La tortura en junio

Conmemoración poco conocida popularmente, el mes de junio es considerado por varias organizaciones humanitarias y religiosas como “Mes de la concienciación sobre la tortura”, dentro del cual el día 26 ha sido elegido por Naciones Unidas como el “Día de apoyo a las víctimas de la tortura”. Fue en ese día de 1987 cuando entró en vigor la llamada “Convención contra la tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes”, firmada y ratificada por la mayoría de los Estados de la ONU.

Pero la realidad es que, en bastantes países y en amplios sectores sociales de todo el mundo, ese día y los restantes del año podrían muy bien ser considerados como los días de la indiferencia ante la tortura y sus secuelas, y de la complicidad de muchos Estados en tan degradantes prácticas. Olvido e ignorancia que alcanzaron su ápice después de los atentados terroristas del 11-S.

A partir de entonces, en EE.UU. y en gran parte del mundo (54 países se implicaron en este oprobio, incluyendo España) se estableció un régimen de tortura sistemática y universalmente organizada, que utilizó secuestros, transportes ilegales de personas, encarcelamiento en prisiones secretas (o abiertas, como Guantánamo, y no por eso menos abominables) y métodos oficialmente revisados y aprobados de lo que se dio en llamar “interrogatorios reforzados”.

Esta expresión fue el eufemismo creado por la Casa Blanca y el Pentágono, y pronto adoptado por los países aliados y satélites, para no utilizar la palabra maldita: “tortura”. Ésta solo se aplicaba a lo que hacían los rebeldes y terroristas en esas regiones atrasadas del mundo, pobladas por seres incivilizados y ajenos al cristianismo profesado por Bush y sus consejeros; en países que no respetan la Declaración Universal de los Derechos Humanos y donde solo impera el fanatismo religioso y la más atrasada barbarie.

Una encuesta publicada el pasado mes de mayo reveló que el 45% de los ciudadanos de EE.UU. opina que la tortura es “a veces necesaria y aceptable” para “conseguir información destinada a proteger a los ciudadanos”, opinión que también sustenta un 29% de los ciudadanos británicos. Esto lo ha publicado Ariel Dorfman -el inolvidable autor de “La muerte y la doncella”, ambientada en su Chile adoptivo-, quien se pregunta si los que así opinan han conocido alguna vez en persona a algún torturado: “¿O es que creen que el sufrimiento interminable se inflige solo a gentes lejanas y peligrosas, capturadas en guerras inescrutables y en conflictos bárbaros?”.

¡Qué fácil y arriesgado es opinar sobre lo que no se conoce! Y, peor aún, cuando sobre esas opiniones se fundamentan democráticamente las políticas de los Estados más avanzados, cuyos gobernantes consideran que al recurrir a la tortura están atendiendo al sentir de la población y garantizando su seguridad.

Dorfman ha conocido a muchos torturados y los ha reflejado en sus obras como un modo de revelar la barbarie de práctica tan inhumana. Ya hace veinte años tuvo ocasión de tratar personalmente y conocer a fondo a un oficial británico, torturado por los japoneses en Tailandia mientras trabajaba en el ferrocarril que inspiró la película “El puente sobre el río Kwai”. Su asombrosa experiencia fue también objeto del arte cinematográfico en “Un largo viaje” (título original: The Railway Man).

Lomax, la víctima, averiguó, cuarenta años después, que el japonés que le había torturado vivía y, cuando lo localizó, descubrió que era ¡monje budista! Tras concluir la guerra se había dedicado a denunciar las atrocidades cometidas por Japón durante ella y, a modo de compensación, contribuyó a atender a los innumerables huérfanos de los asiáticos que habían muerto construyendo el ferrocarril. Nunca logró escapar al recuerdo del joven oficial británico al que había torturado sistemática y salvajemente, y que había dado por muerto.

Ambos se reencontraron en una estremecedora reunión. Dorfman se preguntaba si era posible la reconciliación mientras las heridas seguían abiertas, y si algo cambiaba cuando el torturador mostraba arrepentimiento: “¿No era el remordimiento un viaje al propio ego, una componenda para satisfacer las apariencias externas?”.

El torturado, resume Dorfman, podía llegar a apaciguar el odio que subsistía en su interior, incluso podría perdonar a su torturador, pero quedaba siempre algo irreparable: “un terror que nunca podría aplacarse”. Lo irreparable es la disociación entre la persona y lo que ésta padeció, fenómeno típico de las víctimas de la tortura. Su supervivencia mental depende de que se distancien de su propio cuerpo y sus vicisitudes. Viven siempre en esa destructiva distancia.

No debería ser necesario recurrir al habitual argumento de que, mediante la tortura, muy pocas veces se averigua nada valioso y que, sumido en un invencible pánico, el torturado confiesa cualquier cosa con tal de poner fin a su agonía. Bastaría con asumir ese principio básico de los sentimientos humanitarios que nos impulsa a no hacer a los demás lo que uno no desearía que le hicieran a él. Transgredirlo conscientemente, como ha ocurrido durante la fatídica “guerra contra el terror”, es la mejor prueba de la inhumanidad básica de todos los implicados en tan vil quehacer, aunque lo disfracen como servicio a un dios o a alguna patria.

Publicado en CEIPAZ el 23 de junio de 2014