Franco y la cruz laureada de San Fernando (13/17): La crucial contribución del Dr. Blasco Salas

En el año en el que, con gran lujo de medios y un inmenso aparato propagandístico y publicitario, se conmemoraron solemnemente los XXV años de paz (probablemente muchos añadirían por lo bajinis, “de los sepulcros”) se lanzó a bombo y platillo una película titulada Franco, ese hombre. La dirigió José Luis Sáenz de Heredia, ya elevado al olimpo cinematográfico franquista tras haber confeccionado el dramón Raza, cuyo guion escribió el propio Caudillo dando rienda suelta a sus fantasmas y contenidos deseos.

Para el nuevo engendro tampoco se escatimaron recursos. Tiene una entrada en Wikipedia y cualquier curioso puede ver en su casa aquella nueva perla del arte cinematográfico a la mayor gloria del nunca suficientemente alabado Caudillo bajándola de la red en esta página web.

Se observa que en la primera entrada en Wikipedia hay una referencia a la tesis doctoral de una historiadora francesa, Nancy Berthier. No la conozco, ni tampoco el libro de ella derivado, pero para el asunto que aquí nos ocupa es fácilmente localizable, por fortuna, un artículo suyo en el que examina la película desde un punto de vista muy interesante. Lo recomiendo a los amables lectores. En él menciona al Dr. Blasco Salas. Puede descargarse en este link.

Entre otros temas, referidos a la simbología de la película, la cobertura de ciertos mitos queridos de la dictadura, Franco, etc. que no deseo resumir aquí porque cualquier lector puede llegar a ellos fácilmente, la Dra. Berthier analiza lo que aparece hacia el minuto 19. Se ve cómo la cámara presenta una escena en la que el Dr. Blasco Salas, en su consultorio o en un despacho cualquiera no identificable, muestra una radiografía que providencialmente estaba encima de un archivador metálico. Con absoluta seriedad el galeno afirma que es la que se hizo a Franco. La peli también le toma para que los alelados espectadores puedan contemplar, extáticos, cómo se desplaza al archivador a recogerla. La Dra. Berthier reproduce el comentario del médico en un apéndice de su artículo.

Todo muy bien. Muy bonito.  Pero tan falso como un billete de 35,50 pesetas o de euros. Cualquiera podría preguntarse, como lo hizo servidor, si en la Ceuta de la época el progreso médico había ya avanzado tanto como para que el hospital dispusiera de aparatos de rayos X, porque si no, ¿de dónde pudo haber salido esa radiografía?

La respuesta es, naturalmente, que como ya presentamos la cuestión en la entrega anterior todo fue un invento al que se prestó el doctor. Todo por la Patria, y la Patria era un Franco en ella encarnado. Tal podría haber sido la fe del carbonero que correspondía a un buen militar de la dictadura en los albores del proceso de crecimiento económico que, conscientemente, el inmortal Caudillo se había negado a aceptar hasta que no tuvo más remedio que tirar la toalla. ¡Lo que son las cosas! Hoy se ha convertido en uno de los aditamentos emblemáticos con el que los franquistas redivivos adornan a su añorado conducator.

Servidor, curioso, siempre creyó que detrás de aquella escena podría haber una historia que nadie había contado. Para descifrarla debemos consultar, de nuevo, la EPRE correspondiente. No aclara todas las cuestiones, pero permite avanzar en el análisis de esta microfaceta del pasado. Y pido perdón por insistir en la, para muchos, inane cuestión de la evidencia empírica.

En primer lugar, conviene situar al personaje. Enrique Blasco Salas nació en Pamplona en julio de 1889. Obtuvo la licenciatura en Medicina y Cirugía, con la calificación de sobresaliente, en la Universidad de Zaragoza en junio de 1914. En septiembre del mismo año ingresó como alumno en la Academia de Sanidad Militar por oposición. En junio del siguiente se graduó como médico segundo en el Cuerpo del mismo nombre.

En agosto de 1915, el Dr. Blasco fue destinado a Ceuta, donde prestó servicio en varios hospitales. En el docker ya mencionado en esta serie coincidió con el Dr. Cecilio Hernández, de su mismo empleo, que también ha aparecido en una entrega previa. A principios de junio de 1916 el Dr. Blasco estaba ya en primera línea, es decir empezaba a recibir su bautismo de fuego, pero este se consumó realmente en la acción de El Biutz. Supongo que debió de ser para él un pequeño trago. Formaba parte de la columna del centro de los atacantes a la posición rifeña. Tomó accidentalmente el mando de la primera ambulancia hasta que se trasladó con su fuerza al puesto de socorro establecido en la línea de fuego.

Desde aquí comenzó la evacuación de las bajas al hospital de sangre. Ascendieron a un total de 247. Por su comportamiento fue citado como “muy distinguido” en la Orden de la ambulancia del día siguiente y poco después en la Orden de la columna del centro del 6 de junio. El 19 de este mes se desplazó a Tetuán.

