Sobre la amenaza nuclear

Publicado en  nuevatribuna.es

La guerra nuclear mundial es poco probable, especialmente a corto plazo, sencillamente porque no es rentable

Últimamente es frecuente encontrar, en los medios de comunicación y en los análisis geopolíticos de las publicaciones especializadas, titulares y análisis del tipo “Estados Unidos y Rusia se acusan mutuamente de acelerar el desarrollo de sus arsenales y capacidades nucleares”, “Estados Unidos acusa a China de realizar pruebas nucleares secretas”, “Israel confía en su capacidad nuclear como la última `razón´ para poder proseguir su ambición del Gran Israel bíblico”, “Paquistán y la India aceleran su programa nuclear” o “Irán anuncia que va a reconstruir con mayor capacidad las instalaciones destruidas por los bombardeos estadounidense e israelí de junio de 2025”, creando la correspondiente alarma sobre una posible guerra nuclear a gran escala que podría convertirse en la “guerra del fin del mundo”, al menos tal como lo conocemos, convirtiéndolo en algo que en el fondo nadie es capaz de hacerse una idea de en qué se habría convertido.

La guerra nuclear mundial no es rentable y las rentas, las acumulaciones de capital, no necesariamente sólo monetario o bursátil, son la palanca que mueve el mundo

¿Estamos en ese punto? ¿Acercándonos? ¿Inevitablemente

En primer lugar, independientemente del número, tipo y potencia de los ingenios nucleares que posean cada uno, los países “nucleares” (con armamento nuclear disponible) se pueden dividir en dos grandes grupos por su compromiso formal de no utilización. Los cinco “clásicos”, Estados Unidos, Rusia, China, Reino Unido y Francia, que además son los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, y los que podríamos llamar “cabos sueltos»: Israel, India, Paquistán y Corea del Norte. 

Ninguno de estos cuatro últimos “cabos sueltos” es hoy día signatario del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) de septiembre de 1968; Corea del Norte lo era, pero se retiró en 2003 y los otros tres nunca lo han sido. Los cinco “clásicos” lo siguen siendo. En cuanto al compromiso internacional que complementa al TNP, el Tratado de Prohibición Completa de Ensayos Nucleares (TPCEN) de septiembre de 1996, solamente Francia y Reino Unido lo han ratificado; Estados Unidos, Rusia y China lo firmaron, pero ninguno de los tres lo ha ratificado todavía; los cuatro “versos sueltos” ni siquiera lo tienen firmado.

La carrera y competición nuclear, por peligrosa que parezca y lo es, tiene más de confrontación económica y propagandística que de estrategia de seguridad

Otro aspecto en el que “clásicos” y “versos sueltos” se diferencian es en el geopolítico. Los escenarios bélicos en que los “los versos sueltos” podrían apelar al uso de armas nucleares son de carácter regional: entre la India y Paquistán en el subcontinente indio, entre las dos Coreas en el Pacífico o entre Israel y países musulmanes del Medio y Cercano Oriente. Devastadores indudablemente, pero con baja probabilidad de extenderse a otras áreas geográficas y de implicar en el conflicto a las poblaciones de otros países, aunque no necesariamente a otros países como podría ser el caso de intervención estadounidense si Corea del Norte utilizase armas nucleares contra Corea del Sur. Guerras con utilización de armamento nuclear que, posibles, aunque improbables excepto en el caso de Israel, no nos presentarían ese temido escenario de “guerra del fin del mundo” al que aludía unos párrafos más arriba, por su carácter local.

Un escenario de “guerra del fin del mundo” mucho más probable es si, en vez de guerra regional localizada debido a los intereses en juego, el conflicto estallase entre las grandes potencias de los “nucleares “clásicos”, miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas”: ¿OTAN-Rusia? ¿OTAN-Rusia y China? ¿OTAN-China? ¿Estados Unidos-China? Es decir, cuando los intereses en juego fueran la primacía y la hegemonía mundial a largo plazo.

La gran cuestión en relación con este tipo de posibles conflictos es lo que se conoce como la “destrucción mutua asegurada”. Si el objetivo de ambos contendientes, o al menos el de uno de ellos, es alcanzar el predominio y la hegemonía sobre el escenario mundial, difícilmente podrían ejercerlos en la ruinosa situación social y económica en que quedarían. De hecho, lo que llevamos viendo desde que acabó la Segunda Guerra Mundial en 1945, hace ya ochenta años, es que las grandes potencias priorizan la extensión de su áreas de influencia y sujeción geopolítica a través de la economía y el comercio y no sobre la conquista territorial, que implica, de alguna forma (viejo colonialismo), hacerse cargo y responsabilizarse de la población del territorio ocupado, y que cuando ha ocurrido (Vietnam, Afganistán, Irak, etc.) ha sido a través de Gobiernos locales títeres, no de gobierno directo, y de no muy larga duración.

En este sentido, hay que tener cuidado en no confundir declaraciones, que hay que tomar en su justa medida, con hechos consumados; especialmente hoy en día, más que nunca, que vivimos en el mundo de la publicidad, la propaganda y las falsas noticias intencionadas. No es lo mismo probar un nuevo modelo de vector de lanzamiento de armas nucleares sin ellas a bordo, que, con una de ellas, haciéndola detonar, que es lo que realmente prohíbe el Tratado de Prohibición Completa de Ensayos Nucleares (TPCEN), o una prueba de laboratorio a nivel subcrítico que con una explosión real. Sobre ambos tipos de fake news (que se dice ahora) hemos tenido ejemplos recientes, que han propiciado numerosos análisis y comentarios bastante alarmantes, pero poco precisos.

Lo que sí parece que nos dice la historia, la historia reciente, es que la guerra nuclear mundial, la “guerra del fin del mundo”, es más bien poco probable, especialmente a corto y mediano plazo, sencillamente porque no es rentable y las rentas, las acumulaciones de capital, no necesariamente sólo monetario o bursátil, son la palanca que mueve el mundo y sus fracciones, sean éstas países, regímenes, religiones, sociedades económicas o financieras u organizaciones internacionales o trasnacionales. La carrera y competición nuclear, por peligrosa que parezca y lo es, tiene más de confrontación económica y propagandística que de estrategia de seguridad (y esperemos que así siga siendo).