Un pragmático aborda el coronavirus

Publicado en Republica.com

 

En mi comentario de la pasada semana puse al alcance de los lectores de este diario las opiniones que sobre la pandemia que estos días afecta a la humanidad habían expresado públicamente dos observadores de la actualidad, preocupados además por los efectos que la emergencia climática está ya causando en muchas partes del mundo.

Avanzando audazmente por las fronteras entre lo real y lo imaginado, Leonardo Boff y Michael Klare comparten la existencia de un sujeto sobrehumano, la Madre Tierra o la Madre Naturaleza, a la que atribuyen ciertas cualidades, no demostrables empíricamente, que vinculan la pandemia con la emergencia climática.

Casi por las mismas fechas irrumpía en el amplio foro que sobre la pandemia se ha ido creando en el mundo mediático otro artículo firmado por alguien cuya larga trayectoria política se ha movido siempre por los terrenos del más frío pragmatismo y de la comprobación fehaciente de los hechos: Henry Kissinger.

El pasado 3 de abril, el conocido político estadounidense publicó en The Wall Street Journal un comentario titulado The Coronavirus Pandemic Will Forever Alter the World Order (“La pandemia del coronavirus alterará para siempre el orden mundial”), en el que no se hace ninguna alusión a la emergencia climática, aunque contiene certeras reflexiones sobre el modo de afrontar la pandemia y sus consecuencias.

Refiriéndose a EE.UU., escribe: “…en un país dividido, la eficacia y la clarividencia tienen que guiar la acción del Gobierno para vencer los obstáculos, sin precedentes en su envergadura y su alcance social. Conservar la confianza de la gente es fundamental para la solidaridad social… la paz y la estabilidad internacionales” [Cursivas de A.P.]. Hubiera podido escribir lo mismo sobre España.

“La cohesión y la prosperidad de las naciones se basan en la convicción de que sus instituciones son capaces de prever las catástrofes, contener sus efectos y restaurar la estabilidad”. Sin embargo, puntualiza, cuando haya concluido la pandemia, en muchos países tendremos la impresión de que las instituciones han fracasado, pero eso no es lo que debe importar. Después del coronavirus, el mundo ya no será como antes y discutir sobre el pasado solo hará más difícil adaptarse a las nuevas circunstancias. Según esto, amenazar con futuras investigaciones (como ahora se oye en España) para determinar quién o quiénes erraron al afrontar la pandemia es un esfuerzo no solo inútil sino contraproducente.

Por otra parte, “Ningún país, ni siquiera EE.UU. puede vencer al virus con un esfuerzo puramente nacional”. Se necesita una “visión y un programa comunes a escala global”. Recuerda que, según los pensadores de la Ilustración, el propósito de un Estado legítimo es “proveer a las necesidades fundamentales del pueblo: seguridad, orden, bienestar económico y justicia”, porque los individuos no pueden asegurar estas cosas por sí mismos.

Y vislumbra una amenaza peligrosa: “Las democracias del mundo necesitan defender y mantener sus valores de la Ilustración. Un retroceso global del equilibrio entre poder y legitimidad hará que se desintegre el contrato social a nivel nacional e internacional”. [Cursivas de A.P.]

Hace Kissinger una llamada a los líderes mundiales “cuyo desafío histórico consiste en manejar la crisis y construir a la vez el futuro”. Concluye el artículo con una frase que introduce subrepticiamente un nuevo concepto: “Su fracaso [el de los líderes] podría incendiar el mundo”.

Pero ocurre que el mundo ya está ardiendo, y no en sentido metafórico, en muchos lugares (Australia, California), pero por efecto de la emergencia climática.

Que muchas cosas van a cambiar en el futuro es algo que ya no puede negarse. “Las sacudidas políticas y económicas que la pandemia ha desatado podrían prolongarse por generaciones”, alerta Kissinger. Y en lo que a España concierne, algo habrá de cambiar su clase política, tan a menudo encerrada en hoscos enfrentamientos, para estar a la altura de lo que se nos avecina.