariamente imágenes que inmediatamente se hacen virales en las redes sociales como un mensaje —pernicioso— de que todo aquel que se manifiesta es un potencial delincuente. Ya se sabe, sólo son noticia las malas noticias. El desarrollo de manifestaciones y concentraciones pacíficas no atraen a los micros ni a las cámaras. Eso no vende. Muchos periodistas se marchan decepcionados si no hay violencia. “Nos dieron su número de teléfono diciéndonos que les llamáramos si la cosa se ponía fea”, decía una estudiante concentrada ante un instituto en París.
Algo que no ayuda mucho a calmar las aguas revueltas es la reciente decisión del presidente Emmanuel Macron de prohibir las manifestaciones que se consideren ilegítimas. Es decir, él y sus delegados departamentales, los prefectos, decidirán quién es legítimo para organizar manifestaciones contra su poder y quién no lo es, mostrando así una deriva autoritaria preocupante desarrollada especialmente durante su segundo mandato.
A río revuelto…
Como la pólvora, las movilizaciones francesas por la enseñanza se han extendido a otros países como Bélgica y Grecia y, aunque las causas difieran, también a otros países como España, Portugal y Grecia (vivienda), la política militar (Alemania), el gasto militar (Italia) y la responsabilidad política (Albania y Serbia).
Desde septiembre se han venido produciendo protestas prácticamente en todos los países de la Europa occidental en las que se comparte un sentimiento común: un futuro incierto para toda una cohorte demográfica, la llamada Generación Z. Entre ellos reina la sensación de que el futuro que se les promete contiene peores condiciones que las que ha vivido la generación que les precede, los milénicos, o las que han vivido sus progenitores. Esa sentimiento de que tienen poco que perder puede condicionar sus vidas, disminuir las esperanzas y, en el peor de los casos, llevar al nihilismo. Tal vez estas condiciones no justifiquen todo lo que sucede en las protestas callejeras, pero sin duda alguna explica y ayuda a comprender la frustración de los jóvenes y sus movimientos rebeldes. Son capas de la población que no están en la pobreza porque viven aún bajo el paraguas parental o porque tienen un trabajo, pero insuficiente para independizarse y fraguar un proyecto de vida, crear una familia y creer en el futuro.
…ganancia de pescadores
Hay quienes ven en estas protestas estudiantiles un fenómeno comparable con el Mayo del 68, también iniciado por los estudiantes para protestar por algo mucho más genérico, como era la sociedad de consumo, el autoritarismo y el capitalismo, aunque finalmente arrastró a sindicatos y a muchísimos colectivos profesionales desembocando en la mayor huelga general de la historia de Francia y la caída de Charles de Gaulle.
Es posible que no haya muchas similitudes entre ambos acontecimientos, pero lo que sí es cierto es que las consecuencias políticas podrían llegar a ser las mismas.
En el caso del 68 francés, la izquierda salió derrotada en las elecciones legislativas que se celebraron a continuación y ganó el bloque de la derecha, dando la victoria al conservador Georges Pompidou en las elecciones presidenciales del año siguiente.
En el caso actual, la extrema derecha francesa, principalmente la Agrupación Nacional lepenista, —pero no solo— se está encontrando con un terreno fértil para las semillas que viene sembrando desde hace décadas. Unas semillas cuya cubierta protectora promete protección, orden público y certidumbre, pero su tejido embrionario es portador de ultranacionalismo, autoritarismo, recortes sociales, “prioridad nacional” y remigración de trabajadores extranjeros.
Pero el antecedente del mayo francés no es único. En la Alemania de los años 1930, la profunda crisis económica, la decadencia social y el resentimiento de la población en la República de Weimar, causadas por la enorme deuda derivada de las reparaciones de guerra impuestas por el Tratado de Versalles, llevó al crecimiento de un sentimiento nacional que fue aprovechado, mediante técnicas modernas de propaganda, por el partido nazi de la mano de un mesías que les prometía, en discursos incendiarios, orden, trabajo y la recuperación del orgullo alemán, culpando de todos los males a los judíos, los comunistas y los “malos alemanes”. Nótense las similitudes con lo que hoy promueve el partido de Marine Le Pen y Jordan Bardella.
Injerencias crecientes
Para sazonar todas estas revueltas, un poco de sal y pimienta procedentes de las mejores cocinas del reaccionarismo internacional. Desde el otro lado del Atlántico, Elon Musk no se cansa en brindar su apoyo a las formaciones de extrema derecha en Europa utilizando su red social X, alcanzando a millones de usuarios gracias al manejo de algoritmos que han contribuido a desestabilizar el panorama político en Alemania, Reino Unido, Italia y Hungría.
En nuestro continente, Rusia hace otro tanto a través de campañas masivas en redes que promueven la desinformación y la manipulación de la opinión pública, amén de la financiación y el apoyo político a sus principales aliados europeos como la AfD alemana, la Agrupación Nacional francesa, el FPÖ austríaco o la Lega de Matteo Salvini en Italia.
Añadamos al muy eficaz servicio de inteligencia israelí, que extiende sus tentáculos allá donde estén sus intereses o contra gobiernos que consideren “antisemitas” por el solo hecho de criticar sus políticas expansionistas y genocidas.
Solo hay que observar las actividades de ACOM, la organización proxy de Israel en España (junto a Vox) que se alegra públicamente de los disturbios de Barcelona: “¿Queríais intifada? Tenéis intifada”, lanzaron en la red X. Por cierto, habría que preguntarse quién está detrás del misterioso colectivo “Blocus”, que lleva semanas publicando convocatorias en TikTok (con usuarios mayoritariamente adolescentes) para saquear comercios, revender lo robado y destrozar mobiliario urbano con claras indicaciones de cómo vestir, cómo actuar ante la policía y objetivos a atacar. En definitiva, con intención de desestabilizar las calles. Y precisamente ahora, en precampaña electoral.
En fin, de manera general, la Unión Europea está siendo víctima de una pinza geopolítica entre la Administración Trump (y su aliado Israel) y la Rusia de Putin, cuyos puntos de mira señalan a los gobiernos díscolos como el de Pedro Sánchez.
¿A quién interesa principalmente la desestabilización y el desorden? ¿Qué grupos políticos obtienen ventaja de estas situaciones? ¿Quién quiere aprovechar el malestar de una juventud a la que se le ha robado el futuro? La respuesta la obtienen de las líneas que anteceden, o bien saquen ustedes sus propias conclusiones.

Oficial del Ejército del Aire (R). Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología y Graduado Social. Especialista Universitario en Derecho y Políticas de la UE y Diplomado en Geopolítica y Estrategia por el Instituto Europeo de Relaciones Internacionales (IERI, Bruselas). Observador electoral Internacional del Ministerio de Asuntos Exteriores. Vocal de la Junta Directiva del Foro Milicia y Democracia (FMD).
