Avanzar a cañonazos contra el rumbo de la Historia

Publicado en republica.com

Un analista político neoyorquino ha denunciado recientemente el miedo al terrorismo que domina a gran parte de lo que él llama “reaterrorizada” población estadounidense. (Aterrorizada primero el 11-S y después tras los posteriores atentados de extremistas islámicos en EE.UU.). Miedo que, en su opinión, es lo que con más fuerza impulsa la carrera electoral del exaltado candidato republicano a la presidencia Donald J. Trump, según los sondeos de opinión.

Se preguntaba si es realmente el terrorismo islámico el mayor peligro que amenaza al pueblo de EE.UU. y aducía algunas cifras. Tras los atentados del 11-S, solo 38 ciudadanos estadounidenses han muerto en EE.UU. por acciones de terroristas afiliados a distintas lealtades islamistas: Al Qaeda, el Estado Islámico, los llamados lobos solitarios y los individuos que manifestaron su adhesión a tal o cual grupo terrorista o simplemente a las enseñanzas apocalípticas del profeta.

Admitía, incluso, que el lector duplicase o triplicase esa cifra, si dudaba de su exactitud. Pero en cualquier caso, y a pesar de la tragedia que una sola muerte significa, ese número de victimas del terrorismo apenas es un simple grano de arena en el enorme conglomerado de muertes violentas que padece la nación americana en su propio suelo. En el mismo periodo de tiempo más de 400.000 personas han muerto por disparos de armas de fuego. Otro dato: solo en el año 2012, más de 10.000 ciudadanos fueron víctimas de conductores bebidos.

Aconsejaba, también, desconfiar de las declaraciones oficiales sobre las medidas de seguridad que logran abortar atentados muy dañinos, práctica habitual de los Gobiernos para aumentar la confianza de la población en los órganos de seguridad y para mantener vivo el miedo. Reveló que una prueba efectuada por las autoridades había mostrado que el 95% del contrabando -incluyendo armas y explosivos- había atravesado sin ser detectado los rígidos controles de los aeropuertos.

Cierto es que en España y en la mayor parte de Europa no se aprecia similar desequilibrio entre el peligro artificial inducido en la población por los medios al servicio del poder y el peligro realmente existente, a pesar de haber sufrido más atentados sangrientos que EE.UU. después del 11-S. Pero son muchas las voces que propugnan que en la guerra emprendida contra el Estado Islámico (y grupos afines) se sigan los mismos pasos que durante los más de catorce años de “guerra contra el terror” declarada por Washington no solo no han alcanzado el éxito sino que, por el contrario, han contribuido a alimentar y propagar el terrorismo islámico.

El problema es que el combate contra el EI es una lucha con fuerte componente ideológico. Éste se basa en el odio a Occidente y al imperialismo que sus potencias ejercieron sin miramientos sobre los pueblos musulmanes y está embebido de sentimiento religioso. Ni las ideas ni la religión pueden ser derrotadas en el campo de batalla, aunque en él mueran todos los que en una época dada las hayan defendido. Otros tomarán pronto el relevo.

Nos guste o no, hay que admitir que gran parte de la comunidad islámica, sobre todo en el Medio Oriente, está derivando progresivamente hacia sistemas de gobierno de base religiosa; tiende a dar de lado a los monarcas y dictadores que, apoyados por las expotencias coloniales, pretendían conservar el sistema político creado tras la 1ª Guerra Mundial; e irá remodelando las artificiales fronteras trazadas por los vencedores (como ya ocurre en Siria e Irak) para que reflejen mejor las realidades de los pueblos que allí habitan y no los intereses ya caducados de las viejas potencias imperialistas.

No merece la pena cuestionarse si eso está bien o mal, porque poco puede hacer Occidente para evitarlo y menos todavía si pretende hacerlo por la fuerza de las armas, como se ha demostrado desde la primera intervención militar en Afganistán después del 11-S. Aparte de ahogar las vías de financiación del EI, lo que implica ejercer presiones diplomáticas y de otro tipo sobre varios aliados de EE.UU. (Arabia Saudí, Turquía y los Estados del Golfo, entre otros), convendría pensar si lo más adecuado no sería cesar toda intervención militar extranjera en la zona y abandonarla. Dejar que sus pueblos busquen por sí mismos el modo de reajustar sus diferencias.

¿Habría más terrorismo en el mundo? Quizá menos, pues el cese de los bombardeos y ataques indiscriminados contra la población civil acallaría sus deseos de venganza. ¿Estaría en peligro el suministro de hidrocarburos? Sea quien sea el que gobierne los territorios donde se extraen deberá seguir vendiéndolos a Occidente, porque solo con petróleo no viven los pueblos. ¿Surgirían odiosos dictadores en el vacío de poder creado por el abandono? Quizá algunos, pero Occidente supo convivir con el Sah iraní o con Sadam Husein mientras fueron útiles. Sabrá volverlo a hacer.

En fin, si la estrategia de abandono de Oriente Medio por las fuerzas militares de Occidente se considera poco adecuada, la pregunta a plantear, tras más de 14 años de fracaso de la “guerra contra el terror”, es muy sencilla: ¿existe la fórmula mágica que resuelva el problema? ¿Es razonable seguir avanzando a cañonazos por un camino que claramente va contra el rumbo de la Historia?