Un problema sin solución a la vista

Una muestra de la complicada situación en la que hoy está sumida gran parte de la humanidad han sido las sucesivas decapitaciones de dos periodistas estadounidenses, llevadas a cabo por un yihadista enmascarado, supuestamente ciudadano británico, que fueron grabadas en vídeo y difundidas por las redes sociales.

Esto ha tenido lugar en el contexto de una sangrienta guerra que no oculta sus raíces religiosas, relacionadas con la secular disputa sucesoria del profeta Mahoma, que en los albores de la expansión de la nueva religión la dividió en dos ramas hoy enfrentadas a muerte.

El uso de una avanzada tecnología de las comunicaciones informáticas y una bien desarrollada técnica publicitaria, en paradójica combinación con ancestrales odios religiosos, está creando ante nuestros ojos un combinado altamente explosivo cuyas consecuencias habremos de soportar, ya que no aparece solución viable a corto plazo.

El efecto causado por la contemplación de las imágenes de tan brutales asesinatos no es igual en todas partes, pues depende del ámbito cultural en el que haya nacido o haya sido educado el observador.

Lo que tan vivamente ha escandalizado a la opinión occidental no es considerado igualmente abominable por quienes en las secuencias difundidas solo ven una llamada a intensificar la guerra santa, un modo de aterrorizar a los infieles enemigos para que dejen campo libre al inminente califato y una justa respuesta a los ataques de la aviación estadounidense contra los combatientes del Estado Islámico.

Bastantes de éstos han consagrado su vida al yihadismo tras tomar conciencia del horror de los ataques con drones, que súbitamente arrasan un edificio y exterminan a todos sus moradores, sean ancianos, niños o mujeres, inocentes o terroristas de hecho o en potencia.

Por el contrario, la repetición de esos ataques desde el aire, última y más refinada versión de la estrategia de EEUU, es contemplada por muchos telespectadores occidentales como algo consustancial con la bien asumida y aceptada “guerra contra el terrorismo”. Esas imágenes televisadas llegan a parecer tan inocuas como las de un simple videojuego de guerra. El horror humano (sangre, cadáveres, ruinas…) apenas las ensucia.

Tan distinta percepción de un mismo horror, en un mundo densamente intercomunicado y donde lo que ocurre en un lugar pronto se difunde sin fronteras, es una de las más serias cuestiones que deberán tener en cuenta quienes se esfuerzan por sugerir soluciones (casi siempre militares) a un problema del que se ignoran casi todos los parámetros.

De nada sirve ahora recordar el pasado, aunque solo sea para atribuir la responsabilidad de la actual situación a las potencias occidentales que tan irreflexivamente contribuyeron a crearla desde una posición de prepotencia militar e ignorancia histórica y cultural.

Pero sí conviene tener presente que esas mismas potencias siguen actuando de modo confuso y contradictorio, que poco ayuda a abrir camino a soluciones viables. En algunos países apoyan a los movimientos populares que luchan por la democracia y en otros sostienen a los tiranos que la ahogan: son las que contribuyeron a derribar en Egipto al Gobierno que había ganado las elecciones y apoyaron el golpe de Estado que restableció la vieja dictadura militar con un nuevo dictador.

Son las que arman generosamente al feudal régimen de Arabia Saudí que, además de vulnerar los más elementales derechos humanos de sus ciudadanos, presta apoyo financiero al integrismo islamista en todo el mundo, incluyendo el ejército del Estado Islámico.

Son también las que apoyan ciegamente a Israel, a pesar de su inhumana y desproporcionada reacción ante los ataques de las milicias de Hamas y el rastro de muerte y destrucción que ha dejado en Gaza. Parecen no advertir que el recuerdo de tan extrema violencia ya está sirviendo como eficaz banderín de enganche para los futuros terroristas.

Frente a esta compleja situación no existe solución inmediata. Poco podrán hacer los Estados occidentales más allá de aplicar medidas de compromiso, como vigilar el regreso de los ciudadanos que voluntariamente han probado el gusto de la sangre combatiendo en la yihad bajo las negras banderas del profeta.

En todo caso, deberían evitar incurrir en los errores del pasado, como las violentas y mesiánicas irrupciones militares en unas complejas sociedades que se sostenían en difícil equilibrio religioso, cultural, político y económico, construido sobre los residuos del viejo colonialismo europeo.

Aquellas intervenciones dejaron un desolado campo de ruinas, donde lo que ahora vaya creciendo dependerá mucho más de la voluntad de sus pueblos (aun enfrentados y sumidos en el fanatismo religioso) que de lo que se estime conveniente para los intereses de Europa o de EEUU, como ha venido siendo habitual.