“Sólo sí es sí y no es sí a sus órdenes”

La revisión de los casos de abuso y agresión sexual que ha suscitado la aplicación de la Ley Orgánica 10/2022, de 6 de septiembre, de garantía integral de la libertad sexual (LOGILS) ha levantado una enorme polémica acrecentada por los altavoces mediáticos del pensamiento conservador y las declaraciones (mal entendidas por falta de cultura y conocimientos políticos de los receptores de la crítica) de la ministra Irene Montero.

Esta revisión está prevista de antiguo en el Derecho de los países democráticos (en incluso algunos autocráticos) y por supuesto en nuestra Constitución. Y en todo el corpus legal penal español. Y debe aplicarse a cada reo la norma que le resulte más favorecedora. Pero, como señala el catedrático de Derecho Penal de la Universitat de València, Joan Carles Carbonell Mateu, en este artículo, hay un límite: tener en cuenta que toda la norma

“ … forma una única norma completa: definición de la conducta prohibida y consecuencia jurídica que implicará su comisión. No es posible parchear la norma y fijarse tan sólo en si la nueva contempla la posibilidad de imponer una pena inferior porque lo permite la mayor amplitud de la horquilla en que puede moverse el juzgador. Es necesario mantener la unidad de la norma.

Es decir, no se trata de extraer de la norma lo que resulte más beneficioso sin tener en cuenta el tipo penal y el castigo correlativo que implica. De ahí la necesidad de estudiar caso a caso y de forma completa (tipo y pena) y no como parece deducirse de algunas informaciones interesadas en una rebaja “automática” de las penas. En Derecho, según me enseñaron, no existe el automatismo. Todo está en los matices y en el estudio de cada caso.

Pero me alejo con esta reflexión previa del lugar donde quería llegar y me reconduzco. Doctores tiene la iglesia para hablar con un mayor sentido de toda la parte jurídica y judicial de este huero escándalo. La proximidad de las elecciones desata instintos primarios.

A los conservadores de este país no les gusta nada la LOGILS. Ya cuando se propuso y con su tramitación se hicieron chistes (y nada graciosos) sobre la necesidad de firmar un documento antes de realizar el acto sexual o contar con la presencia de un notario mientras se consumaba, u otras lindezas similares. El consentimiento de la mujer ha sido una cuestión banal en la cultura patriarcal en la que nos venimos moviendo hace muchos siglos, posiblemente desde el tiempo en que nos convertimos en recolectores y ganaderos y el macho alfa, aburrido por no poder salir a matar mamuts, se dedicaba a descargar su frustración en su familia y en su tribu, y por supuesto en los más débiles del colectivo: mujeres y niños.

Se denomina coloquialmente a la ley como la ley del “sólo es sí es sí”, lo que es una perogrullada que muestra claramente cómo el consentimiento femenino en las relaciones sexuales no se considera importante. ¿En qué otro tipo de relación humana decir “no” ha significado “sí”? Porque hasta hace poco (y aún hoy en día en según que círculos) se consideraba que la negativa de la mujer a mantener una relación no consentida era simplemente una muestra de “ser una estrecha” a la que había que “ensanchar”, o incluso que decían que no para no parecer “fáciles” pero estaban deseando el acceso carnal.

Si esta mentalidad es perniciosa en cualquier orden social, en los mundos en los que prima la disciplina y el concepto jerárquico del valor (vale más el que ocupa lugar más alto en el escalafón porque se lo ha ganado, y hay que obedecer sus órdenes) como son sin duda las Fuerzas Armadas (además de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado), y más sutilmente otros estamentos muy jerarquizados, es inaceptable. Porque aquí puede entenderse que “sólo sí es sí” debe traducirse por “sí es sí a sus órdenes”.

¿Por qué es especialmente dañina esa mentalidad patriarcal y de ordeno y mando en este tipo de colectivos humanos? Por un sentimiento que embarga a cualquier persona que se sienta amenazada: el miedo. Miedo a perder el empleo. Miedo a ser castigadas. Miedo a no ser aceptadas. Miedo a que se malinterprete su posición o su rechazo. El miedo es una palanca potentísima. Recordarle a alguien que se tiene la capacidad para dañarle en su físico, en su personalidad o en sus intereses, y que ese daño puede quedar impune por la aplicación de códigos de dominación, sumisión o simple jerarquía, es una forma extraordinaria de quebrar voluntades.

