El general Francisco Franco y su curiosa hoja de servicios (III)

Su primer y mitificado momento estelar

Ángel Viñas

En lo que se supone (solo se supone) fue una transcripción real y fidedigna de la hoja de servicios de Franco hasta principios de 1926 hay dos notas que me llaman la atención: la primera es que el segundo apellido aparece, en el único documento oficial de archivo que he consultado, como Baamonde. Sin embargo, el coronel y genealogista Carvallo de Cora utiliza siempre la grafía que prefirió su héroe, con una hache intercalada entre las dos vocales repetidas. Esto plantea la cuestión de si Franco no gestionaría -y cuándo- la modificación correspondiente de su certificado de nacimiento. O la alternativa: si los escribas del Ministerio de la Guerra no cometerían un error, imperdonable en aquellos años en que el nombre del titular era el que correspondía a un modesto capitán. En el documento de la época (en fotocopia) que tengo en casa la grafía no es esa. Es Baamonde.  Por lo demás, no hay que olvidar que uno de sus primos hermanos, el comandante de la Puente Baamonde, siempre la utilizó  hasta su amargo final, fusilado en agosto de 1936 por permanecer leal a su juramento de fidelidad a la República. El capricho de SEJE no tiene demasiada importancia y, a buen seguro, lo habrá explicado alguno de los historiadores y sicólogos que se han ocupado del personaje. La segunda nota es que en ese documento figuran unas líneas que, en su reproducción, omite el coronel Carvallo de CoraEl porqué es para mí un misterio.

 

El papelín en el que se produce esta omisión es muy significativo. Se trata del resumen del expediente instruido al entonces capitán Franco con motivo de la petición cursada por el general en jefe del Ejército de España en África, a instancias del superior inmediato del heroico capitán, para que Franco fuera sometido a juicio contradictorio. Era algo indispensable para determinar si se había hecho acreedor o no a la máxima distinción al valor, a saber, la Cruz Laureada de San Fernando. Como es público y notorio, no se le concedió.

Hay que pensar que ello tal vez pudo representar un permanente resquemor en quien llegó a ser la gloria suprema de las Fuerzas Armadas españolas y que vio cómo compañeros suyos -que ciertamente no llegaron a su altura y magnificencia posteriores- la habían obtenido y en al menos un caso, el de Enrique Varela, por partida doble. Un personaje que, por cierto, había ido ascendiendo desde las filas. Hay otras posibilidades a las que aludiré más adelante y en esta serie de posts añadiré un caso casi olvidado en la Historia.

El episodio que dio lugar a la instancia para abrir a Franco un expediente de San Fernando ha sido magnificado en la literatura de naturaleza hagiográfica. Se halla en prácticamente todas las biografías que de él se han escrito. Hoy muchas no se consultan habitualmente. Están superadas y se encuentran, cuando se encuentran, en librerías de lance o en bibliotecas. Tal vez, también, en Internet. Sin embargo un recorrido aleatorio por algunas da una idea clara de la intensidad de los vapores de incienso con que se le rodeó. Me refiero, claro está, al indomable, al único, al extremo valor del que el capitán Francisco Franco Baamonde hizo gala al subir cuesta arriba a la cima de una loma para arrebatársela a los moros el 26 de junio 1916. Es la GESTA del Biutz. Recomiendo a los lectores que deseen profundizar en ella (un combate algo insignificante) que lo busquen en Internet. Servidor lo ha hecho gracias a la amable cooperación de Mr. Google.

Dejo de lado que operaciones u operacioncitas de este tenor no escasearon en la denominada “guerra de Marruecos”, territorio de una extensión similar a la de la provincia de Badajoz y que al Ejército español costó someter casi veinte años de mucho sacrificio, mucha sangre, muchas condecoraciones y abundantes ascensos con su lubricante esencial: la corrupción. Esto último ya lo dejó señalado Arturo Barea entre otros.

Nuestra relación debe empezar, naturalmente, por el primer biógrafo y, quizá, el máximo de los “pelotas” máximos de Franco, Joaquín Arrarás, que ya es decir. Abrió camino y por él no tardaron en adentrarse audazmente multitud de seguidores. Nosotros solo necesitamos mencionar a unos cuantos muy seleccionados. No se trata de abrumar con citas al amable lector.

Parece claro que Franco, en su época de dicharachero, contó a Arrarás un montón de anécdotas y de cosas. Su fiel biógrafo señaló, por ejemplo, que en lo que se refiere a la gesta del Biutz al frente de sus soldados Franco subió hacia un parapeto (sic) detrás del cual se resguardaban los moros; que recogió en la subida un fusil abandonado; que lo cargó; que continuó hacia arriba impertérrito y que poco después que se desplomó herido en el vientre (sic) a consecuencia de un balazo; que [¿superhombre?] continuó dirigiendo el ataque; que conservó su lucidez hasta el extremo de llamar a un teniente para entregarle las 20.000 pesetas que llevaba consigo de la caja de la compañía. Ruego al lector se fije en tales detalles y no los olvide. Como la biografía de Arrarás la tengo en casa, en al menos dos versiones, puedo reproducir lo que él escribió de tal hecho de armas que, sin duda, Franco le relataría con todo detalle. ¿Quién, si no?

