Hegemonía o centralidad

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En lo que llevamos de siglo XXI, y ya va un cuarto de él, estamos asistiendo a una nueva versión del histórico duelo entre dos grandes potencias por hacerse con el poder fáctico y con el relato del devenir del resto del planeta, como un episodio más del célebre, y al parecer inevitable, Principio o Trampa de Tucídides. Sus protagonistas, y al mismo tiempo antagonistas, son, como ya todo el mundo supongo tiene en la cabeza, Estados Unidos y China (o China y Estados Unidos, que tanto monta, monta tanto).

Cada uno defiende su visión del mundo y su visión/aspiración del lugar que cree que le corresponde en la geopolítica y de ellas deriva sus políticas y sus relaciones con los demás países y con las organizaciones internacionales de todo tipo en las que estos se agrupan y coordinan.

En ambos casos, podemos encontrar sentencias que resumen y representan con claridad estas visiones y nos facilitan entender y comprender las políticas a las que dan lugar.

En el caso estadounidense es la llamada “Doctrina Donroe”, versión actual del Presidente Donald Trump copiando la histórica Doctrina Monroe de 1823 de “América para los americanos”, que ha transformado en “El mundo bajo la hegemonía de Estados Unidos” cambiando la M de Monroe por la D inicial de su propio nombre (Donald).

En el caso chino es la recuperación del concepto tradicional chino del “tianxia” (literalmente “todo bajo el cielo”), según el cual el mundo debería estar ordenado en torno a un centro que asuma la responsabilidad de la armonía y prosperidad de todos, como lo estaba el mundo asiático antiguo bajo el centralismo de las dinastías históricas chinas. Concepto recuperado por el presidente chino Xi Jinping en su alocución ante la Asamblea General de las Naciones Unidas en 2015 apelando a “construir una comunidad de destino compartido para toda la humanidad” en la que China jugaría ese papel central que beneficiaría a todos los países que aceptasen su centralidad.

Y es, efectivamente, a través de estas premisas, como puede entenderse el comportamiento geopolítico de ambas potencias rivales.

En lo que llevamos de siglo XXI, Estados Unidos ha combatido en suelo extranjero para imponer sus normas, valores e intereses (es decir, su hegemonía) en, al menos, siete ocasiones: en Afganistán (2001-2021), en Irak (2003), en Libia (2011), en Siria (2014-2026), de nuevo en Irak (2014-2026), en Venezuela (2026) y en Irán (2026); ha militarizado el combate al narcotráfico en el continente americano, incluyendo actuaciones en aguas territoriales de otros países sin su consentimiento y sin garantías de actuación conforme a las legislaciones vigentes ni posibilidad de ser evaluadas por ellas; ha impuesto (o está intentando imponer) Tratados de Paz en los que se incluyen concesiones de negocios, inversiones y ventajas comerciales a Estados Unidos en Gaza, Centroáfrica y Ucrania, al estilo del acuerdo petrolero impuesto a Venezuela; ha presionado y amenazado a la Unión Europea y, más concretamente a Dinamarca —aliado suyo en la OTAN— para hacerse cargo de la seguridad de la isla de Groenlandia con derechos de explotación y comercialización de sus recursos naturales, en concreto, gas y petróleo, minerales estratégicos, incluidas “tierras raras” y agua dulce, tan necesaria como refrigerante en la industria tecnológica computacional (microchips, redes 5G/6G, IA) de alto nivel; y ha desatado importantes batallas arancelarias que han tensionado la geopolítica convirtiendo los normalmente beneficiosos acuerdos comerciales en origen de tensiones y enfrentamientos más o menos camuflados.

Este es el dilema al que se enfrenta el mundo actual: aceptar la hegemonía del país más poderoso económica y militarmente, o aceptar la centralidad del más poderoso comercialmente

Toda una serie de actuaciones e imposiciones que nos muestran claramente la vocación estadounidense de imponer su hegemonía, de la que sacar el máximo beneficio posible para su seguridad, su poder y desarrollo económico, su preeminencia cultural e ideológica y la satisfacción de sus intereses de todo tipo, independientemente del beneficio o perjuicio que ello pueda representar para el resto de la comunidad internacional.

Por su parte, la República Popular China, en lo que llevamos de siglo XXI, solo ha conocido escaramuzas con la India en la disputada frontera del Himalaya (valle de Galwan) de 2020/21, mientras mantiene su reivindicación sobre la que considera provincia secesionista de Taiwán, mediante una constante presión de diferentes modalidades de “guerra híbrida” e intenta controlar el mar de la China Meridional creando islotes artificiales (arrecifes Mischief, Fiery Cross o Antelope) , dentro de lo que denomina Línea de los Nueve Trazos (basada en en un mapa de 1947), dotados de pistas de aterrizaje y puertos de posible utilización militar.

Pero, fundamentalmente, China ha basado, y sigue basando, todo su esfuerzo en la complicidad y el beneficio mutuo. Imitando la experiencia histórica de la Ruta de la Seda, que le permitió en el pasado convertirse en el «centro» del mundo asiático, la China moderna comenzó a crear, a partir de 2013, la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI, siglas del inglés Belt and Road Initiative), o Nueva Ruta de la Seda: una red de infraestructuras terrestres y marítimas que conectan a los países por los que transitan, empezando por la propia China, facilitan la cooperación y el comercio entre ellos y permiten a China situarse como su nodo principal y, por tanto, como «el centro» de ese «destino compartido por toda la humanidad» al que aludía Xi Jinping en 2015, en su alocución ante la Asamblea General de las Naciones Unidas.

Este es el dilema al que se enfrenta el mundo actual: aceptar la hegemonía del país más poderoso económica y militarmente, o aceptar la centralidad del más poderoso comercialmente. Ambas son grandes potencias tecnológicas compitiendo entre ellas, sin que pueda vislumbrarse quién acabará adelantando a quién.

Parafraseando a Lord Palmerston: no hay países buenos y malos, sino intereses. De los poderosos y de quien tiene que relacionarse con ellos. En función de los nuestros, actuales y futuros, nos toca decidir.

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