El paracaidista en la farola

Publicado en Infolibre.es

El día de la Fiesta Nacional se celebra el 12 de octubre porque este día se conmemora la llegada de Colón a América a finales del XV, por la proyección lingüística y cultural fuera de Europa de lo que desde ese momento acabaría siendo España, y porque en aquella época asistimos a los prolegómenos autóctonos de lo que hoy entendemos como esa forma de organización política que es el Estado.

La ley  –la Ley 18/1987– consideró que la concurrencia de esos tres elementos justifica la celebración del 12 como Día de la Fiesta Nacional. Según su redacción, que no dista mucho de la Ley franquista de 1958, los tres conformarían “momentos de la historia colectiva que forman parte de nuestro patrimonio histórico, cultural y social común“.

 

Los antecedentes de este Día de la Fiesta Nacional son el Día de la Raza (en cuya conmemoración de 1936 tuvieron Millán Astray y Unamuno sus más y sus menos), y el Día de la Hispanidad; denominaciones que, tras varias vicisitudes, acabaron vinculadas sin género de dudas a posiciones católicas y reaccionarias.

Con estos antecedentes, no debería extrañar que a algunos nos parezca que, llegada la democracia, el mantenimiento de la fecha del 12 de octubre no sea la idea más feliz e integradora de un sistema político constitucional que, por definición, debe ser plural e inclusivo. Más aun teniendo en cuenta lo que la misma Ley reconoce que tenemos “un pasado complejo y una nación diversa”.

Las fechas, en todo caso, pueden resignificarse, cambiando lo que se hace con ellas, dándoles un contenido distinto, un sentido diferente o al menos matizado al que determinó su origen. Pueden resignificarse, o no. Y en el caso de la Fiesta Nacional, no se ha hecho.

Más allá de las cuestiones territoriales y los límites mentales de unos cuantos –probablemente ni muchos ni pocos–, lo que de verdad impide que la Fiesta Nacional tenga un sentido aceptable, no es, en lo fundamental, que se celebre el 12 de octubre. Lo que lo impide es su formato. El protagonismo exclusivo que este da a los militares y a la monarquía –y me atrevo decir, a la capital, Madrid– aleja la connotación civil y plural que debería caracterizar una celebración así.

Habría que contratar anuncios y decirlo en los telediarios: el 12 de octubre no celebramos el Día de las Fuerzas Armadas. Este es en mayo. Lo del 12 es, debería ser, diferente. Debería celebrar una trayectoria histórica, cultural y política, discutible (como la de cualquier país), singular y propia. Y en esa trayectoria, debería celebrar lo que nos une como nación, en la medida en que pueda hablarse de esta con un mínimo de sentido y respeto.

Pero, año tras año, no es así. A pesar de que hay pequeños gestos de apertura civil –se abren gratuitamente algunos museos, se organiza algún concierto, se propone alguna charla– el acto fundamental del 12 de octubre es un desfile militar por la columna vertebral (si al menos fuera por la espina dorsal, que decía Sánchez Ferlosio) de la capital de España. Un acto precedido en las vísperas por publicidad que nos habla de las Fuerzas Armadas y –este año– de sus logros tecnológicos y su vocación por la paz. Un desfile en cuya retransmisión no se habla de España ni de nuestro patrimonio cultural y social, sino de los militares, de su historia, de su trabajo, de su importancia. No en vano la Fiesta es organizada por el Ministerio de Defensa.

Lo he escrito otras veces. La celebración y consolidación de la unidad de esa idea política y jurídica que es España solo cabe buscarla en lo que tienen en común sus gentes y sus territorios, realmente diversos. Y ese denominador común, a día de hoy, no son ni las Fuerzas Armadas ni la Policía Nacional ni la Guardia Civil. Son las líneas muy marcadas de una cultura compartida que se silencia por intereses políticos de unos y otros (aunque más por unos que por otros). Y es el marco de convivencia llamado Constitución.

En la oscarizada película El violinista en el tejado (Jewison, 1971), la imagen del músico sobre los techos de las casas es la metáfora de la inestabilidad de las comunidades judías en la Rusia zarista. A veces veo así a España, como a un país que, a pesar de sus cuarenta años en democracia, no ha alcanzado la estabilidad suficiente para poder sacar a un dictador fascista de su mausoleo oficial, o para celebrar la Fiesta Nacional con algo más de sentido común.