Los olvidos del rey

Publicado en Infolibre.es

El discurso del rey con motivo de las festividades navideñas se ha convertido en un acontecimiento político que adquiere un especial relieve en circunstancias como las que estamos viviendo. Lo mejor que nos podría pasar sería que se hubiese tratado de un trámite protocolario más, como el del encendido del alumbrado navideño. Desafortunadamente, en nuestro país, en estos últimos años, estamos asistiendo a la constatación pública de las de actividades ilícitas del rey Juan Carlos I, ahora y a pesar de todo rey honorario, que le llevaron a su abdicación. El manto de silencio que cubría los negocios ilícitos del rey, designado heredero por el dictador, tuvo que ser levantado por las informaciones procedentes de prestigiosos diarios extranjeros y las investigaciones de la Fiscalía suiza. Una vez que han trascendido y han sido conocidas en nuestro país, sus consecuencias han irrumpido con estrépito en el entramado político de nuestra democracia.

Los discursos tradicionales del rey siempre han desatado comentarios que se han centrado sobre el escenario, el atuendo, la forma y el contenido. En años anteriores las reseñas de la prensa, los analistas políticos y los ciudadanos que le habíamos escuchado nos fijábamos y escudriñábamos los fondos de imagen para detectar fotografías, adornos y otros complementos que pudieran tener un significado añadido al contenido del mensaje. Muchos analistas se fijaban en los fondos de imagen para detectar fotografías que pudieran servir de pretexto para enviar mensajes encriptados. Quizá lo más significativo, no sé si intencional, fue la estrecha proximidad entre las banderas de España y de la Unión Europea que, como más adelante comentaré, pudiera encerrar un mensaje subliminal para aquellos nostálgicos de la autarquía dictatorial del pasado. Fuera de la Unión Europea no tenemos futuro. En todo caso, el escenario que reflejaban las imágenes, el tono y la forma, me han parecido impecables y en esto coincido con el presidente del Partido Popular, Pablo Casado.

 

Era inevitable una referencia prioritaria a la pandemia que estamos soportando. Sin duda, todos podemos compartir las referencias que transcribo textualmente a los efectos de una pandemia que va más allá de lo puramente sanitario: “Muchos ciudadanos y familias vivís la angustia del desempleo o la precariedad; la angustia de apenas llegar a cubrir las necesidades básicas; o sentís la tristeza de tener que abandonar un negocio al que habéis dedicado vuestra vida. Por todo ello, es lógico y comprensible que el desánimo o la desconfianza estén muy presentes en tantos hogares”.

Su apelación al esfuerzo colectivo y el reconocimiento de la excepcionalidad que estamos viviendo hubiera merecido una mención a la imperiosa necesidad de la declaración del estado de alarma. Soy consciente de que las fuerzas políticas de la oposición han optado por cuestionar o incluso considerar inconstitucional la toma de esta decisión. Pero precisamente por ello, la Jefatura del Estado podía poner coto a una posición política contraria a la solidaridad colectiva y que ha causado asombro y extrañeza en otros países que también han sufrido el flagelo de la pandemia. En mi opinión, en ningún caso supondría una declaración partidista sino una convicción, por muchos compartida, de que nos encontramos ante una situación que había que abordar con medidas excepcionales, previstas en nuestra Constitución. Por supuesto, esta toma de postura no impedía la libertad de opción de las estrategias políticas que, según su responsabilidad, quisieran desarrollar los partidos políticos.

 

Reconozco la delicada situación en que se encuentra un hijo para realizar una crítica pública a su padre, pero, en este caso, predominaba la trascendencia pública de los acontecimientos, ya que se trataba del actual jefe del Estado, que precisamente ha llegado al trono a consecuencia del comportamiento transgresor de todas las normas éticas y legales de su antecesor en el mismo cargo. Muchos echamos de menos una referencia crítica directa del actual jefe del Estado sobre hechos notoriamente conocidos y difícilmente aceptables. Los datos que los avalan son abrumadores, cualquiera que sea, en definitiva, su calificación y los arabescos jurídicos (“el revés del derecho”, como escribió Marcel Camus) que pudieran realizarse para envolverlos con el manto de la impunidad o con la duda favorable a los reos. La presunción de inocencia es un principio y una garantía de una sociedad democrática que no puede escamotear los hechos como haría un mago en su espectáculo.

