Trabajar juntos para no perecer juntos

Publicado en Republica.com

Al Gore fue vicepresidente de EE.UU. con Bill Clinton (1994-2000) y el año 2000 aspiró a la presidencia, ganando el voto popular pero siendo derrotado en el Colegio Electoral frente a Bush, tras una controvertida resolución del Tribunal Supremo. Le fue concedido en 2007 el Nobel de la Paz (junto con el llamado “Grupo intergubernamental de expertos sobre el cambio climático”) por sus esfuerzos para afrontar la emergencia climática mundial.

El pasado 12 de diciembre escribió en The New York Times un artículo sobre los retos que ha de afrontar el nuevo equipo presidencial de Biden y Harris, que se estrenará el 20 de enero. En él hacía un repaso de los problemas más acuciantes que aquejan hoy a EE.UU., aparte de la pandemia del coronavirus:

“… cuarenta años de estancamiento económico para las familias con ingresos medios; una enorme desigualdad en ingresos y riqueza, con altos niveles de pobreza; un horrible [sic] racismo estructural; un partidismo tóxico; el colapso inminente de los acuerdos para controlar las armas nucleares; una crisis epistemológica que socava la autoridad del conocimiento; un comportamiento temerario y sin principios en las empresas de medios sociales; y, lo más peligroso de todo, la crisis climática”.

Cabe sospechar que en esta amenazadora lista omitió deliberadamente los efectos del militarismo y el belicismo, tan arraigados en la política de EE.UU. (las “guerras eternas” que Trump dijo querer terminar), causantes de un grave deterioro social, económico y político. Al Gore no ha sido una “paloma” sino un “halcón” y apoyó todas las guerras de EE.UU., desde Vietnam hasta la guerra en Irak de 2002.

A pesar de eso, parece que ahora Gore ha percibido una oportunidad inigualable para construir una humanidad más justa y equilibrada: “Este posible nuevo comienzo se produce en un momento en el que somos capaces de romper la tiranía del pasado sobre el futuro, modificando el rumbo de la Historia con lo que elijamos hacer desde una nueva visión”.

No es pequeño su optimismo al afirmar que la pandemia será derrotada, aunque multiplica la mortandad y la lucha contra ella está siendo desesperada. Pero, aún así, piensa que estamos en el centro de una batalla de consecuencias mucho más mortíferas que la pandemia: la de proteger el equilibrio climático del planeta, “cuyas consecuencias no solo repercutirán en meses y años, sino en siglos y milenios”. El mismo impulso científico que ha permitido desarrollar vacunas contra el coronavirus en poco tiempo servirá para eliminar la dependencia de los combustibles fósiles y evitar la catástrofe climática irreversible que los expertos anuncian.

Es un discurso paralelo a la extendida idea que está arraigando en los países de la UE de que es preciso renovar muchas cosas que arrastramos desde un pasado, a veces mitificado, pero que creó las perversas condiciones hoy reinantes: acelerada desigualdad entre la riqueza y la pobreza; descrédito de la política como tal, corroída a menudo por la corrupción a todos los niveles, sobre todo en aquellos más altos que deberían ser ejemplo para la sociedad. Y, como anuncia Gore, un desprecio por el conocimiento y la ciencia y un populismo tosco e ignorante que apela a lo más primitivo y rudimentario de cada persona. (Bolsonaro y Trump son un patente ejemplo al respecto).

Al Gore concluye así el citado artículo: “Como sucede con la pandemia, el conocimiento será nuestra salvación pero, para que tenga éxito, hemos de aprender a trabajar juntos, para no perecer juntos”. Son palabras que deberíamos repetir en esta España que tan abiertamente muestra ásperas aristas de disenso político, antes de que sea demasiado tarde.