Una calle para el General Gutiérrez Mellado

Publicado en publico.es

En las ciudades y pueblos de España el callejero ha estado aquejado de una gran politización provocada por los vencedores de la Guerra Civil (1936-1939) que coparon con los nombres de los principales dirigentes de la sublevación militar. Así, la principal plaza era siempre del Caudillo o del Generalísimo -denominaciones que se empleaban indistintamente para referirse al líder, Francisco Franco-, la avenida principal solía ser de José Antonio Primo de Rivera -el “Ausente” fundador de Falange Española-, y, en fin, otras vías públicas tomaban el nombre de otros jefes militares, de batallas señaladas ganadas al enemigo en que se habían convertido otros compatriotas, de plazas en tributo a la División Azul -unidad divisionaria española integrada en el ejército alemán- que normalmente incluían un monumento, de parques de los mártires de la Cruzada, etc. Por supuesto, desapareció todo vestigio de los nombres de las calles del periodo republicano e incluso de la dictadura de Primo de Rivera. En Madrid, entre otras, se renombrará la Gran Vía y el Paseo de la Castellana.

Si la democracia hubiera llegado a España en un proceso de ruptura y se hubiera formado juicio a la dictadura -aunque hay que reconocer que es dudoso que, en aquellas circunstancias, se estuviera en condiciones de haber logrado algo así- se tendría que haber abordado inmediatamente la cuestión del callejero despojando con naturalidad los nombres de los jefes militares sublevados -el delito más cualificado que puede cometer un militar y que le priva inmediatamente de todo derecho al honor- así como de los hechos de guerra que culminaron con la entronización del General Franco en la Jefatura del Estado durante cuarenta años.

La opción posibilista de la transición (ruptura pactada) no permitió estas alegrías adoptando tales medidas higiénicas, sino que se hubo de respetar el estatus del régimen franquista, mientras se iniciaba una lenta reforma de su legislación. El callejero, competencia municipal tradicional, quedó en manos de los ayuntamientos que continuaron regidos por los mismos alcaldes designados por la Secretaría General del Movimiento hasta las primeras elecciones municipales de 1979. En aquellos comicios, se formó una coalición de izquierdas (PSOE/PCE) que resultó mayoritaria en las grandes y medianas ciudades. Ciudades como Madrid (Enrique Tierno Galván) o Barcelona (Narcis Serra) cambiaron de alcalde. En las grandes ciudades se votaron mociones para recuperar los nombres tradicionales de plazas, avenidas y espacios públicos. Sin embargo, en las pequeñas ciudades y pueblos, donde continuaron los mismos alcaldes del franquismo u otros nuevos de la coalición conservadora (UCD/AP) no existió voluntad política de promover dichos cambios, llegando hasta hoy mismo en pequeños municipios donde sobrevive íntegro el callejero del franquismo.

Como ha ocurrido con otros símbolos del franquismo, la sociedad democrática española, que ya estaba familiarizada con ellos, ha convivido con absoluta normalidad con estas denominaciones de calles, viendo en ocasiones más la molestia práctica del cambio que la eventual desaparición de un estigma en la vía pública. Sin embargo, un país no puede traicionarse a sí mismo aceptando convalidar que personajes indignos den nombre a sus calles simplemente por motivos de rutina o pereza. El nombre que aparece en una placa es inescindible de los hechos y méritos de la persona, de su aportación beneficiosa a la sociedad, quien, en justa correspondencia, le concede el alto honor de dedicarle su nombre a una vía pública como reconocimiento público y ejemplo para la ciudadanía.

El actual equipo de gobierno de la corporación municipal de Madrid, integrado por la Agrupación Independiente de Ahora Madrid, entre las que se integra PODEMOS junto a otras fuerzas políticas, presidido por la alcaldesa Manuela Carmena, se ha planteado legítimamente acabar con los restos del nomenclátor franquista en las calles de Madrid.

Es el momento, pues, de plantear opciones que nos parezcan de justicia y hacerlo en un momento de oportunidad, considerando la trayectoria de los candidatos a merecer la asignación de la denominación de una vía pública. En efecto, una de las calles en las que se prevé el cambio de nombre es la “calle del General Yagüe”, oficial sublevado contra el Gobierno de la República y uno de los jefes militares más significativos durante las operaciones de guerra. Por otra parte, esta calle es una de las adyacentes a la actual sede del Ministerio de Defensa, de hecho es el acceso habitual al edificio. Desde luego no es la mejor carta de presentación para el ministerio de Defensa de nuestra Democracia.

Parece razonable que la calle, por su ubicación en la sede ministerial de la Defensa, esté dedicada a un militar del siglo XX, pero de perfil radicalmente distinto y con altos servicios demostrados al Estado y a la sociedad. A mi juicio, la opción más evidente es la del Capitán General del Ejército D. MANUEL GUTIÉRREZ MELLADO (1912-1995). Sorprende la inexistencia no sólo de una vía pública a su nombre sino de cualquier otra instalación militar. Sospechamos que no se trata de algo casual sino que proviene de la enorme aversión que concitó entre los ultras por su determinación en consolidar la democracia y dejar atrás el franquismo.

