Sobre el 12 de octubre

Un año más, como todos los años desde 1987, celebramos este 12 de octubre nuestro día de la Fiesta Nacional. Por supuesto, de manera atípica, como atípico está siendo todo este 2020, debido a la pandemia de coronavirus que nos ha tocado sufrir. Pero como no hay mal que algún bien no tenga, quizás no sea un mal momento para preguntarnos, ¿qué conmemoramos los 12 de octubre? ¿Qué significado tiene o debería tener? ¿Por qué precisamente el 12 de octubre?

Para la mayoría de los países de los cuatro continentes no europeos, África, América, Asia y Oceanía, la elección del día de su fiesta nacional fue fácil de elegir: el día de su independencia como Estado-nación moderno, secesionándose de su potencia colonial europea correspondiente, bien fuera en la ola “ilustrada” del paso del siglo XVIII al XIX en las Américas, ya fuera en la ola “nacionalista” del paso del XIX al XX en el sudeste europeo y los dominios británicos, ya fuera en la ola de las “liberaciones nacionales” del siglo XX en África y Asia.

 

Pero en la vieja Europa no hubo tales procesos de “independencia” colonial para constituirse en Estados-nación modernos, sino que su propia historia es la historia de la creación progresiva con vaivenes de avance/retroceso de los conceptos de “nación” y “Estado-nación” como los sujetos históricos que hoy día dominan la articulación política de la humanidad, aunque sea, como efectivamente parece estar siendo, en el principio del fin de su exclusividad como entidad política histórica: globalización, organizaciones internacionales, cantonización descentralizadora, municipalismo, etcétera.

Y, como sin independencia históricamente fijada es muy difícil poder celebrar “el día de la independencia”, los europeos hemos tenido que recurrir a la política o las tradiciones para poder tener, con más o menos arraigo, entusiasmo y/o celebración, un día de “fiesta nacional”. Categoría en la que hay que incluir a China y Japón, dos países asiáticos nunca jurídicamente colonizados, aunque China si llegó a estar económicamente “colonizada” por los países europeos durante un siglo aproximadamente, razón por la cual celebra su fiesta nacional “política” los uno de octubre, considerado el día en que se fundó la República Popular China. Japón se ha inclinado más bien por la “tradición”, celebrando los once de febrero el día de la Fundación de la Nación por su legendario primer emperador Jinmu, allá por el siglo VIII (a.n.e).

 

En Europa, como no es de extrañar, el Reino Unido es la campeona de haber elegido la “tradición”: allí se celebra, con más o menos carácter de fiesta nacional, el 26 de diciembre, siguiente al de Navidad, el boxing day, que conmemora la tradición de una especie de aguinaldo, en forma de caja conteniendo comida, ropa y otros utensilios, que los señores feudales daban a sus vasallos para celebrar la Navidad y que fue continuada por los empresarios a sus obreros y sirvientes tras la revolución industrial.

De igual forma, la más célebre fiesta nacional “política” es el 14 de julio francés, que conmemora al asalto a la Bastilla, que se considera el inicio fáctico de la Revolución Francesa de 1789. Una mezcla, por tanto, de conmemoración política y tradición (hace de aquello ya más de dos siglos). La mayoría de conmemoraciones “políticas” son más recientes. En Italia, por ejemplo, país tan cercano en tantos sentidos al nuestro, el dos de junio se conmemora (Fiesta de la República) el referéndum que en 1946 decidió acabar con la monarquía y el fascismo e instaurar la república y la democracia. Y en la actual República Federal Alemana, lo que se conmemora es el día de la reunificación en 1990, los tres de octubre.

 

En España, el 12 de octubre, día de 1492 en el que las naves de Colón tocan por primera vez el continente americano (en las actuales Bahamas), siempre ha sido “fiesta”, aunque no siempre “la fiesta nacional”. Lo fue por primera vez en 1892, en el cuarto centenario de la gesta, por decreto de la reina regente doña María Cristina. Desde entonces, y con diferentes títulos: día del Descubrimiento, de la Raza o de la Hispanidad, ha debido compartir su título de fiesta nacional con fechas históricas (tradición), como el dos de mayo, o con fechas “políticas” como el 14 de abril (II República) o el 18 de julio (dictadura franquista del Movimiento Nacional).

