Obama en Oriente Medio

Cualquiera que haya leído en la prensa de EE.UU. los comentarios suscitados por la última visita de Obama a Oriente Medio se vería inclinado a extraer una sorprendente conclusión: la principal preocupación de los analistas estadounidenses se centra en unas armas nucleares que no existen -las de Irán- e ignora del todo otras que sí existen: las de Israel. Tampoco se alude al arsenal pakistaní, que sigue creciendo de modo discreto. Frente a las 100-300 armas que se suponen en poder de Israel, a Pakistán se le atribuyen unas 90 ó 100. Ninguno de ambos países reconoce oficialmente el hecho, aunque los datos filtrados impiden seguir haciendo la vista gorda. Si la aspiración de Islamabad es disponer de cierta disuasión frente a la India, Israel va mucho más lejos: se esfuerza por mantener la hegemonía nuclear en todo el Oriente Medio y el monopolio en su más inmediato entorno geopolítico. Para ello, no ha vacilado en recurrir a algo que ninguna otra potencia nuclear ha hecho jamás: el ataque preventivo para evitar que otro país pueda hacerse con armas nucleares.

Es cierto que entre 1945 y 1949, mientras EE.UU. era el único poseedor de estas armas, hubo voces que sugirieron atacar las instalaciones nucleares soviéticas, pero la idea ni siquiera llegó a ser tenida en cuenta por el Gobierno. Israel ha sido la excepción y es de temer que lo siga siendo. Sus aviones destruyeron el reactor iraquí de Osirak en 1981; con el mismo propósito, contribuyó a fabricar el engaño que propició la invasión de Irak en 2003; y en 2007 atacó un reactor sirio. Esta política de ataques preventivos para mantener el monopolio nuclear en la región es a la larga más peligrosa para el mundo que las bravuconadas verbales de los países del “eje del mal”.

Pero no solo se trata ahora de armas nucleares. La visita de Obama ha servido para reforzar ese falso cliché que ha promovido tantos conflictos y puede desencadenar algunos más: el de la “inseguridad nacional” del Estado judío. En su discurso en Jerusalén regaló los oídos de la audiencia afirmando que el país está “rodeado por muchos que en esta región lo rechazan y muchos que en el mundo se niegan a aceptarlo”. Así pues, son los israelíes, y no los palestinos, las víctimas que se sienten acosadas como consecuencia del irresuelto conflicto.

Aunque en una alocución a la juventud israelí Obama declaró que la ocupación de Cisjordania no es solo perjudicial para su país sino que es también inmoral e injusta, eludió recordar que es la política del Gobierno israelí la que dificulta la resolución del conflicto al fragmentar el territorio palestino con la expansión de los asentamientos ilegales. Despachó el asunto con unas frases elusivas y poco comprometedoras, como “consideramos que la continuación de los asentamientos no es constructiva, sino contraproducente para la paz”.

Durante la breve entrevista con el presidente de la Autoridad Palestina, Obama apuntó que los asentamientos son una débil excusa para no reanudar las conversaciones de paz, sugiriéndole que aceptara hoy unas condiciones que Mahmoud Abbas estima indignas, a cambio de un hipotético mañana en el que ya es muy difícil creer. Aunque Obama no tiene a la vista enfrentamientos electorales, no se atrevió a visitar Gaza (territorio tan palestino como Cisjordania) a pesar de los avances contemporizadores del Gobierno de Hamás, que ha aceptado la solución biestatal. Tanto Hamás en Gaza, como Hezbolá en Líbano, parecen conducir al supuesto foco del problema: Irán. Obama toca sus límites y no desea quemarse en el fuego del infierno de una opinión pública adversa, así que el temor a ser considerado por sus compatriotas “blando con el terrorismo” frenó lo que hubiera podido ser una audaz iniciativa en pro de la paz.

Frente a la insistencia de Obama en acentuar ante los líderes palestinos la “inseguridad” de Israel, un dirigente de la OLP se preguntó irónicamente cómo se sentiría Obama si EE.UU. se convirtiera en un Estado blanco y protestante: “Así nos sentimos – dijo – los palestinos en el Estado judío de Israel”. La sombra del apartheid y el deterioro de la democracia israelí siguen imponiendo su innegable realidad.

El complejo problema planteado en Oriente Medio no es de fácil resolución y es aún más difícil abarcar todos los factores que lo constituyen; Obama tampoco se ha esforzado en hacerlo. Así, por ejemplo, vistas las cosas desde Teherán, es Israel el verdadero peligro nuclear para la región y el que realmente ha iniciado allí la carrera de armamentos nucleares. Es necesario reconocer que Israel está jugando con fuego, y Obama debería saberlo. El ejemplo de las falsas armas nucleares de Sadam Hussein, trágica broma de la que se acaba de cumplir el décimo aniversario, debería hacerle desconfiar y comprender que el fantasma de la bomba nuclear iraní, tan cuidadosamente cultivado por Israel, podría desencadenar en esta región un conflicto del que EE.UU. saldría profundamente dañado. Probablemente, en una situación mucho peor que tras las fallidas guerras en Irak y Afganistán, y en pleno declive imperial, atentamente observado por las potencias emergentes que a largo plazo aspiran a sucederle o, por lo menos, a hacerle sombra.