En busca de la “doctrina Trump”

Publicado en Republica.com

Tras el periplo del presidente estadounidense por Europa, pródigo en inéditos gestos y en sonoras y rotundas declaraciones del ultramarino visitante, parecería de sumo interés para los pueblos de este viejo continente intentar descubrir cuáles son las líneas generales que rigen el pensamiento estratégico de Trump en el ámbito internacional.

Examinando en algunos medios de comunicación de EE.UU. las opiniones de sus más destacados analistas, no es fácil encontrar una respuesta clara a la pregunta esencial: ¿Cuál es la doctrina -si es que existe alguna- que rige a Trump en sus relaciones internacionales? Dicho de otro modo: ¿Qué objetivos busca? ¿Ante qué factores ajenos reacciona y de qué modo? ¿En qué consideración tiene a sus aliados, antiguos o recientes y qué valor asigna a la cooperación internacional?

Parecen existir dos respuestas inmediatas, bastante comunes. Una de ellas es el ejercicio bruto de la simple fuerza, la reafirmación de la supremacía de EE.UU. en su manera más cruda y desnuda: la puesta en práctica permanente del America first! Hay otra que elude entrar en elucubraciones políticas y se limita a constatar la presencia en Washington de un activo poder autocrático que se complace en hacer en cada momento lo que más le apetece.

Una tercera respuesta, algo más elaborada, es la de atribuir las decisiones de Trump a su voluntad de destruir todos los restos de lo que hizo o se propuso hacer Obama, cuya doctrina, para algunos analistas de EE.UU., se resumía en no cometer graves e irreversibles errores. Trump hace justo lo contrario y en su viaje europeo no ha faltado una buena colección de impertinencias, insultos, desaires y menosprecios a los que fueron los viejos aliados de EE.UU.

Una cuarta respuesta podría deducirse de la enrevesada maraña de declaraciones, tuits y comentarios de Trump y sus más próximos colaboradores durante el tiempo que viene ocupando la Casa Blanca. En ella parece vislumbrarse una pseudodoctrina basada en hacer creer a sus seguidores que el mundo exterior es un lugar muy peligroso y que ese peligro se aproxima inexorablemente al pueblo y al territorio de EE.UU. Solo Trump es capaz de afrontar con éxito tan grave amenaza.

Parte importante de esa amenaza es la incesante llegada de forasteros del Tercer Mundo, que nunca conocieron la libertad y que ponen en peligro las libertades del pueblo estadounidense y deterioran su modo de vida. Y también, por tanto, menoscaban la aspiración nacional a ocupar el primer puesto en el orden internacional, sin pararse a considerar “complejos” diplomáticos, humanitarios o de simple convivencia humana. Trump parece anhelar una nación étnicamente “limpia”.

Económicamente hablando, Trump no ha vacilado en iniciar una guerra de tarifas sin saber bien adonde puede conducir ese belicismo económico. Porque el belicismo militar es tan evidente y voluble como lo han mostrado sus amenazas de aniquilar Corea del Norte, el enfangamiento continuado en la guerra de Afganistán y las más recientes declaraciones contra el régimen de Teherán. Hay quien asegura que para Trump los verdaderos enemigos son los que le han insultado y menospreciado personalmente, y no los que suponen un riesgo para el Estado.

Quizá el último y más peligroso factor de esa aparente doctrina sea la tendencia a romper el sistema internacional tan trabajosamente elaborado al cabo de los años, incluyendo cuestiones de preocupación universal como el cambio climático o la explosión demográfica. Parece evidente la falta de una estrategia a largo plazo que tenga en cuenta los intereses de la humanidad y no los del multimillonario y su más estrecho círculo de amistades y votantes.

Merece la pena concluir este breve repaso citando el irónico comentario del investigador y analista estadounidense John Feffer, quien opina que atribuir a Trump una “doctrina” es como creer que los teletubbies de la televisión infantil se rigen por una “teología”, y que el modo como Trump afronta los problemas de la política internacional es lo más parecido a un adolescente con déficit de atención e hiperactividad que intentara asimilar al más profundo Tolstoi en su “Guerra y paz”.