Juguemos a imaginar

 

Me confieso adicto a la escritura creativa, a crear historias inexistentes desde la base de lo real, a imaginar situaciones que no han ocurrido. Es un ejercicio magnifico para poner a tono nuestras neuronas. Precisamente eso es lo que haré a lo largo de los siguientes párrafos, trazar unos acontecimientos futuros, que no han pasado, teniendo como marco geográfico nuestra vecindad africana más próxima.

Como inicio de la cadena de acontecimientos escogeremos un hecho cualquiera, por ejemplo la aprobación por el Consejo de Ministros el día 21 de la remisión a Cortes del Tratado de amistad, buena vecindad y cooperación con la República Islámica de Mauritania. Nunca es mala noticia un acercamiento cordial con otros estados, ya sea mediante acuerdos que coinciden con nombres y apellidos a los recientemente rotos con otros vecinos o mediante otras fórmulas. Hasta aquí lo real, ahora comencemos a divagar.

Pongamos que los pasos que el gobierno español está dando en política exterior no son fruto de la improvisación, tal y como se le acusa desde diferentes frentes, sino una hoja de ruta bastante marcada y reflexionada. La duda es si el bolígrafo que traza las líneas tiene tinta ibérica o de más allá del Atlántico. Pongamos que ante un previsible escenario de tensión entre bloques en un mundo bipolar se tengan que ir posicionando los actores en su área de afinidad. Esto llevaría a tratar de despegarse de las dependencias adquiridas respecto a los que serán miembros del futuro club enemigo. En el norte de África esto quedaría repartido en Marruecos como socio occidental y Argelia como previsible socio ruso/chino. Vaya, tenemos un problema; nuestra gran dependencia del gas argelino. Los parches de regasificación, que nos ligan extremadamente a la forma de pensar de quien duerma en la Casa Blanca, no bastan. Una solución es conseguir el gas del Golfo de Guinea sin depender de Argelia. Para ello se tendría que construir un gaseoducto que recorriera la costa oeste africana ignorando el suelo argelino. Este proyecto pasaría por la nueva/vieja amiga española, Mauritania, y por las costas de lo que acabará siendo una región reconocida de Marruecos, el Sahara Occidental. Qué sorpresa pues que se prefiera que ese territorio esté bajo dominio de un socio occidental como Marruecos y no como un posible territorio libre afín a quién le ha dado cobijo durante décadas. A su vez, hay que considerar que dicho proyecto tardará años en entrar en funcionamiento, aunque los que manejan la política exterior saben perfectamente que los tiempos de la geopolítica son otros, por más que a la opinión pública se le trate de encorsetar en la mirada corta.

Esta vía de suministro puede ser una buena noticia, al simplificar para España el abastecimiento y librarle de los equilibrios entre papá o mamá. Pero si fuera tan simple sería aburrido; pongámosle sal con posibles derivadas. Para comenzar, los países implicados en el suministro también incluiría a Nigeria, punto de partida del gas. Este  Estado, aunque está en continuo contacto con Argelia para planificar el futuro del trazado ya existente de gaseoductos, puede empezar a recibir presiones desde diferentes frentes si se diversifican las rutas. El bloque occidental negociaría en base a su interés y un tanto de lo mismo el otro bloque. Se puede caer en el error de reforzar facciones antagónicas, con intereses contrapuestos en un continente donde esto no suele acabar bien. Por lo tanto, crear un problema interno en este país con repercusiones en los planos humanitario, de seguridad, emigración y economía es algo que Europa debe valorar.

La siguiente derivada es la inseguridad ya existente en los territorios de Mali y Mauritania. El crecimiento de la inestabilidad en Mali tiene su ramificación en su vecino de poniente. Presumiblemente, el control y seguridad de los gaseoductos requieran de la presencia constante de tropas europeas que den cobertura al suministro. Esto se traduce en un incremento del gasto en defensa con vistas a mantener misiones en la zona. Como apunte, Mauritania, que es un país con escasa presencia mediática en España, en un tiempo será nuestra gran preocupación humanitaria por alguna razón que se repetirá incansablemente en prime time (como si ahora mismo no necesitara ya de ayuda internacional).