El pasaje que dedica a reprobar, indirectamente, la conducta del anterior jefe del Estado es quizá uno de los más trabajados. En mi opinión, nos encontramos ante un ejercicio de funambulismo literario, difícilmente superable. Pero los hechos son contumaces y no pueden ser disimulados con evasiones de la realidad. El anterior jefe del Estado, les suena esta expresión, se ve acosado por la apertura de tres frentes de investigación, con visos de verosimilitud y documentalmente constatados.

 

Las comisiones generosas recibidas por la concesión a empresas españolas del AVE a la Meca. La existencia de cuentas ocultas en paraísos fiscales. El uso de las tarjetas Black Royal con generosidad y derroche que nadie se cree que se deba a la generosidad de un magnate mexicano absolutamente desconocido. Este tríptico debió ser mencionado, con todas las matizaciones que se quiera, en el discurso de la pasada Nochebuena.

Precisamente el párrafo que hace referencia a la ética, rectitud e integridad de los titulares de la corona ha suscitado la atención de todos los informativos que reproducen, insistentemente, este llamamiento al respeto a unos principios que nos obligan a todos, sin excepciones, y que están por encima de cualquier consideración personal o familiar. Si en lugar de un mensaje se hubiera tratado de una entrevista, el texto se parecería a la respuesta que dio Mariano Rajoy cuando le preguntaron por las actividades de Luis Bárcenas: “Esa persona de la que usted me habla“. Una frase de mi paisano digna de Groucho Marx.

Este lenguaje evasivo se puede llegar a comprender si se tratase de la opinión de un hijo sobre su padre, pero creo que no es de recibo en un mensaje del jefe del Estado a toda la nación. No obstante, hay que destacar que marca una línea de ruptura con el anterior jefe del Estado cuando afirma que asumió sus responsabilidades como jefe del Estado con el “espíritu renovador” que inspira el reinado desde el primer día.

Pero el silencio más clamoroso, en opinión de muchos, se ha producido al omitir cualquier referencia a un movimiento golpista que circula ampliamente por los entornos relacionados con la milicia que no dudan en proclamar su indisimulado deseo de dar un golpe de Estado, sustituyendo la voluntad popular por la fuerza de las armas. No resultan nada convincentes, es más, me parecen peligrosas, evasivas e infantiles, las reiteradas proclamas de la ministra de Defensa e incluso del presidente del Gobierno y otros ministros sobre el profundo compromiso de la totalidad de las Fuerzas Armadas con la democracia. Nada celebraría más que estas afirmaciones fueran rigurosamente ciertas; me conformo con que un porcentaje moderado de sus componentes, tenga estas convicciones democráticas.

En principio, la Casa Real estuvo desafortunada al proclamar, con gran ligereza, que se trataba de una carta más de las miles que se reciben, desde los más diversos orígenes, personales y colectivos. No es una carta más, es una proclama que si no se ataja con firmeza puede llevarnos a una situación imprevisible que no sólo nos haría retroceder a tiempos oscuros y sangrientos de nuestro pasado, sino que pondría peligro nuestra permanencia en la Unión Europea. Esta consecuencia dejaría sin contenido el pasaje en el que se afirma: “Contamos con la Unión Europea, que ha asumido un compromiso firme con la sostenibilidad y recuperación económica frente a esta pandemia. La Unión nos ofrece una oportunidad histórica para progresar para avanzar; abre una nueva era, porque poca para que España se una en un proyecto común para modernizar nuestra economía; adaptar nuestras estructuras productivas a la nueva revolución industrial, tecnológica y medioambiental que vivimos. Y asentar con ambición y cohesión nuestro papel colectivo como miembros de la Unión Europea”. Todos debemos ser conscientes de que un golpe militar que anule las libertades y que ponga en peligro la vida de nuestros conciudadanos llevaría aparejada nuestra expulsión inmediata de la Unión Europea. Polonia y Hungría nos parecerían una Arcadia feliz.

Majestad, nunca debió omitir esta grave situación, porque usted es, además, el jefe supremo o comandante en jefe de las Fuerzas Armadas. Todavía tiene usted una oportunidad de salir al paso de estas peligrosas maniobras, en su discurso del próximo 6 de enero, con motivo de la Pascua Militar. Le deseo salud para usted y su familia, pero no olvide que no puede reinar sobre un país en el que se aniquilen las libertades de sus ciudadanos. Tiene que poner todas sus potestades al servicio del bien común. Lo que los romanos, llamaban la “rés pública”.

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José Antonio Martín Pallín es magistrado emérito del Tribunal Supremo, comisionado de la Comisión Internacional de Juristas (Ginebra) y abogado