Aquellos españoles, inmigrantes ilegales

Publicado en republica.com

En 1949 algo más de un centenar de españoles, en su mayoría campesinos grancanarios, tras haber cruzado el Atlántico navegando “artesanalmente” (se guiaron por el sol y el reloj del armador) en una vieja goleta durante 36 días, alcanzaron el puerto venezolano de Carúpano, donde fueron detenidos por la policía como inmigrantes irregulares.

La prensa local lo contó así el 25 de mayo de 1949: “Un velero destartalado arribó a nuestras costas con 106 inmigrantes ilegales a bordo. Los sin papeles detenidos, entre los que había diez mujeres y una niña de cuatro años, se hallaban en condiciones lamentables: famélicos, sucios y con las ropas hechas jirones. La bodega del barco, que solo medía 19 metros de eslora, parecía un vomitorio y despedía un hedor insoportable”.

El dueño del barco, nada más iniciar la navegación, pasó lista y en cubierta dictó las primeras instrucciones: “Somos 85 hombres, 11 marineros, 10 mujeres y una niña de 4 años. Las mujeres dormirán en los camarotes de popa y los hombres en la bodega. Traten de tener un puesto fijo para no andar con peleas. Sólo hay 20 platos y 20 cucharas”.

Un campesino canario ganaba entonces entre 10 y 20 ptas por jornada. Tenía que vender sus cabras para pagar las 4.000 ptas del viaje. Mientras España estaba hundida en la miseria y sufría la represión política del régimen, Venezuela era un país próspero en pleno auge petrolero. Los que ya habían emigrado allí escribían a sus familiares contándoles que en Venezuela se ganaban entre 8 y 10 dólares por jornada, cuando el cambio era de 20 ptas/dólar.

Para facilitar la comparación con el actual problema de la inmigración que afluye a Europa, conviene recordar que la diferencia entre los niveles de vida en Venezuela y España era entonces bastante menor que la que hoy existe entre España y Nigeria.

El caso de la goleta “La Elvira” no fue único; centenares de naves salieron de las Canarias hacia América, en especial a Venezuela (familiarmente llamada en el archipiélago “la octava isla” por su estrecha relación con él). Se calcula que solo en los años cuarenta emigraron 128.000 canarios, hacinados en las bodegas de veleros de todo tipo. Sobre la odisea del “Telémaco”, que salió de La Gomera en 1950 con 171 emigrantes a bordo, se han escrito páginas estremecedoras, narrando los padecimientos que hubieron de sufrir los arriesgados emigrantes que soñaban con una vida mejor en las tierras americanas.

Se anuncia ahora que la Unión Europea va a tomar medidas para evitar que sigan ahogándose en las aguas del Mediterráneo los inmigrantes africanos o asiáticos. No obstante, genera bastante desconfianza la alusión a una “misión militar” contra las mafias que se enriquecen con el tráfico de personas, misión que parece implicar la destrucción en los puntos de salida de las embarcaciones donde se traslada a los que huyen del hambre, la persecución, la miseria o la desesperanza.

Como ocurre con el tráfico de estupefacientes, la actividad de una mafia es un simple eslabón de una cadena larga y compleja. Los motivos que originan el narcotráfico (como ocurrió durante la vigencia de la “ley seca” en EE.UU.) preceden en mucho a la existencia de los grupos mafiosos, ya que estos son el resultado de una demanda y una oferta que completan el ciclo del problema y donde hay que intervenir para resolverlo.

En relación con la emigración parece artificiosa y retorcida la distinción entre los que emigran en demanda de asilo político, huyendo de un país de guerra o de la persecución política, étnica o religiosa, y los que lo hacen aspirando a lograr mejores condiciones de vida, huyendo de la miseria.

Un bloguero quiteño, que escribió sobre la aventura de “La Elvira”, lo razonaba con claridad: “Nadie puede elegir el lugar y el tiempo para nacer, pero si alguien se gasta todo su dinero en un viaje que le puede costar la vida, es porque realmente en su país de origen lo está pasando muy mal. Es triste que muchos de los otrora países migrantes, ahora criminalicen y persigan a gente que sólo busca un medio de subsistencia”.

Es más triste todavía que para intentar resolver el problema que ahora se materializa entre las dos orillas del Mare Nostrum, la Unión Europea solo sea capaz de articular una “misión militar”, cuando se trata de una cuestión con raíces sociales y económicas que mal se abordará con fragatas, tropas de desembarco o cazabombarderos. Problema que, no se olvide, es en gran parte el resultado del viejo colonialismo militarizado que sufrieron los pueblos de África y Oriente Medio, cuando las potencias europeas forcejeaban entre sí para repartirse vastos territorios entre los océanos Índico y Atlántico y explotarlos sin compasión.

Poco se ha aprendido de experiencias anteriores. Atacar y destruir los cárteles del narcotráfico en varios países americanos apenas ha reducido el comercio de las drogas. Cuando un grupo mafioso es aniquilado, otro surge y llena el vacío producido. Atacar a las mafias que trafican con emigrantes asiáticos o africanos en el Mediterráneo ¿va a mejorar las condiciones de vida de los que arriesgándolo todo desean pisar suelo europeo como su máxima aspiración vital?