El General Gutiérrez Mellado tuvo una vida militar azarosa tal como nos relata con rigor su biógrafo y estrecho colaborador el coronel (Retirado) Fernando Puell en su obra de referencia: “General Gutiérrez Mellado, un militar del siglo XX” [Pulicaciones IUGGM, 2005]. El profesor Puell repasa la formación en la Academia Militar General (AGM) de Zaragoza, donde fue cadete de su segunda época y tuvo como director precisamente al General Franco. Posteriormente su estancia en la Academia de Artillería de Segovia. A continuación sus primeros pasos como teniente de Artillería en el Madrid republicano del verano de 1936 cuando decidió, por convicción ideológica -nunca ocultó su lealtad al franquismo ni con el tiempo su evolución hacia posiciones democráticas-, integrarse en el Servicio de Inteligencia de los sublevados -el llamado Servicio de Información y Policía Militar (SIPM)-. Este episodio lo mantuvo cuestionado muchos años y fue resaltado en la transión. Sus adversarios siempre trataron de utilizarlo en su perjuicio.

A mitad de su carrera militar se produce un cambio fundamental cuando se integra en el equipo que el General Manuel Díez Alegría dirigía en el Alto Estado Mayor. El General Díez Alegría -la versión española del Spínola portugués de la Revolución de los Claveles- era un militar ilustrado y moderado con las ideas muy claras sobre la necesidad de que los militares españoles abandonaran el franquismo montaraz y se fueran acercando a los militares profesionales de la Europa Occidental. Los oficiales habían interiorizado el franquismo y eran contrarios a cambiar el régimen por un sistema democrático y en el que también participarían sus enemigos tradicionales: los comunistas. Gutiérrez Mellado colaboró con este equipo para elaborar planes de contingencia dirigidos a garantizar una transición militar en la que los ejércitos permanecieran al margen y dejaran la labor a los representantes políticos.

El General Gutiérrez Mellado, una vez aprobada la Ley de Reforma Política, participó activamente en esta transición militar desempeñando puestos claves como jefe del Estado Mayor del Ejército, ministro de Defensa y vicepresidente primero para Asuntos de la Defensa.

El desempeño de estos altos cargos le granjearon enemistades y desplantes de sus propios compañeros de armas. El hecho de estar trabajando en proyectos de reforma lo convertían en traidor a los ojos de los extremistas. Alguno de sus colaboradores directos no pudo resistir la presión y se suicidó con su arma reglamentaria. Recordar aquellos tiempos es sumergirse en la infamia de los ultras que, cuando accedió al Gobierno, trataban de afectarle la moral privándole de su rango militar al llamarle Sr. Gutiérrez. Aprovecharon momentos de gran tensión, como los funerales por asesinatos terroristas, para crear un clima irrespirable que incluía los gritos de rigor de “Ejército al poder” y los consabidos insultos al General Gutiérrez Mellado. Concretamente en el funeral del General Ortín, Gobernador Militar de Madrid, en el Cuartel General del Ejército se pasó a la agresión física provocándole una lipotimia. En este acto sonrojante intervino personal militar uniformado que formada parte de las comisiones oficiales. Días después en el discurso de la Pascua Militar el rey se refirió a este suceso diciendo lacónicamente: “el espectáculo de la indisciplina es francamente bochornoso”.

El General Gutiérrez Mellado logró superar todas las dificultades quedando como un leal colaborador del presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, en las reformas necesarias para España. Obtuvo el reconocimiento unánime de la sociedad española por su valiente demostración de valor y dignidad el 23 de febrero de 1981 con motivo del asalto y secuestro del Congreso de los Diputados. El viejo general supo mantenerse en pie dictando una lección de lealtad a los golpistas que estaban mancillando el uniforme que vestían. Con su gesto rescató ante los traidores la dignidad de las Fuerzas Armadas.

En los últimos años de su vida, el General Gutiérrez Mellado trascendió su condición de soldado constituyéndose en un referente de la sociedad española. Se involucró en la Fundación Acción Contra la Droga (FAD) y pronunció numerosas conferencias en centros de enseñanza, tanto civiles como militares, en los que instaba a los jóvenes a no repetir los errores del pasado y a enterrar definitivamente la discordia entre españoles.

Madrid merece tener una calle dedicada a un militar demócrata del siglo XX y ninguna mejor que la actual calle General Yagüe, ya que Manuel Gutiérrez Mellado fue el principal artífice del ministerio de Defensa unificado, lo que permitió la desarticulación de los tres ministerios militares y el comienzo de la transición militar. También sería un hermoso gesto del destino que fuera precisamente una alcaldesa como Manuela Carmena, antigua militante comunista, quien firmara el decreto de concesión de la calle. Una muestra de la reconciliación nacional por la que tanto luchó el General.