Irán y la guerra híbrida

Publicado en Iinfolibre.es

El concepto posiblemente más moderno del actual pensamiento militar es el de la guerra híbrida, definida, aproximadamente, como un conjunto de planes y operaciones no solamente militares y de fuerza, sino asimismo políticos, económicos, propagandísticos, de decepción física y electrónica, etcétera, cuyos objetivos serían, además de los puramente militares del enemigo si llegara el caso, sus centros de decisión política y económica, los medios de comunicación de masas, hoy día incluidas las redes sociales, y la población en general, tanto la propia como la enemiga como la neutral, o determinados sectores de ellas especialmente adecuados en cada caso concreto.

Supuestamente superadora de la guerra convencional entre ejércitos regulares y de la guerra asimétrica entre ejército regular y movimiento insurgente, la guerra híbrida habría perdido, como guerra, la exclusividad de “enfrentamiento violento (armado) de voluntades” con el que Clausewitz la definió. Pero, así visto, el concepto de guerra híbrida no parece tan novedoso. ¿Qué guerra a lo largo de la historia no ha perseguido objetivos políticos? ¿Qué guerra no ha tenido sus motivaciones económicas como causa principal o secundaria de otras e incluso como causa única o preponderante? ¿En qué guerra no ha habido propaganda, contrapropaganda y decepción (con los medios y formas que cada época permitía y facilitaba)? Lo que el concepto de guerra híbrida parece hacer es simplemente ampliar el concepto de guerra clausewitziano (empleo violento de fuerzas armadas y organizadas), a lo que hasta ahora se consideraban sus causas y motivaciones y sus antecedentes y preparativos en la esperanza del viejo adagio de Sun Tzu: la mejor victoria es vencer sin llegar a combatir.

Pero como el concepto ya está asentado y generalmente admitido y utilizado, aceptémoslo y usémoslo: ¿le ha declarado Estados Unidos la guerra (híbrida) a Irán?

No hay que ser precisamente simpatizante del actual régimen teocrático (teo-lógico y auto-crático) para comprender que el actual Irán es sólo una potencia media, si bien ideológicamente fuerte y expansiva, económica y políticamente débil; enfrentada con la mayoría de los regímenes conservadores musulmanes que la rodean debido al origen revolucionario (para acabar con la autocracia cuasi-feudal del Sha) de su actual régimen, que ha derivado en una nueva versión del sempiterno enfrentamiento socio-teológico entre suníes y shiíes; enfrentada con el poderoso Israel por ser el único país musulmán en condiciones de poder intentar enfrentársele en el ámbito regional; enfrentada, sin aparente posibilidad de perdón, con Estados Unidos, el gran aliado y sostenedor de la autocracia cuasi-feudal del Sha, al que humilló con su ilegal secuestro de funcionarios diplomáticos y por el fracaso que la liberación de éstos, tanto por medios diplomáticos como militares, supuso; y finalmente enfrentado al llamado mundo occidental euroatlántico (aunque con ramificaciones más allá), cuyas políticas exteriores y de seguridad siguen en términos generales las de Estados Unidos.

No hay que ser, por tanto, partidario ni simpatizante del actual régimen teocrático iraní para comprender que Irán es en estos momentos un país a la defensiva, que busca desesperadamente aliados inmiscuyéndose en conflictos internos cercanos, fundamentalmente por la vía socio-teológica shíi. Es decir, manteniendo una política exterior no muy diferente a la que mantienen, cada una por sus motivos e intereses, las grandes potencias, especialmente Estados Unidos y Rusia y, a su forma, China, la Unión Europea y algunos de sus países miembros de forma individual o Israel, Arabia Saudí, Egipto, Turquía y un probablemente sinfín de otros, en el ámbito regional. Cada uno a su forma y según sus posibilidades.

Tan grande parece ser la sensación de aislamiento iraní y su necesidad de salir de él que, a pesar de lo grandilocuente, nacionalista y chovinista de su régimen, ha llegado a claudicar de lo que en algún momento le pareció que podía ser su tabla de salvación: convertirse en potencia nuclear, contrapesando a Israel y adquiriendo una decisiva superioridad estratégica sobre el mundo árabe circundante. Una claudicación universalmente aplaudida por propios y extraños que contó con el aval de nada menos que los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad más Alemania (Plan Integral de Acción Conjunta).

