“La del silo, NO”

Publicada en Infolibre.es

En las escalillas de jefes y oficiales de principios de los años setenta consta la fecha de nacimiento del interesado y el día de entrada en el Ejército. En estos documentos se puede ver que gran parte de estos oficiales entraron en el Ejército en el verano de 1936, en los primeros momentos de la sublevación militar, siendo menores de edad, es decir sin haber terminado el bachillerato. En su mayoría eran jóvenes falangistas que se alistaron, no para seguir la carrera militar sino por motivos políticos, para derribar el Gobierno legalmente constituido.

Pasaron los años y a principios de los años setenta estos jóvenes extremistas de 1936 coparon los escalafones del Ejército de Franco. Eran generales, coroneles y tenientes coroneles. Su formación intelectual y profesional, salvo excepciones, era muy escasa. Los pilotos se habían formado en la Italia de Mussolini o en la Alemania de Hitler, durante la guerra, y sus conocimientos aeronáuticos se habían quedado anclados en esa época. No fueron capaces de asimilar las nuevas tecnologías adquiridas tras los acuerdos con los Estados Unidos en 1953. En los años setenta, la mayoría de estos pilotos sólo eran capaces de volar con un sol espléndido, sin viento y sin nubes. No sabían utilizar los instrumentos de navegación, eran incapaces de volar de noche, utilizaban los mapas de carreteras como único método para orientarse.

Para mantener la aptitud de vuelo y cobrar el correspondiente plus, tenían que hacer un viaje al trimestre. La mayoría de ellos elegían el trayecto Getafe-Albacete porque el terreno era llano, con una carretera sin curvas fácil de seguir. Los pilotos jóvenes llamaban jocosamente al trayecto Getafe-Albacete “la ruta del aceite”, porque los aviones que volaban, “los de la guerra”, estaban desvencijados y se suponía que iban goteando aceite que dejaba manchas a ambos lados de la carretera.

Pues bien, a principios de los años setenta el ministro del Aire, Julio Salvador y Díaz-Benjumea, montó una escuela en el Grupo del Estado Mayor de Getafe con capitanes como profesores para que pusieran al día en materia aeronáutica a “los de la guerra”. En el curso tenían que hacer vuelo nocturno con el T-6, un avión ya antiguo y difícil de volar. Al retrasar la potencia del motor para aterrizar se iluminaba sólo con las baterías y el aterrizaje se hacía prácticamente a oscuras. En la escuela también disponían de unas avionetas bimotores modernas para aprender a volar sólo con instrumentos, sin seguir las carreteras.

Enseñar a volar a unos señores con más de cincuenta años no tenía sentido operativo alguno, esto lo decidió Salvador y Díaz-Benjumea por su mentalidad caciquil y porque en aquella época el ministro del Aire hacía y deshacía a su antojo, sin tener que dar explicaciones a nadie. Es famosa la anécdota de Díaz-Benjumea cuando saliendo de Palma de Mallorca se desvió varias millas de la ruta y el controlador le dijo que estaba fuera de la aerovía. La respuesta de Salvador fue: “Soy el ministro del Aire y pongo las aerovías donde me da la gana”. Cuando se casó su hija en Sevilla montó un puente aéreo con los aviones de transporte del Ejército del Aire para llevar a los invitados de Madrid a Sevilla y vuelta. Estos comportamientos eran normales en la época.

Durante el franquismo los generales de la guerra eran los dueños y señores del cortijo y nadie se atrevía a llevarles la contraria. Cuentan que el entonces ministro del Aire Eduardo González-Gallarza, que, por cierto, aparece en la lista de presuntos autores de crímenes contra la humanidad en los famosos autos del juez Garzón, cuando fue a pasar reconocimiento médico para renovar su aptitud de vuelo, el oftalmólogo militar se atrevió a insinuarle que no estaba bien de la vista. La respuesta de Gonzalez-Gallarza fue: “Fíjese si veo bien que le estoy viendo a Vd. en Guinea”.