La tercera cuestión es la fiabilidad del socio africano al que nos ligamos. Marruecos nos ha demostrado su concepción de relaciones bilaterales. Desconociendo las conversaciones a tres bandas (España, Marruecos y EEUU), lo que sí sabemos es que ante la carta de Pedro Sánchez no ha habido una respuesta pública donde se muestren los gestos de buena voluntad real de mantener relaciones no viciadas. Esto nos hace pensar que el trono alauita se siente fuerte y eso puede ser contraproducente para España. Sánchez repitió hasta la saciedad que Ceuta y Melilla no peligran. No sé si esto entra dentro de esos acuerdos que desconocemos, pero al no hacerse público, Marruecos puede guardarse el as de reclamar las ciudades españolas como parte de su Estado. Lo mismo ocurrirá con las aguas entre Canarias y su territorio (con minerales como punto de fricción) e incluso las propias islas en un futuro lejano. Aunque ahora se esfuercen por darle nombres digeribles, estamos en las manos de una dictadura que gobernará en función de los intereses de la estabilidad del trono.

La tensión entre Marruecos y Argelia, lejos de disminuir, es previsible que aumente si hay políticas de bloques muy duras. Esto nos acercará (perdón por el egoísmo, pero hago el escrito desde la óptica de la repercusión nacional) el conflicto directo a nuestras puertas. En un caso drástico de guerra fría, lo previsible es que se crearan bases militares en los territorios afines y se financiara la adquisición de armamento por los socios. Ya vuelan los drones por el cielo marroquí. La guerra siempre tiene consecuencias secundarias, como el drama migratorio que se dirigiría hacia suelo europeo. Es más, no hará falta que se caliente mucho la zona para empezar a notar el incremento de flujos migratorios que dejarán de ser contenidos por los muros dictatoriales que financiamos en el norte de África y que se utilizan cuando se abren para avisarnos de lo que ocurre cuando no cumplimos con sus exigencias.

Y Europa ¿qué tiene que decir de todo esto? Pues, de crearse una nueva ruta de suministro de gas, espero que se valore construir una ramificación como la que existe actualmente, que lleve el gas también a Italia. De no hacer esto, dudo que el país transalpino se sienta muy a gusto. Pondría a Europa en una cuerda de equilibrista al tener que mantener el flujo desde Argelia hasta Italia (y que se reparte por Europa) y el desprecio español al suministro argelino. Por su parte, Francia y Alemania ya han mostrado su política de apoyo a España al lanzarse a reforzar los lazos comerciales con Argelia cuando han visto flojear la afinidad entre este país y la península ibérica. La unidad europea no está como para ponerle más palos en las ruedas y no consensuar la política exterior común puede ser la puntilla si se hace un mal cálculo. Es de suponer que el cemento de unión será el recurso universal: un enemigo común. No hay nada mejor que una amenaza contra el conjunto para unir a los que en otro plano compiten. Esto lo saben desde los dos lados del Atlántico y se esforzarán por mantener una unión contra el otro bloque, siempre desde la jerarquía asociativa occidental, of course. Para mantener esta jerarquía se precisa cierta disputa interna europea, lo cual no es complicado de sembrar.

El lector puede pensar ¿y por qué no mantener las dos vías de suministro? Pues es una solución, pero en un mundo polarizado conseguir este equilibrio es para medalla. Cuando se ven la orejas al lobo, el primer reflejo es buscar la escopeta. Si se ve peligrar el negocio del suministro de gas, es de suponer que Argelia se ponga dura ante la amenaza para su economía.

Podríamos estar deshilando infinidad de otras consecuencias para este hipotético proyecto de suministro de gas, pero el texto comienza a quedar largo. Por ello dejo en tus manos, lector, el continuar este ejercicio creativo de imaginar qué puede ocurrir, qué pros y contras hay de cada movimiento geopolítico y de plantearte qué mundo se acerca en el futuro no tan lejano. Todo ello desde el descanso de saber que todo esto es ficción, al menos de momento.