Pero no parece haber sido suficiente. Una nueva Administración estadounidense ha decidido declararle la guerra (híbrida), quizás más por razones de política interna que de auténtica seguridad internacional. A las sanciones que todavía mantenía, se le están añadiendo cada vez más, con el consiguiente deterioro de su ya débil economía internacionalmente basada, prácticamente de forma única, en los hidrocarburos. Se lleva tiempo acusándolo de injerencia en terceros países, como Siria, Irak o Yemen, como si en estos conflictos no hubiera intervención e injerencia de, precisamente, sus principales enemigos: Estados Unidos, Israel o Arabia Saudí y otros países de la región. La propaganda anti-iraní sitúa a Irán como detrás de todo lo que se quiere condenar con razón o sin ella (en España hasta se le ha acusado de financiar a un determinado partido político). Para acabar dinamitando el acuerdo (2018) por el que Irán renunciaba a convertirse en potencia nuclear, forzándolo a hundirse económicamente con armas nucleares o sin ellas (la aparente elección de hacerlo con ellas no parece tener demasiadas probabilidades de éxito).

Llevamos ya más de dos meses asistiendo a los dos últimos episodios (¿habría que decir batallas?) de esta guerra híbrida: Estados Unidos decide que un determinado petrolero (el Grace I de bandera panameña) lleva petróleo iraní a Siria, contraviniendo las sanciones impuestas a este país (¿guerra híbrida contra Siria?), sin que sepamos en qué se basa para saber que iba a Siria (al parecer el puerto sirio de Banyas al que supuestamente se dirigía el Grace I no tiene capacidad para acoger tonelajes como el del Grace I). Su aliado, el Reino Unido, a través de su colonia gibraltareña, lo detiene (4 de julio de 2019), debiendo liberarlo (15 de agosto de 2019) poco después como consecuencia de un extraño acuerdo: el capitán del barco, ahora ya bajo bandera iraní (sustituye el nombre por el de Adrian Darya I), “se compromete” a no recalar en Siria, navega errante una temporada por el Mediterráneo oriental y, sin que sepamos cómo ni adónde ha ido a parar, nos enteramos que el petróleo que transportaba ha sido descargado.

Tan sólo un mes más tarde (14 de septiembre de 2019), dos importantes instalaciones petrolíferas saudíes son bombardeadas con drones (¿y misiles de crucero?), creando una enorme alarma internacional de posibles desabastecimientos y subidas de precios del petróleo. El Gobierno ¿rebelde? yemení de Saná, controlado por los hutíes y los partidarios del viejo dictador Saleh, se responsabiliza del bombardeo, lo que, en principio, parece legítimo ya que están en guerra con Arabia Saudí desde que este país decidió, en 2015, intervenir en la guerra civil yemení, que enfrenta a este Gobierno (Saná) con el internacionalmente reconocido de al-Hadi (Adén), en apoyo de este último. Reivindicación que Arabia Saudí y Estados Unidos no aceptan alegando (sin aportar, de momento, pruebas concluyentes, ¿cómo en Irak 2003?) que son obra directa de Irán desde posiciones en Irán o Irak.

Como consecuencia de todo lo cual, Estados Unidos está incrementando aún más sus sanciones económicas con el objetivo de paralizar las exportaciones iraníes, hundir así su economía y forzarle a que acepte renegociar el acuerdo nuclear según sus exigencias. Dejando a los países firmantes del acuerdo nuclear de 2015 (y a otros muchos más) en la irresoluble coyuntura de intentar compatibilizar su dependencia económico-financiera de Estados Unidos con su temor a la nuclearización (más o menos conseguida o intentada) de Irán, que puede llegar a convertirse en el inicio de una nuclearización (más o menos conseguida o intentada) en todo Oriente Próximo y Medio (teoría del dominó).

¿No es todo lo sintetizado en los párrafos precedentes lo que define la guerra híbrida tal como está conceptualizada hoy día? ¿O es que sólo Rusia tiene la potestad de declarar guerras híbridas? ¿Hemos de temer que esta guerra híbrida ya declarada llegue a transformarse en algún momento en una guerra clausewitziana, es decir, donde se entre en su fase “violenta”, “armada”? Una guerra clásica que, por qué no, puede llegar a afectar a España. Siempre puede haber imponderables. Recuérdese, a modo de ejemplo, que el Grace I fue detenido y estuvo retenido 42 días en unas aguas que España considera de su jurisdicción y en una Zona Especial de Conservación en la que según la legislación española no pueden fondear ese tipo de buques. Sin que se pudiera (¿se quisiera?) hacer nada.

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Enrique Vega Fernández es coronel de Infantería (retirado). Miembro del Foro Milicia y Democracia