González-Gallarza veraneaba en la isla de La Toja y se construyó un aeropuerto para su uso exclusivo en la playa de A Lanzada, junto a O Grove, en Pontevedra. Como entonces las carreteras eran pésimas, la pista de aterrizaje la usaba él en exclusiva para ir y venir de La Toja a Madrid los fines de semana y para hacer la mudanza al principio y al final del veraneo. El aeropuerto de González-Gallarza ahora sirve de aparcamiento para los bañistas de la playa de A Lanzada. Se puede ver en estas coordenadas de Google Earth: 42º 27´ 12,97 ´´ Norte, 8º 52´ 33,07 ´´ Oeste.

Con esta mentalidad caciquil no es de extrañar que a Salvador Díaz-Benjumea se le ocurriese la “brillante” idea de formar como pilotos a “los de la guerra”, sin que nadie se atreviese a aconsejarle lo contrario por miedo a ser destinado al Sáhara (Guinea ya era independiente).

En la escuela de Getafe organizada por Díaz-Benjumea, los alumnos, una vez superado el curso del T-6, tenían que viajar solos a Albacete usando los instrumentos de vuelo, sin seguir la carretera. Durante la preparación de uno de estos vuelos, un profesor le estaba explicando a un coronel de la guerra cómo ir a Albacete en línea recta, sin seguir la carretera, pero el alumno no le prestaba atención, miraba un mapa de carreteras que tenía una flecha muy ancha señalando a Ocaña, con una inscripción en su interior que decía “la del silo, NO”. El “NO” tenía unos tres centímetros de alto. El profesor dio por imposible al alumno, que se fue hacia el avión guardando el mapa de carreteras como oro en paño.

El profesor, de regreso al escuadrón, le preguntó a otro colega por el posible significado de la flecha en Ocaña con alusiones a un silo. La explicación era muy sencilla: el día anterior, el coronel de la guerra había intentado realizar el rally Getafe-Albacete siguiendo la carretera, pero al llegar a Ocaña, en lugar de desviarse a la izquierda y coger la carretera de Murcia, se confundió y siguió hacia el sur por la carretera de Andalucía. Cuando ya había pasado Valdepeñas vio en la lejanía unos montes. Sus escasos conocimientos geográficos aprendidos durante su inacabado bachillerato le permitieron identificar la cordillera que tenía en el morro del avión como Sierra Morena y llegó a la conclusión de que se había perdido. Dio la vuelta y cogió la carretera en sentido contrario. Cuando aterrizó en Getafe tenía los depósitos de combustible vacíos.

Para no repetir tan amarga experiencia el coronel de la guerra había puesto esa flecha enorme señalando al silo que había a la derecha de la carretera de Andalucía para recordar que en el cruce de Ocaña tenía que coger la carretera de la izquierda, la que NO tenía silo, la del silo iba a Despeñaperros.

Los pilotos jóvenes se preguntaban: ¿Cómo es posible que personas tan ineptas hayan podido ganar la guerra? Y concluían: “La incompetencia de los republicanos debía de ser sublime”. Conclusión errónea porque en esa época era imposible saber lo que había ocurrido en la guerra, ni lo que estaba pasando en España. No había información, todo estaba censurado, solo la BBC, Radio París o la Pirenaica informaban de la situación política sin pasar censura, aunque con enormes interferencias radiofónicas provocadas por el Régimen para dificultar su audición.

Para enterarse de lo que había ocurrido en la guerra había que acudir a libros prohibidos entre los que destacaban los de Ruedo Ibérico, donde historiadores anglosajones como el británico Hugh Thomas, luego partidario de Margaret Thatcher, o el estadounidense Stanley G. Payne contaban los hechos sin someterse a la propaganda oficial del Régimen. Payne ha acabado en posiciones ultraconservadoras y apadrinando la obra revisionista de la historiografía derechista española.

Leyendo libros prohibidos, con el consiguiente riesgo, se entendía todo perfectamente: esos pilotos habían sido meros comparsas de los alemanes e italianos, la guerra no la ganaron “los de la guerra”, valga la redundancia, sino la logística alemana y la “neutralidad” de las democracias europeas.