Volviendo a su actuación como médico en la acción de El Biutz, es improbable que se ocupara mucho del capitán Franco si tuvo que atender a 246 bajas más. Después, participó en diversas operaciones, con base en Tetuán y el 18 de septiembre se le concedió la Cruz de 1ª clase del mérito militar con distintivo rojo. Que sepamos, en la hoja de servicios de Franco antes de que se le otorgara la misma condecoración no había habido ningún hecho relevante hasta el momento que mereciese algún tipo de mención en cualquier tipo de orden, ni de compañía ni de nada. Y eso que Franco era de Infantería. Es decir, aparte de que el Dr. Blasco sí fue mencionado en los papeles, pensamos que en aquel entonces tal condecoración no fuese lo que después llegó a ser. Quizá algún experto en condecoraciones pueda aclarar este tema y establecer una comparativa entre uno y otro caso.

En enero de 1918 el ya distinguido doctor fue destinado a Pamplona, su ciudad natal. Ascendió a teniente médico y en 1919 a capitán. A finales de este año regresó a Marruecos. No nos interesan sus vicisitudes, expuestas prolijamente en su hoja de servicios.

Daremos, por el contrario, un salto a 1935, cuando ya había ascendido a comandante médico. En aquel año estaba destinado en Madrid, en el Ministerio de la Guerra. El 9 de julio de 1936 su hoja registra un dato que da para pensar. Transcribo: “le fue enviado directamente un enlace desde Pamplona, poniéndole al corriente de lo que se proyectaba”.

Con un pretexto no identificado se trasladó el día 14 a su ciudad natal, donde “al iniciarse el Glorioso Movimiento Nacional se unió a él con entusiasmo, mereciendo toda la confianza del Exc. Sr. General Mola”. Su incorporación efectiva al golpe la hizo el 18 de julio, al toque de diana.

La inclusión en la hoja de servicios de las anteriores líneas demuestra, como no podía ser menos, que ya antes de que el diputado de Renovación Española Don José Calvo Sotelo encontrara inesperadamente su trágico fin, los preparativos para la sublevación estaban a punto y que en Navarra se contaba con uno de sus hijos para empezar el nuevo combate “por Dios y por España”. Por otro lado, la cita de la hoja nos hace pensar que el Dr. Blasco no estaba inserto en la red de conspiradores que funcionaba en el Ministerio de la Guerra bajo la atenta batuta de, al menos, el teniente coronel Valentín Galarza.

Su comportamiento mereció la felicitación de Mola. Poco a poco fue acercándose al Cuartel General del Generalísimo. Franco le felicitó en varias ocasiones. El 7 de octubre de 1937, recibió una carta del teniente coronel ayudante de Su Excelencia el Jefe del Estado (SEJE) en la que, entre otros párrafos, manifestó lo siguiente: “El Generalísimo no se olvida del servicio que Vd. le prestó cuando estaba herido y le manda un afectuoso saludo”.  Luego, en el documento sobre las vicisitudes de aquel hecho de armas que se redactó tras la jornada, se inscribió junto al nombre de Franco la siguiente aclaración:

Herida de arma de fuego en la región lateral derecha del abdomen y de pronóstico grave, habiéndole aupado [?,indescifrable] en la línea de fuego y evacuado al puesto de socorro de Kudia-Federico, guardando la Tarjeta Diagnóstico (cartulina roja) original del herido evacuado”.

No se explica en su hoja de servicios por qué el Dr. Blasco guardó dicha cartulina. Quizá la exhibió en el juicio contradictorio tras retirarla del expediente del herido. Que la conservara durante más de veinte años es notable. A lo mejor, incluso, la había hecho enmarcar.  En su participación en dicho juicio tampoco la menciona, pero no hacemos cuestión de ello. Tal vez era lo normal. Sí se indica en la misma hoja de servicios a la PATRIA que fue presidente de dos consejos de guerra en 1949, ya en su empleo de teniente coronel. Lo era desde 1943.

También se detalla que, en 1952, hallándose de permiso en Ceuta, solicitó autorización para celebrar una misa “en recuerdo de la grave herida que (…) sufrió Su Excelencia el 29 de julio (sic) de 1916 y que fue curado por este coronel médico [lo era desde noviembre de 1950]”. Debió de ser un acto muy emocionante, aunque no era la primera vez que se produjo tan emocionante acción de gracias. Fue la segunda.

Todo fue un invento al que se prestó el doctor. Todo por la Patria, y la Patria era un Franco en ella encarnado

Franco demostró en ocasiones que sabía ser magnánimo y agradecido, pero en este caso nos parece que solo hasta cierto punto. Nada que ver con el trato que dispensó a un dicen que probo jefe que le había ayudado a desembarazarse el 16 de julio de 1936 del “pequeño” problema que en Las Palmas hubiera podido presentar el general Balmes. Es más, incluso se preocupó de “suavizar” los percances que experimentó después tan fiel guerrero del antifaz en su carrera militar. Sin embargo, según las fuentes, en el caso del Dr. Blasco hay que esperar al 23 de diciembre de 1952. Fue entonces cuando SEJE lo recibió en audiencia militar junto con su hijo Enrique. Ambos entregaron al Caudillo “tierra de la Loma de las Trincheras en un saquito de artesanía marroquí y un álbum con documentación gráfica del acto”.

