Franco, ejemplo de diplomacia y de “savoir-faire” internacional ¿émulo para Vox? (II)

Publicado en www.angelvinas.es

Los amables lectores me permitirán unas líneas para dar rienda suelta a mi imaginación. Pienso en los telegramas que la Embajada española en París enviase al MAE a principios de diciembre de 1956 (o quizá fuera alguna llamada telefónica bien del cónsul general o del embajador). A no ser que se tratara de algún mensaje apresurado del eminente abogado del Estado don Antonio Melchor de las Heras al ministro Alberto Martín Artajo. En cualquier caso el tenor podría haber sido el mismo: ¡Ya está! ¡Ya tenemos los papeles de Negrín! (No creo que estas primeras comunicaciones se hicieran directamente a El Pardo, aunque tampoco es descartable).

Pregunta a los trumpianos investigadores de VOX: ¿Qué hace el historiador empírico? Buscar rastro de estas comunicaciones. Servidor lo hizo durante meses y ha de confesar una derrota sin paliativos. No encontré absolutamente nada. (Me apresuro a señalar que esta es una de las características del tema: los pormenores acerca de la recepción de los papeles de Negrín en Madrid y sus antecedentes están envueltos en el más obscuro de los misterios). Peor aún es lo que pasó después: hay algunos destellos, pero poco más. A mí me gusta imaginar las amables e interesantes conversaciones que  Martín Artajo, letrado del Consejo de Estado y es de esperar que entendido en leyes, tuviese con el funcionario a sus órdenes Melchor de las Heras, en el supuesto de que, a lo mejor, habría echado una ojeada en los días anteriores en los papeles. A no ser, claro, que las desmedidas demandas de su tiempo derivadas de la gloria de su cargo lo hubiesen impedido.

Sin embargo, para un águila jurídica como el abogado del Estado Melchos de las Heras llegar a un resultado preliminar no hubiera sido nada difícil. Una gran parte del dossier contenía órdenes de venta de oro, su contrapartida en divisas, balances de situación intermedios, cartas de Negrín y Largo Caballero a los soviéticos (conjuntamente al principio, luego firmadas solo por Negrín). En general en francés, salvo un par de ocasiones en inglés, pero imaginamos que el ilustre abogado del Estado, después de tantos años de trotar por Europa en busca de contactos que le permitieran recuperar activos españoles para su repatriación, ya hablaría el idioma o los idiomas. O, a lo mejor, si era hijo de buena familia los había aprendido desde su niñez. O, si no, cualquier diplomático de entre quienes se codeaba en el Palacio de Santa Cruz le habría echado una mano. El francés contable, en todo caso, es como el español: frío y desprovisto de giros literarios.

En fin, también se plantea la alternativa posibilidad de que, empapado del papel histórico que le tocaba desempeñar, se hubiera abstenido de echar un vistazo a los papeles y se los llevara, sin leer, al ministro. Este, por supuesto, no tendría problemas. Un colega y amigo, el profesor Pablo Martín Aceña, ha escrito que Martín Artajo y sus colaboradores se percataron inmediatamente de que las cuentas de Negrín estaban claras. Esta afirmación no la apoya en ningún documento o testimonio identificados. Yo no iría tan lejos. La parte final parecería clara, pero el camino hasta llegar a ella requeriría algunos cálculos. Desde luego, no demasiado complicados. Hay que pensar que “alguien” los haría pero, ¡cuidado! Estamos hablando del “oro de Moscú” del que VOX parece haber oído noticias poco fidedignas.

Al mes del fallecimiento de Negrín (11 de noviembre), su “amigo” (entre comillas) Mariano Ansó fechó el 14 de diciembre un escrito que le había ocupado bastantes días de grandes cogitaciones. Lo reprodujo en sus memorias. También contó en ellas los pormenores de numerosas conversaciones que había tenido con Negrín. Todas le habían llevado a recomendar al hijo de Negrín que su  padre ya había decidido entregar la documentación a las autoridades españoles. No tenemos nada que objetar a tal posibilidad. Si tenemos que objetar, y mucho, al contenido del escrito, que Ansó guardó como oro en paño (nunca mejor dicho) hasta el momento de su publicación y que había redactado de su puño y letra.

‘Yo fui ministro de Negrín’, de Mariano Ansó. Planeta, 1976.

Mientras la familia del Sr. Ansó no se decida a dar a conocer los papeles que, al parecer, guarda y sean examinados por algún historiador enterado más o menos de la cuestión (mis propias sugerencias no han dado para mucho) hay que hacer, como haría cualquier investigador empírico, un análisis del contenido del documento y su contextualización correspondiente.

