Mujeres afganas: tres estampas de violencia

No porque los tambores de la guerra amenacen a Siria conviene olvidar Afganistán. Allí persiste una situación de guerra y terrorismo combinados, cuyos efectos viene soportando el sufrido pueblo afgano. Pero hay que profundizar más en esta cuestión: aunque el discurso sobre Afganistán predominante en los medios esté orientado a las cuestiones militares (retirada de las tropas ocupantes, instrucción de las fuerzas locales, pugnas internas por el poder entre el Estado y los jefes locales, etc.), más de la mitad de la población afgana sigue estando sometida a una forma de vida que vulnera los más elementales derechos humanos: las mujeres. Tres estampas de actualidad pueden ayudar a entender esta situación.

La violencia intrafamiliar
La red Avaaz ha revelado el caso de Sahar Gul, la niña que a los 12 años fue vendida por su hermano por 5000 dólares para un matrimonio forzado. Su nuevo hogar, según el informe de Avaaz, era “la casa de los horrores”: allí permaneció encadenada, golpeada con tubos de hierro candente, privada de comida y castigada a perder sus uñas porque no aceptaba prostituirse en beneficio del marido. Fue rescatada por la policía al borde de la muerte.

El año pasado los agresores fueron condenados a diez años de prisión, pero han sido puestos en libertad ante la indignación de los familiares y grupos de apoyo. Además, se tramita en el parlamento una ley para impedir que los familiares de las víctimas del maltrato doméstico testifiquen contra los agresores, lo que dificultaría aún más su condena.

La misión de la ONU en Afganistán denunció que “queda un largo camino por recorrer” en la aplicación de las leyes que protegen a la población femenina de la violencia familiar, pues chocan frontalmente con las costumbres ancestrales: compraventa de mujeres, bodas infantiles o forzadas, violaciones y el regalo de mujeres para resolver conflictos.

Las niñas de negro
Un problema afecta estos días a las jóvenes afganas: alumnas y profesoras han solicitado al Gobierno que modifique su uniforme, túnica y pantalones negros, con un pañuelo de cabeza blanco. Una alumna de instituto declaraba: “El ministro de Educación estará en su despacho con aire acondicionado. ¿Qué sabe él del calor que pasamos nosotras? En verano he visto a chicas desmayarse, porque las ropas negras absorben el calor”. Se exige uniforme aunque las temperaturas alcancen los 50º C. Otra decía: “El ropaje negro nos afecta física y psicológicamente. Las mujeres visten de negro para ir a los entierros. El uniforme me hace pensar en la muerte”. Por otro lado, un dermatólogo del Hospital Central de Kabul añadía: “Tengo pacientes con reacciones en la piel causadas por llevar siempre ropa negra”.

Pero en el ministerio se opina así: “Primero: las alumnas debe ser identificables por su ropa. Segundo: el color negro esconde a los ojos de los hombres la belleza y la silueta de niñas y mujeres, y evita que llamen la atención. Es lo obligado aquí”.

Un documento cinematográfico de especial interés
Por último, aludiré a un documento audiovisual que resume, de modo impresionante, la situación de la mujer afgana. “La piedra de la paciencia”, recién estrenada en España, es una película de Atiq Rahimi, escritor y cineasta franco-afgano nacido en Kabul, donde se da la palabra a una mujer afgana para que exprese libremente sus sentimientos. Para poder hacerlo, tiene que esperar a que su marido esté en coma: “Es el homenaje que rindo a la imagen y a la palabra de una mujer oprimida”, dice el director.

Al ser preguntado sobre si la protagonista expresa el sentir de las mujeres en su país, responde así: “No aseguro que este filme represente fielmente a todas las mujeres afganas. ¿Lo hizo Tolstoi con todas las rusas? Y Sharon Stone en ‘Instinto básico’ ¿representa a todas las americanas?”. Concluye afirmando: “No sé si existe esa mujer, pero es el tipo de mujer que me gustaría que existiese en esa situación concreta y en esa cultura: una mujer que se rebela, que se revela a sí misma, que cuenta su historia, descubre sus deseos y se siente realizada”.

No pierda el lector la oportunidad de contemplar esta excelente obra cinematográfica o de leer el libro de Rahimi que, con el mismo título, ganó en 2008 el Premio Goncourt (Ed. Siruela, 2010).

Tras todo lo anterior, cabe preguntarse si en un ambiente de violencia (guerras, invasiones, terrorismo…) se podrá cambiar alguna vez la intolerable situación de opresión de las mujeres, de la que no es solo responsable la religión musulmana (que en la Córdoba del Califato dio muestras de su capacidad de progreso y tolerancia) sino la temible combinación de violento militarismo y fanatismo religioso, que en nuestros días está ensangrentando varios países. Sin olvidar tampoco nuestra propia historia, española, europea y occidental, en la que guerra y religión también llevaron la muerte y la destrucción a muchos de los pueblos que hoy se esfuerzan por vivir en democracia y ayudar a otros para que respeten los más elementales derechos humanos.

Publicado en CEIPAZ el 10 de septiembre de 2013