Sin embargo, a pesar de la importancia histórica del año 1492 —fin del Reino nazarí de Granada y, por tanto, de Al-Ándalus y gesta de Colón en el marco de una unión dinástica entre las dos ramas Trastámara de la península Ibérica, que daría forma y territorio a lo que, con el tiempo, sería el actual Estado-nación España— no parece que sea muy históricamente científico decir que en ese contexto nació realmente España y que en ese año se podría celebrar su independencia que, en todo caso, habría que celebrarla el 1 de enero (rendición del Reino nazarí de Granada) o retrasarla al 19 de octubre de 1469 (enlace matrimonial de los Reyes Católicos) o al 13 de diciembre de 1474 (coronación de Isabel como reina de Castilla).

Lo que sí es incontrovertible es que ese día fue el del “descubrimiento” del continente americano. Guste o no guste el término descubrimiento, la realidad es que ese día los europeos “descubrieron”, “se enteraron” de que, por el oeste, entre ellos y las supuestas (y conocidas) Indias, había algo que, con el tiempo, comprobaron, “descubrieron”, que era todo un continente, al que llamarían América. De la misma forma que los nativos de esas tierras acabaron “descubriendo”, “enterándose”, de que, allende el mar, por el este, vivían pueblos más tecnológicamente desarrollados y, por tanto, más poderosos, que acabarían por aculturizarlos (civilizarlos, lo llamarían los europeos) y colonizarlos. Un proceso civilizatorio/colonizador más, de los muchos que se han dado a lo largo de la historia, con las mismas luces y sombras que cualquiera de ellos, sin que parezca útil, e incluso justo, querer resaltar (exaltando o denigrando) unas u otras (las luces o las sombras) con criterios de valor desarrollados a lo largo de los siguientes cinco siglos.

En 1913, al político e intelectual Faustino Rodríguez Sampedro se le ocurrió denominar al 12 de Octubre Día de la Raza, denominación que en España “oficializó” Alfonso XIII en 1918 y que duró hasta 1958, cuando fue sustituida por la de Día de la Hispanidad, idea propuesta por Ramiro de Maeztu en 1931 y que fue calando lentamente en la sociedad española ante lo impropio y acientífico de la denominación “de la Raza”. Denominación de Día de la Raza para el 12 de Octubre que, por cierto, también había sido adoptada por la dictadura portuguesa del Estado Novo (1933-1974).

Y así hasta que fuera declarado Día de la Fiesta Nacional española por la Ley 18/1987 de 7 de diciembre por la (entonces) joven democracia española. Un acierto: haber acudido a la historia, a la “tradición” en vez de a la “política” haciéndola coincidir con, por ejemplo, el 6 de diciembre, Día de la Constitución o con cualquier otra fecha cercana que conmemorara la vuelta a la democracia, porque cuando esa Constitución de 1978 cambie o si España volviera a ser republicana o cualquier otra eventualidad de esta índole, ¿qué tendríamos que hacer? ¿Volver a buscar otro día para la fiesta nacional? ¿No ha habido ya bastantes cambios y bastantes significados? Como demostraría la pregunta que muchos se hacen (y hacen), honrada o maliciosamente: pero, ¿qué celebramos exactamente?

No sólo, aunque también sin duda, el ya lejano, puntual e históricamente superado descubrimiento de América ni “la hispanidad”, un concepto vago y poco tangible, que sólo tendría sentido si todos los países que se sintieran concernidos celebráramos el mismo día nuestras respectivas fiestas nacionales. El descubrimiento y la hispanidad son sólo la excusa (la tradición), porque algún día hay que elegir. Y, una vez elegido, lo que deberíamos hacer es asumir y promover que es el día de los españoles —como hay tantos “el día de…”—, la fiesta de todos los españoles, no sólo de las altas instituciones del Estado, con su cóctel, y de los militares con su desfile.

Participación institucional, sí, cómo no; participación militar, sí, cómo no; pero no sólo participación institucional y militar. Si queremos que nuestro 12 de Octubre sea realmente la fiesta de todos los españoles y así la sintamos todos (o, por lo menos, cada vez más así la vayamos sintiendo todos), hay que tender a que sea, cada vez más, una fiesta más lúdica, popular, cultural, participativa y divertida, y menos oficial, ceremoniosa y rígida. España no es sólo el Gobierno, sus altas instituciones y nuestras Fuerzas Armadas. España somos todos los españoles, con nuestra diversidad, nuestras virtudes, nuestros defectos, nuestras similitudes y nuestras divergencias. Y creo que tenemos derecho a exigir una fiesta de todos, para todos. La fiesta de la alegría de ser españoles, no porque seamos mejores, pero tampoco peores, que otros, ni nuestros paisajes, historia y tradiciones y costumbres sean mejores, pero tampoco peores, que otras, sino simplemente porque es lo nuestro, lo que tenemos.