Los españoles que juraron obediencia a Hitler

Con motivo de un acto oficial celebrado hace unos días en Barcelona, en el que la delegada del Gobierno en Cataluña entregó un diploma a un miembro de la denominada “Hermandad de combatientes de la División Azul”, se ha levantado una polémica que enfrenta una vez más a lo que podríamos llamar “las dos Españas”, esas que según los conocidos versos de Antonio Machado habrían de “helar el corazón” a los niños nacidos en esta piel de toro.

En un esfuerzo por lograr el equilibrio propio de quien desea moverse en los terrenos de la verdad histórica y lograr, de una vez por todas, que el dilema machadiano pase a mejor vida por obsoleto, es precisamente a la historia a la que conviene acudir cuando el apasionamiento amenaza con cegar a quienes, como Goya tenebrosamente pintó, acaban destrozándose mutuamente a garrotazos, incapaces de salir de la charca cenagosa en la que uno o los dos acabarán muriendo.

La historia real -no la manipulada por prejuicios ideológicos, tan común últimamente- nos cuenta cómo el 31 de julio de 1941, los miembros del contingente militar español que Franco puso al servicio de Hitler con el nombre de División Azul (la 250ª División de Voluntarios en el organigrama de la Wehrmacht), vistiendo el uniforme alemán de campaña, participaron en la ceremonia del juramento de obediencia, acto obligado en casi todos los ejércitos del mundo.

La fórmula utilizada aquel día, pronunciada en alemán y traducida por el Jefe de Estado Mayor de la citada división, exigía obediencia al Führer alemán, como jefe supremo del ejército, en la lucha contra el comunismo (en algunas fuentes se habla de bolchevismo), estando dispuestos a dar la vida en cada momento para cumplir con el juramento empeñado. Los españoles allí formados respondieron sonoramente: “¡Sí, juro!”.

El jefe de la División, general Muñoz Grandes, arengó después a sus subordinados y se dirigió al general alemán que presidía la ceremonia con estas palabras: “Decidle al Führer que estamos listos y a su orden; decidle el juramento prestado y decidle, en fin, que lo que mi pueblo jura, lo cumple”. Concluyó la alocución pidiendo a sus hombres que repitieran con él la triple invocación final: “¡Viva el Führer, viva el ejército alemán, viva Alemania!”.

No está de más recordar que los militares españoles no juraban expresamente fidelidad personal a Franco, aunque ésta se diera por sobreentendida. La fórmula del juramento de bandera entonces vigente en el ejército español comenzaba así: “¿Juráis a Dios y prometéis a España…?”. Ni siquiera tras la aplastante victoria que le llevó al poder se atrevió Franco a modificar la tradicional fórmula del juramento militar, introduciendo en ella su persona, al estilo nazi. Esto no hubiera sido motivo de extrañeza, ya que la omnipresente figura de Franco reinaba por doquier, desde los sellos de correos hasta las invocaciones con las que concluían los actos oficiales del Régimen.

Se puede aceptar que los que, con mayor o menor entusiasmo, prestaron el juramento de fidelidad a Hitler ignoraban lo que en realidad venía sucediendo en Alemania por aquel tiempo. Y también es creíble que algunos, además, en su fuero interno asumieran que el compromiso militar se limitaba a la “lucha contra el comunismo”, como expresaba la fórmula utilizada. Aunque para ello tuvieran que ignorar que la citada lucha, tal como la conducía el nuevo jefe supremo al que acababan de vitorear tras jurarle obediencia, daba por sentada la esclavitud o el exterminio de los pueblos inferiores (los Untermenschen de la doctrina nazi), judíos, gitanos y eslavos. Con su juramento, pues, se hicieron parcialmente copartícipes de los crímenes contra la humanidad por los que fue condenado el régimen hitleriano, comparables, cuando no más perversos, con los brutales y masivos asesinatos con los que Stalin se mantuvo en el poder y derrotó al dictador nazi.

Pero hoy, bien entrado el siglo XXI y conocidos los horrendos delitos que se perpetraron bajo la dirección de Hitler, es natural sorprenderse por las extrañas concesiones que en España se siguen haciendo, con la benevolencia de algunas autoridades, a esos residuos históricos que en gran parte de Europa ni siquiera tienen voz pública y que, en algunos países, incluso han sido declarados fuera de la ley y perseguidos por ello.

Así pues, es lícito preguntarse si es que los que juraron obediencia a Hitler y los que aún ahora les apoyan, ensalzan y conmemoran, lo consideran tan especial honor personal y patriótico como para seguirlo celebrándolo hoy, al cabo de siete decenios, y conociéndose pública y fehacientemente los horrores que perpetró el régimen nazi, con el que ellos voluntariamente cooperaron.

Piris

Alberto Piris es General de Artillería en la reserva y ha sido analista del Centro de Investigación para la Paz (CIP-FUHEM) desde 1984 hasta diciembre de 2006. Actualmente forma parte del equipo de trabajo del Centro de Educación e Investigación para la Paz (CEIPAZ).

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