El miedo paraliza e incluso puede llegar a matar. No me extenderé en esto. Baste saber que la tasa de suicidios en las FAS no se conoce porque el Ministerio no publica los datos, pese a que tanto los investigadores como las asociaciones profesionales de militares, especialmente la AUME, llevan años reclamando la publicación y el estudio de los suicidios en las FAS, sus causas y su prevención, así como el desarrollo y aplicación de un protocolo que permita desactivar la conducta suicida antes de que se produzca el hecho. Pero como simple dato, la tasa de suicidios en los cuerpos y fuerzas de seguridad triplicó la de la población general en 2021.

Naturalmente no todos estos suicidios se deben a comportamientos machistas y patriarcales, y su etiología es muy variable. Pero lo que es absolutamente innegable es el dato que el diario El País facilitaba el pasado 17 de noviembre: Los casos de acoso sexual crecieron un 36% en las Fuerzas Armadas en 2021. Y este número no se basa en los acosos realmente sufridos, muchos de ellos no denunciados por el miedo al que hacía referencia antes, sino al incremento de los procedimientos penales y disciplinarios durante ese año. De los denunciados este año, 26 de los agresores son cuadros de mando (todos hombres) y entre las víctimas (todas mujeres), 37 son personal de tropa y marinería.

Son muchas las mujeres que acaban abandonando la carrera militar, incapaces de seguir aguantando las presiones y a los abusos de todo tipo a que se les somete por el simple hecho de ser mujer. Hay casos muy conocidos, como los de la comandante Zaida Cantera y la cabo Teresa Franco. Pero son muchos más, muchísimos más los que no se conocen. Incluso los que las propias afectadas no detectan o lo achacan a la “camaradería”, en una especie rara de síndrome de Estocolmo como el que afecta, por ejemplo, a las alumnas vecinas del Colegio Mayor Ahuja, que consideraban que la sarta de barbaridades que les gritaban desde las ventanas de esa institución y que se hicieron famosas por el vídeo viral en redes sociales, eran “bromas”.

Inquietantes bromas e inquietante camaradería cuando de lo que se trata es de alabar comportamientos que desconocen la necesidad de consentimiento en cualquier relación humana, incluida, y muy especialmente, las relaciones afectivas y sexuales. Conozco de primera mano un antiguo caso, cuyos protagonistas no nombro por respeto a sus identidades y petición expresa de la víctima, en que a una militar se la bautizó como “la teniente O’Neil”, y que uno de sus mandos presumía de “haberla quebrado” porque el ejército no es lugar para “sabihondas que se creen importantes e (sic) inquebrantables”. Ella es hoy una civil feliz pero cuando la conocí seguía teniendo nostalgia de lo que pudo ser y no fue.

Y eso pasa en muchos otros campos tradicionalmente conocidos como “masculinos”: el toreo, la minería, el transporte por carretera… Si hasta las futbolistas han tenido que declararse en huelga para que se les reconociera el derecho a ser profesionales en un deporte tan exigente como el fútbol. Las FAS no son sino reflejo (como es la política, la judicatura, la medicina…) de la sociedad en que ejercen sus funciones.

Negar que existe la “cultura de la violación” es sencillamente desconocer la historia, o lo que es peor, ignorar un término políticamente aceptado y estudiado en todas las democracias occidentales. El concepto fue definido por las feministas de segunda ola en los años 70 del siglo pasado, y fue sistematizado por Michael Parenti como aquella cultura que se manifiesta a través de la aceptación de la violación y la agresión sexual como un hecho cotidiano y una prerrogativa masculina, culpando a la víctima con sus actitudes, vestuario y comportamiento de ser víctima de la violación o el abuso y causando en ellas una vergüenza que lleva a que no denuncie los hechos.

Estamos viendo en la feroz guerra de Ucrania que la violación se utiliza por las FAS rusas (y posiblemente también por otras fuerzas) como un arma de guerra más. Se utiliza el cuerpo de la mujer para humillar y atemorizar al enemigo con un sentido del “honor” que sigue remontándose a la antigüedad misma. Es la cultura del patriarcado en su cara más descarnada. Ojalá que la incorporación de la mujer a las FAS españolas sirva para que se vayan abandonando ese tipo de comportamientos, aunque me temo que la revolución cultural que necesita la sociedad (y por tanto las FAS que las protegen) tardará aún varios siglos en llegar.

Entre tanto, “sólo sí es sí”, y no “sí a sus órdenes”, en el caso de cualquier comportamiento vejatorio, sexual o no.

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