El Estrecho de Gibraltar Por Manuel Ruiz Robles

 

La tragedia

Es aterrador el odio, el miedo y la xenofobia que la extrema derecha internacional genera y propaga contra los migrantes. No podemos ignorar impunemente el sufrimiento y la desesperación de miles de seres humanos, pobres o perseguidos, que arriesgan todo en busca de un futuro mejor.

Detrás de cada llegada, de cada salto a la valla o de cada rostro agotado, hay una historia de miedo, esperanza y supervivencia. Son vidas que han recorrido quizá miles de kilómetros, dejando atrás guerras, pobreza, persecuciones o, simplemente, la desesperación de no encontrar un futuro en su propia tierra.

Muchos llegan exhaustos, heridos y confundidos, después de haber arriesgado sus vidas para alcanzar una oportunidad. Otros mueren ahogados en el mar sin llegar siquiera a la anhelada orilla, que se desvanece ante sus ojos esperanzados como un espejismo entre la bruma.

Marruecos

Marruecos ha ido adquiriendo durante las últimas décadas una posición particularmente fuerte dentro del sistema de alianzas occidental en África y el Mediterráneo.

Su posición geográfica le permite funcionar como puente entre Europa, África occidental, el Atlántico y el Mediterráneo. A ello se añade su cooperación militar con Estados Unidos, sus relaciones con Israel y su creciente importancia económica en África.

El reconocimiento estadounidense de la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental en 2020, pendiente de resolución por parte de Naciones Unidas, constituyó un salto cualitativo. La decisión unilateral del presidente USA fortaleció considerablemente la posición diplomática de Rabat y contribuyó a consolidar su posición como potencia regional. En paralelo, Marruecos ha reforzado sus vínculos militares con Estados Unidos, Israel y varias potencias europeas.

Ceuta y Melilla

Sería demasiado simple reducir la reivindicación marroquí a una mera maniobra de Mohamed VI, aunque también lo sea. Existe una cuestión nacional real y un sentimiento territorial ampliamente extendido en la sociedad marroquí.

Ceuta y Melilla no son únicamente dos ciudades disputadas. Son enclaves situados en una zona donde se cruzan varias estructuras de poder: la soberanía española, la frontera exterior de la Unión Europea, la política migratoria europea, la estrategia militar de la OTAN, la política magrebí de Estados Unidos y las aspiraciones regionales de Marruecos.

La propia Unión Europea ha reafirmado que Ceuta y Melilla son territorio de la UE y forman parte de su frontera exterior. Al mismo tiempo, Bruselas ha mantenido la consideración de Marruecos como socio estratégico y ha procurado preservar la cooperación económica, migratoria y de seguridad con Rabat.

La defensa de la frontera europea y la cooperación con el Estado marroquí no son necesariamente políticas incompatibles dentro de la lógica del capitalismo europeo.

La UE necesita a Marruecos para controlar flujos migratorios, combatir determinadas formas de criminalidad transnacional, proteger intereses comerciales y proyectarse hacia África. Marruecos, por su parte, necesita el acceso al mercado europeo, las inversiones, la cooperación financiera y la legitimidad política que proporciona su relación con Bruselas.

La Unión Europea

Existe un elemento esencial que suele quedar oculto cuando el análisis se limita al enfrentamiento Madrid-Rabat: la Unión Europea tiene un interés estratégico propio en el Estrecho.

La UE es una estructura supranacional mediante la cual las diferentes burguesías europeas articulan parcialmente sus intereses frente al mercado mundial. No constituye simplemente un instrumento estadounidense subordinado a la OTAN, aunque la dependencia militar europea respecto de Estados Unidos siga siendo, por ahora, inevitable.

La Unión Europea necesita que el Estrecho permanezca abierto al comercio, que sus rutas energéticas estén aseguradas y que el Mediterráneo occidental permanezca relativamente estable. Necesita también controlar sus fronteras exteriores y evitar que Marruecos pueda convertir periódicamente los flujos migratorios en un mecanismo de presión política sobre un Estado miembro.