Con motivo de su pase al retiro, el 15 de julio de 1955, el ya coronel Blasco Salas ordenó que se distribuyera una orden especial de despedida a la unidad que mandaba y que se inscribieran las emotivas palabras que entonces pronunció en su hoja de servicios. Creo que merece que se le rinda el oportuno homenaje reproduciéndolas. En ellas derramó copiosas alabanzas en favor de SEJE y calificó a sus soldados como “soldados de España para Franco”. Añadió: “por el Caudillo hasta la última gota de nuestra sangre” y rememoró el retrato que del simpar Jefe del Estado tenía colgado en su despacho desde antes de su último ascenso con la dedicatoria “al Teniente Coronel Enrique Blasco Salas, que me curó en pleno campo de batalla, con gratitud y afecto”. Estaba fechada el 12 de febrero de 1950.

Todo muy emocionante, sin duda, pero a servidor le entristece que Franco no hubiese hecho, al parecer, nada por el Dr. Blasco. SEJE era agradecido a su manera con sus compañeros y con quienes le habían apoyado en las horas difíciles o le habían sacado de problemas. ¿Qué mayor problema que el riesgo de perder la vida?

Ahora bien, suspicaz como debe ser todo historiador, me extrañaría mucho que Franco o alguno de sus acólitos no hubieran echado nunca un vistazo al expediente del juicio contradictorio. De haberlo hecho hubiese sido imposible no detectar el papel que el joven Dr. Blasco Salas, tras su prácticamente primera acción de guerra, había desempeñado a la hora de hundir las posibilidades de que al capitán Franco le concedieran la Cruz Laureada. Los agradecimientos de Franco fueron, de ello no cabe la menor duda, sumamente parcos.

Por otro lado, el historiador debe plantearse teóricamente la cuestión de, si Franco la hubiera recibido, ¿habría también sido ascendido a comandante? De haber obtenido “su” Laureada es verosímil que el ascenso se hubiera retrasado algo. Las consecuencias de ello para la historia de España las dejo al mejor juicio del lector. Algo veremos en una próxima entrega.

Ignoro si el Dr. Blasco llegó a escribir algo sobre la Laureada que no ganó Franco. Lo que está fuera de toda duda es que siete u ocho años después de su jubilación accedió, encantado o no, a representar la pantomima a la que le incitó el director de la peli sobre Franco en los XXV años de paz. En ella mostró ante los ojos, supuestamente desorbitados, de los millares de espectadores que entonces la vieron (supongo) en un gran número de cines de España una pequeña charranada en forma de mostrar la (imposible) radiografía que de Franco dijo haber conservado.

En ella no se ve nada, pero tampoco podía verse, pues estaba sobreexpuesta y en todo caso no valía para seguir un recorrido de proyectil. Encima, la explicación que dio a los espectadores de por qué la bala no afectó al hígado al estar el capitán Franco en inspiración era completamente absurda (ya lo hemos indicado en una entrega anterior). Pudo haber sido la idea que después se quedó grabada en la memoria del solícito padre y de su queridísima hija y que han guardado, en papel, para la posteridad los eminentes historiadores Payne y Palacios.

Obsérvese, por último, que el Dr. Blasco Salas no hizo alusión a que la bala afectó al pulmón. Al parecer ya se le había olvidado que sus tres colegas, que intentaron echar una manita a Franco con “su” Laureada, así lo escribieron en su certificado. Y esto me lleva a cuestionar las razones por las cuales Franco y sus acólitos se atrevieron a presentar tal mamarrachada. No cabe exonerar de responsabilidad al director Sáenz de Heredia y a los médicos que bebieron en las copas de plata del glorioso Caudillo en el desarrollo de la imagen de Franco de cara a su sufrido pueblo.

Por lo demás, es evidente que el joven teniente médico de 1916 había hecho su particular camino de Damasco hasta convertirse en uno de los comandantes que recibieron veinte años después un aviso previo del golpe que se preparaba. También que se largó corriendo a ponerse a las órdenes de Mola y que se convirtió en el coronel que tanto recordaba aquella hazaña de 1916 a lo largo de su dilatada carrera militar. Por desgracia, no llegó al generalato. La vida suele ser injusta y Franco no parece que moviera un dedo por el “saboteador” de “su” Laureada.

*Esta serie está dedicada a la memoria del Dr. Miguel Ull y de mi primo hermano, Cecilio Yusta, fallecidos a causa de la pandemia, que me ayudaron a desentrañar el primer asesinato de Franco, en la persona del general Amado Balmes.

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Ángel Viñas es economista e historiador especializado en la Guerra Civil y el franquismo.

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