La escena de la gesta del Biutz que he abreviado en este post es, desde luego, un tanto inverosímil y hay aspectos que no encajan bien. La gesta misma ha sido estudiada por muchos expertos e incluso puede encontrarse una entrada en Wikipedia que dice así:

CITA

La toma de El Biutz fue un enfrentamiento bélico de la guerra del Rif que tuvo lugar los días 28 y 29 de junio de 1916, en las proximidades de la ciudad de Ceuta, entre las tropas españolas y fuerzas rebeldes rifeñas. El ejército español realizó una operación para asegurar las comunicaciones entre Tetuán y Tánger, que se encontraban dificultadas por diferentes posiciones de la guerrilla rifeña, principalmente la situada en el pueblo de El Biutz, ubicada en una cima que dominaba la carretera entre Ceuta y Tetuán y bien defendida por trincheras y combatientes que disponían de ametralladoras y fusiles. El ataque resultaba dificultoso para las fuerzas españolas que debían avanzar por estrechos y espinados senderos muy expuestos al fuego enemigo. La estrategia general de la operación fue diseñada por el general Francisco Gómez Jordana, y consistió en avanzar simultáneamente desde cuatro puntos: Ceuta, Larache, Tetuán y Fondak. En el transcurso del asalto resultó herido en el abdomen el entonces capitán de 23 años Francisco Franco.

FIN DE LA CITA

No me parece mal. Pero esquiva todo lo que, en mi opinión, es importante desde el punto de vista del comportamiento del joven capitán objeto de este post. Añadiré, pues, unas consideraciones mínimas.

  • De niño, y como muchos de mi generación, solía ir a ver películas bélicas. Tres lanceros bengalíes (que se estrenó en España en 1935) y Beau Geste (lo fue en 1947) fueron dos de mis favoritas. Hubo, claro, muchas más que narraban las gestas de los bravos soldados británicos en lucha contra los rebeldes en la India del raj o los no menos bravos legionarios franceses en pugna contra las tribus marroquíes. En ellas y en otras se veía cómo los oficiales se lanzaban al ataque empuñando sus pistolas, atadas a unas correas para que no se les cayeran de la mano en medio de la lucha. A mi me sorprende que Franco no lo hiciera y que prefiriese ir cuesta arriba con un mosquetón de soldadito de Regulares. También me deja algo frío el que ni siquiera utilizase, al menos, un sable de oficial, pero tal vez ya no fuera costumbre entonces al atacar al frente de las tropas (se me ocurre que quizá desprendiera un cierto tufillo decimonónico). A lo mejor ambas carencias eran habituales, pero me cuesta trabajo creerlo. Pueden implicar dos cosas: a) que Franco inició la escalada desarmado (inverosímil); b) que, ya en acción, prefirió dejar de lado la pistola (quizá enfundándola cuidadosamente) y/o el sable y servirse de un arma que podría ser muy útil para hacer fuego en posición estacionaria pero no para disparar subiendo la loma. En la inescrutable mente del futuro héroe tal vez estas consideraciones no penetraron, envuelto como estaba en el fragor de la acción. Pero el lector debe planteárselas, so pena de pensar que Franco no pensaba.
  • La segunda consideración es más importante. Franco se adentró, desde luego impetuoso, en los azares del combate con una mochilita (supongo) que contenía la paga de sus soldados. 20.000 pesetas eran una auténtica fortuna en la época. No creo que las llevara en una cartera de mano. Ahora bien, recordando las películas de época (incluidas las de la primera guerra mundial) no me suena, ignorante que soy en temas de comportamiento bélico, que los oficiales llevaran mochila a cuesta y, mucho menos, que fuesen cargados con una fortuna. Si acaso llevarían granadas de mano u otros adminículos aptos para el ataque, pero de ser así probablemente sería en bolsas. ¿Ha descrito alguien que Franco la llevara?

Son consideraciones que, naturalmente, los expertos en las campañas marroquíes podrán cuestionar apelando, como solemos hacer los historiadores, a casos análogos documentados fehacientemente.

Ahora, demos un salto de tigre malayo hasta llegar a los años sesenta. Lo hacemos porque es cuando arriba a la literatura hagiográfica otro de los “pelotas” máximos del Caudillo. Esta vez, nada menos que un inglés: George Hills. De él cabría suponer que tuviese mayor experiencia o, al menos, una mayor exposición que servidor (historiador incrédulo) respecto a los usos y costumbres de los oficiales de su país cuando entraban en fuego. En un artículo sobre él en Wikipedia se afirma que sirvió en el ejército británico, en Artillería. Luego, en la segunda guerra mundial, que fue oficial de inteligencia en Europa y en el Lejano Oriente. No puedo ni siquiera pensar que ignorase que, al menos en campañas históricas británicas como en Francia, los oficiales iban al frente de sus hombres pistola en ristre y silbato al cuello.  Sin embargo, aparte de ciertos retoques que corrigen a Arrarás (el parapeto se convierte en trincheras moras y, hombre quizá más cultivado, utilizó el término técnico de abdomen), le sigue como corresponde a otro pelota máximo pero, eso sí, sin mencionarlo. Podríamos suponer que habló con Franco sobre el tema y que el dictador lo aleccionó debidamente (ocurrió en otras ocasiones)

El ataque de risa que causa el copión de Hills es pequeño si se compara con lo que eminentes historiadores, incluso militares y otros profesionales, escribieron después. Dejo algunos ejemplos para el próximo post. No desearía que los amables lectores continuasen riéndose a carcajada limpia.

(Continuará)