De antemano afirmo, para conocimiento de mis lectores, que servidor solo se cree una parte de dicho documento, pero que soy incapaz de tragarme la totalidad. Quizá fuese redactado a petición de una tercera persona. Las posibilidades no son muchas: el cónsul general, el embajador o, más probablemente, el propio Melchor de las Heras, que al parecer estaba llegando a Biarritz el mismo día del fallecimiento de Negrín con la intención de poner en marcha los preparativos de la entrega de la documentación.

En sus memorias Ansó consignó que se trataba de la expresión “fiel, y casi pudiera decirse literal, de la voluntad postrera” de Negrín. El hijo, Rómulo, añadió a mano  “conociendo el sentimiento de mi padre, ratifico lo anterior”.

Esta es, pues, la EPRE que hay que examinar con lupa. No tengo el menor inconveniente en aceptar las dos primeras afirmaciones: la operación del envío del oro a la URSS fue impuesta por las necesidades de la guerra y fue decidida por el Gobierno de Largo Caballero.

Los amables lectores deben saber que la segunda, si bien respondía a la realidad, se oponía a una larga y densa tradición que había subrayado lo contrario. Que Negrín (y a lo sumo, convenciendo a Largo Caballero) lo habían decidido por las buenas. A esta interpretación habían contribuído “testimonios” de todos los sectores antinegrinistas posibles e imposibles. No en último término del propio Indalecio Prieto. Me costó no voy a decir trabajo pero sí perseverancia encontrar la copia del acuerdo de la reunión del Consejo de Ministros de octubre de 1936 en que se había plasmado. La conservaba Negrín como oro en paño en una caja fuerte de un banco parisino. De que en ella había papeles se acordó su nieta  Carmen que con amabilidad desbordante me dejó consultarlos. Entre tales papeles figuraba el totalmente desconocido acuerdo. Un compañero y amigo mío, Alfredo Tovías, catedrático de la Universidad de Jerusalén, se acordará, supongo, del salto de tigre que no pude contener al ojearlos cuando él y Carmen tomaban tranquilamente el té.

¿Qué escribió después el exministro Ansó y que cualquier lector puede comprobar ojeando sus memorias?

Para mí [Ansó] no tiene duda de que don Juan Negrín sentía con gran fuerza la honda preocupación de los intereses de España frente a los de la URSS, depositaria desde hace veinte años de cuantiosas sumas pertenecientes al Tesoro Español. En este sentido, sintió un verdadero sobresalto el día en que llegó a sus oídos la especie, acaso infundada, de que España se disponía a reanudar sus relaciones económicas con Rusia. Pensó en la indefensión a que reducía a España el hecho de verse privada de toda documentación justificativa de sus derechos […] Y a tal extremo llegó su preocupación sobre este punto que incluso escribió una nota a máquina de la que transmití una copia al abogado del Estado don Antonio Melchor de las Heras, en la que hacía la indicación del peligro que pudiera tener cualquier trato que ignorase un pasado difícil…

Se trata de una nota escrita con cuidado y muy inteligentemente. No extraña que varios autores (amigos míos, por lo demás) se la hayan tragado enterita. Por desgracia, no responde del todo a la realidad. Ansó presentó a Negrín como a un hombre de Estado que, sabiéndose gravemente enfermó, puso estos intereses por encima de cualquier otra consideración con el fin de evitar que la España eterna e inmortal (él no utilizaría esta caracterización) se viera impedida de ejercitar sus derechos.

La nota que escribiera Negrín no se ha encontrado. Quizá se quedara con ella Melchor de las Heras (cuyos papeles, que yo sepa, nadie ha explorado). Tal vez se la diera a Martín Artajo, pero tampoco sé si se hallará entre los suyos. No figura en los archivos del MAE. En cualquier caso, no tengo la menor duda en reafirmar que la descripción de Ansó es tan inteligente como correspondía a un abogado digno de su futura trayectoria.

Así, pues, Ansó optó por acudir al Consulado General (al frente del cual se encontraba Pedro Cortina Mauri, embajador en París diez años después y último ministro de Asuntos Exteriores del régimen de Franco y catedrático de Derecho Internacional) en vez de ir a la embajada (cuyo titular, a punto de cesar, era un notable diplomático bregado en múltiples operaciones económicas y comerciales en la guerra civil,  José Rojas y Moreno, conde de Casa Rojas. De la entrega se hizo cargo el cónsul adjunto, “en funciones notariales por delegación” de Cortina, Enrique Pérez-Hernandez, el 18 de diciembre 1956.

Diez o doce días más tarde dio comienzo una curiosa operación de desinformación en la que brilló con gloria eterna el inmarcesible genio diplomático de Franco y de su ministro Martín Artajo.

(continuará)