Una visita a la Gran Galería de la Evolución

 

Amanece en París

Las calles, aún desiertas, comienzan a cobrar vida. Al despertar, escucho los trinos  de un mirlo en el jardín del inmueble y el ruido de un ciclomotor, que pasa bajo el balcón. La abuela está ya en la cocina, preparando los desayunos. El salón empieza a iluminarse con los primeros rayos de sol. Mientras tanto, se oye el pausado respirar del abuelo, que aún duerme.

De repente, suena el despertador y todo es bullicio en nuestro pequeño apartamento, situado en el distrito XV de París.

Nos levantamos y ponemos en cola para entrar en el baño, cepillarnos los dientes y ducharnos. Después de vestirnos, desayunamos y bajamos rápidamente las escaleras de madera a grandes saltos. Nos topamos en el portal con Monsieur Bourreau: el guardián del inmueble, que se afana por mantener todo limpio y en orden. Le saludamos y salimos caminando deprisa, hacia la parada del bus, muy cercana, rumbo al Jardín de Plantas.

Tras un rápido recorrido por varios distritos de la capital, llegamos a la parada que está junto a la Facultad de Ciencias. Allí realizó sus estudios de doctorado el abuelo, siendo muy joven, después de terminar su carrera de marino en la Escuela Naval de Marín y de ingeniero en Supelec, becado por el Gobierno francés y muy apoyado por la abuela Rosa, en aquellos famosos tiempos de Mayo del 68 en Francia.

Por fin, bajamos del bus y nos adentramos por el Jardín de Plantas, hasta llegar a un imponente edificio, cubierto por una enorme cúpula de cristal.

En “La Grande Galerie de l’Évolution”

Tras pasar el control de entrada, los abuelos nos guiaron por las enormes espacios que muestran los descubrimientos científicos. Nos explicaron  cómo la vida se originó y cómo ha cambiado a lo largo del tiempo.

La Gran Galería de la Evolución, ubicada en el Museo Nacional de Historia Natural de París, no es solo un lugar para admirar animales disecados o vitrinas llenas de fósiles. Es, sobre todo, un espacio que invita a reflexionar sobre una de las preguntas más profundas que ha afrontado la humanidad: ¿de dónde venimos? 

Visitar esta galería es como hacer un viaje en el tiempo que comienza con el origen de la vida en la Tierra, continúa con la diversidad de especies que han habitado el planeta, y culmina con la aparición del ser humano como una más entre millones de formas vivas, aunque no se muestra ningún fósil humano.

El origen de las especies

Entre las teorías fundamentales que dan sentido a este impresionante museo destaca la teoría de la evolución por selección natural, propuesta por Charles Darwin (1809-1882) en el siglo XIX. Esta teoría revolucionó la biología al mostrar que todas las especies, incluida la humana, comparten un origen común y han cambiado a través de un proceso lento, acumulativo y no dirigido por ningún ser sobrenatural.

Antes de Darwin, muchos pensaban que las especies eran fijas, inmutables y creadas por Dios, tal como las vemos hoy. Sin embargo, Darwin, en su genial obra, El origen de las especies (1859), aportó pruebas irrefutables de que los organismos presentan pequeñas variaciones heredables, y que aquellas más ventajosas para sobrevivir y reproducirse en un entorno determinado tienden a transmitirse a las siguientes generaciones. Con el tiempo, esta selección natural conduce a la aparición de nuevas especies y a la extinción de otras. Esta teoría no solo explica la diversidad de la vida, sino también su unidad: todos los seres vivos están relacionados, como ramas de un gran árbol genealógico.

El azar y la necesidad

Sin embargo, Darwin no pudo explicar cómo se originaban esas variaciones hereditarias. Ese conocimiento vino después, con los avances en genética y biología molecular del siglo XX. En este contexto destaca el trabajo del Nobel de Medicina y miembro de la Resistencia francesa, Jacques Monod (1910-1976), un científico francés que descifró cómo las células controlan la expresión de sus genes. En su obra filosófica y científica más conocida, El azar y la necesidad (1970), Monod combinó sus descubrimientos en biología molecular con una profunda reflexión sobre el lugar del ser humano en la naturaleza.

Monod mostró que la vida se originó por casualidad -mediante combinaciones químicas aleatorias en un entorno primitivo-, y que su evolución ha sido guiada por la necesidad, es decir, por las leyes naturales de la física, la química y la biología. Su visión, profundamente influida por el racionalismo científico, afirma que no hay propósito ni dirección en la evolución; simplemente, la vida emergió por azar y se desarrolló por selección natural de las variaciones heredables, debidas a mutaciones aleatorias provocadas por causas naturales en el ADN ( la famosa molécula en doble hélice portadora de la información genética). Estos descubrimientos, aunque inquietantes para  personas con creencias religiosas, refuerzan el valor de la ciencia como herramienta para comprender nuestro mundo sin recurrir a explicaciones sobrenaturales.

Humanos y chimpancés

De la primera célula surgida en el fondo de los océanos partió la gran aventura de la vida y la enorme diversificación que dio lugar al gigantesco árbol genealógico en el que nos encontramos situados los humanos.

Humanos y chimpancés compartimos un ancestro común que vivió hace aproximadamente de 6 a 7 millones de años. En ese tiempo, ambas descendencias evolucionaron por caminos separados, acumulando diferencias.

Pequeñas causas pueden producir grandes efectos. Por ello, aunque las mutaciones que dieron lugar a la separación de linajes solo provocaron pequeñas diferencias en el ADN, los cambios en regulación genética y expresión de genes tuvieron un impacto profundo en el lenguaje, la cognición, la cultura y la tecnología humanas, diferenciándonos claramente de los chimpancés.

Epílogo

En nuestra visita a la Gran Galería de la Evolución, los abuelos se esforzaron  en traducirnos algunos de los textos explicativos, encuadrados a lo largo de la visita del museo, pues aclaran cómo las ideas de Darwin y Monod se traducen en fósiles, maquetas y ejemplares que cuentan la historia de la vida. La galería no solo muestra animales espectaculares, sino también procesos evolutivos complejos que han sido reconstruidos gracias al trabajo paciente de generaciones de científicos. Así, la interesante aunque fatigosa visita, se convirtió en una experiencia educativa que conectó nuestra observación directa con los fundamentos teóricos de la biología moderna.

La visita resultó extraordinariamente interesante. Fue bastante más allá que la simple contemplación de los especímenes, pues la abuela y el abuelo estimularon nuestra imaginación, a medida que avanzábamos por el impresionante espacio, para dejarnos entrever  el relato científico que subyace en cada rincón de la galería: la historia de la vida como un fenómeno natural, dinámico y profundamente fascinante.

Este modesto relato está dedicado a mis hijas, hijo, nietas, nietos, bisnieto Senda y a Rosa, mi querida compañera. Paris, año 2025.