Pero la UE necesita simultáneamente mantener una relación económica y política privilegiada con Marruecos. La estrategia europea, por tanto, no debería consistir en escoger entre España y Marruecos, sino en impedir que la relación entre ambos quede sometida a la lógica de una potencia exterior, es decir, de Estados Unidos.

EEUU

El interés de los USA no tiene por qué consistir en que Marruecos «conquiste» Ceuta y Melilla. Eso sería una afirmación demasiado simple.

Su interés consiste más bien en preservar una correlación de fuerzas en el Mediterráneo occidental que garantice la circulación del capital, la superioridad militar estadounidense y la subordinación de los principales Estados de la región al sistema atlántico. Dentro de esa estrategia, un Marruecos fuerte le resulta sumamente útil.

Mucho más útil, incluso, si puede aumentar su capacidad de presión sobre España sin llegar a una ruptura con ella. En otras palabras: Washington podría obtener ventajas del conflicto sin necesitar resolverlo a favor de Marruecos.

Por eso resulta más adecuado hablar de una convergencia objetiva de intereses entre Washington y Rabat que de un supuesto plan estadounidense para entregar Ceuta y Melilla.

Una estrategia europea

España puede defender legítimamente su soberanía sobre las ciudades. Marruecos puede mantener sus reivindicaciones nacionales. Pero ninguna de estas posiciones existe en un vacío geopolítico.

Por encima de la disputa territorial opera una estructura imperial en la que Estados Unidos conserva una posición dominante; debajo de ella operan los intereses de las burguesías españolas y marroquíes, las estrategias de sus respectivos Estados y las necesidades de reproducción del capitalismo regional.

Pero la Unión Europea no debería aceptar que su posición estratégica quede determinada ni por Washington ni por Rabat. Su interés objetivo pasa por convertir el Estrecho en un espacio de seguridad y cooperación bajo control político europeo, garantizando la integridad territorial de sus Estados miembros, preservando la libertad de navegación y desarrollando una relación estable con Marruecos y el conjunto del Magreb.

Esto exige superar simultáneamente dos posiciones igualmente adversas: el nacionalismo español, que reduce el problema a la defensa de una soberanía estatal, y el atlantismo, que acepta que sea Estados Unidos quien determine las prioridades estratégicas europeas.

Una estrategia verdaderamente europea debería defender las fronteras de la Unión sin convertirlas en trincheras nacionalistas; cooperar con Marruecos sin aceptar relaciones de subordinación; y desarrollar autonomía estratégica sin reproducir dentro del Mediterráneo una nueva política imperial europea.

El Estrecho seguirá siendo estratégico independientemente de quién ondee una bandera sobre Ceuta y Melilla. Y precisamente por eso, cualquier análisis debe distinguir entre la cuestión formal de la soberanía y la cuestión material del control de los flujos, las rutas, los puertos, las bases y las alianzas militares.

El verdadero objetivo de una política europea no debería ser poseer cada enclave (Ceuta, Melilla, Gibraltar…). Debería consistir en garantizar que ninguna potencia exterior pueda utilizar el Estrecho contra los intereses europeos y que ningún Estado vecino pueda convertir las interdependencias económicas, migratorias o energéticas en instrumentos permanentes de coerción.

Por tanto, la cuestión verdaderamente decisiva es: ¿quién dispone de los medios materiales necesarios para controlar el Estrecho? Porque, detrás de la disputa por Ceuta y Melilla, se encuentra una cuestión mucho más vital: la lucha por determinar quién tendrá la capacidad de organizar políticamente uno de los espacios estratégicos clave del capitalismo mundial: el Estrecho de Gibraltar.

 

Manuel Ruiz Robles

Capitán de  Navio de la Armada (retirado), exmiembro de la UMD.