Trump: con Arabia y frente a Irán

Publicado en republica.com

Allá por febrero de 2016, cuando Trump batallaba por abrirse camino hacia la designación republicana como aspirante a la Casa Blanca, disparó esta andanada a sus entusiasmados seguidores: “¿Quién destruyó el World Trade Center [las “Torres gemelas”]? No fueron los iraquíes, fueron saudíes: mirad a Arabia Saudí, leed los documentos”.

En su estilo populachero y deslavazado, se explicó así: “Porque tienen unos papeles que son muy secretos y descubriréis que son los saudíes ¿de acuerdo? Lo descubriréis”. Parecía aludir a los documentos preparados durante la investigación de los atentados terroristas del 11-S, donde se sospechaba de ciertas élites saudíes por financiar los atentados y se probaba la complicidad de algunos individuos y entidades saudíes en el cuádruple ataque perpetrado por Al Qaeda contra EE.UU. en aquella fatídica fecha.

De los 19 terroristas que lo ejecutaron, 15 eran ciudadanos saudíes y se sospechó, sin poderlo demostrar plenamente, la existencia de vínculos entre algunos de ellos y ciertos miembros del Gobierno de Riad, como declaró públicamente un senador que participó directamente en la investigación.

Pues bien, durante su reciente gira por Oriente Medio Trump mostró haber dado un giro radical respecto a sus anteriores opiniones sobre Arabia Saudí. Se reunió, en buen amor y compañía, con los dirigentes de ese país y de otras monarquías de la zona, y llegó a participar en una pintoresca “danza del sable”, entrando en un corro formado por diversos tiranos y tiranuelos simbólicamente armados, quizá para celebrar el haber concluido sabrosos negocios de venta de armas al reino saudí por valor de unos 110.000 millones de dólares.

Manifestó públicamente su regocijo al visitar a una monarquía teocrática, que ideológicamente no difiere demasiado de lo que se profesa en el Estado Islámico, y donde se ejecutan públicamente, a veces por decapitación, a unas 70 personas por año, incluyendo adúlteros, ladrones, apóstatas y violadores. Un Estado que no solo estuvo detrás de los atentados del 11-S, sino que ha ayudado también a la rama de Al Qaeda en Siria y actualmente, con pleno apoyo de EE.UU., sostiene una guerra civil en Yemen que alcanza cotas de inhumana crueldad.

Durante la visita de Trump a Riad no se le ocurrió aludir, ni siquiera veladamente, a sus antiguas sospechas sobre la participación saudí en el 11-S. Tampoco se permitió sugerencia alguna sobre los padecimientos del pueblo yemení. Por el contrario, mostró su preocupación por las “sufriente victimas del régimen iraní, que tortura a su propio pueblo. Irán posee una rica y culta historia -dijo- pero su pueblo soporta la violencia de unos dirigentes movidos por el conflicto y el terror”.

Quizá con esto pretendía halagar a sus anfitriones y resintonizar con esa obsesión antiiraní que viene reinando en Washington desde que Obama dio los primeros y tímidos pasos para intentar desactivar el largo y enconado conflicto que enfrenta a EE.UU. y el régimen iraní, desde que una revolución popular derribó al autócrata impuesto por Washington.

Alabando a Riad y atacando a Teherán, Trump se confundió de plano, una vez más, porque en Irán se acababan de celebrar unas elecciones desarrolladas con cierta normalidad democrática. En ellas, el candidato fundamentalista fue derrotado por el moderado presidente Rouhani que, tras una campaña electoral de equilibrado tono, obtuvo un 57% de los votos, con una participación algo superior al 70%; por cierto, superior a la que llevó a Trump a la Casa Blanca.

Este inoportuno desliz, uno más en la interminable lista de patinazos del locuaz y arrogante Trump, provocó un comentario del reelecto presidente iraní: “El señor Trump llegó a esta región a tiempo de ver a 45 millones de iraníes participando en unos comicios. Luego visitó un país donde no se sabe lo que es una elección. Los pobres saudíes no han visto una urna en su vida”. Recordando las declaraciones de Trump sobre el 11-S, antes citadas, añadió: “No me parece que el pueblo americano esté dispuesto a cambiar las vidas de los que murieron el 11-S por los miles de millones de dólares que han ganado mediante la venta de armas”.

Cuatro décadas de política equivocada frente a Irán no han dado el resultado deseado. Así ocurrió con el hostigamiento a Cuba, que impulsó a su Gobierno a caer en brazos de la URSS. La prolongación de las medidas hostiles suele favorecer a las posiciones más radicales y populistas en el país que las sufre y contribuye a frenar los esfuerzos de los sectores más moderados.

La política de EE.UU. en Oriente Medio ha sido en el pasado confusa, contradictoria y claramente contraproducente. Ahora, con un Presidente imprevisible y dispersamente asesorado, la situación pudiera llegar a ser peligrosa si la pugna entre las potencias regionales (Irán, Israel, Arabia Saudí, etc.) induce a Trump a emprender un camino equivocado del que no sea capaz de salir.